Manuel Ruano: “La poesía se transforma de época en época y ese es su misterio”

Manuel Ruano: “La poesía se transforma de época en época y ese es su misterio”

Es en febrero de 2014 cuando entrevistamos al escritor argentino Manuel Ruano, con mucha obra durante más de cinco décadas, sobre todo en poesía, ensayo y periodismo cultural, géneros en los que obtuvo importantes reconocimientos en varios países (en algunos de los cuales residió: Venezuela y Perú). Falleció el 12 de abril de 2017 y hoy lo recordamos (acaso porque, además, era un gran tipo).

Manuel Ruano: “La poesía se transforma de época en época y ese es su misterio”

 


Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

 

Manuel Ruano nació el 15 de enero de 1943 en Buenos Aires, ciudad en la que reside*, la Argentina. Habiendo realizado estudios sobre literatura española, se especializó en Siglo de Oro Español. Es profesor honorario en la Universidad Nacional de San Marcos y en la Universidad Nacional San Martín de Porres, de Lima, Perú, donde en 1992 fundó la revista de poesía latinoamericana “Quevedo”. Entre 1969 y 2007 fueron publicados sus poemarios “Los gestos interiores” (Primer Gran Premio Internacional de Poesía de Habla Hispana “Tomás Stegagnini”), “Según las reglas”, “Son esas piedras vivientes”

(Edición Premio Nacional de Poesía de la Asociación de Escritores de Venezuela, Caracas, 1982), “Yo creía en el Adivinador orfebre”“Mirada de Brueghel” (Fondo de Cultura Económica, México, 1990), “Hipnos”“Los cantos del gran ensalmador” (Monte Ávila Editores, Caracas, 2005), “Concertina de los rústicos y los esplendorosos”. En 2010 da a conocer su libro de cuentos “No son ángeles del amanecer”. Y en Caracas el volumen “Lautréamont y otros ensayos” (Celarg —Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos”—, 2010), donde también se editó el CD “Manuel Ruano en su tinta” (poemas). En su condición de antólogo, citamos “Poesía nueva latinoamericana” (1981), “Y la espiga será por fin espiga” (1987), “Cantos australes” (1995), “Poesía amorosa de América Latina” (1995),“Crónicas de poeta” (sobre artículos de César Vallejo, 1996), “Obra poética de Olga Orozco” (con estudio preliminar, 2000), “Cartas del destierro y otras orfandades” (correspondencia de César Vallejo, 2006). Y éstos son los títulos de algunas antologías que han incluido poemas suyos: “Antología de escritores argentinos” (Madrid, 1967), “Poesía política y combativa argentina” (Madrid, 1978), “Antología de la poesía argentina” de Raúl Gustavo Aguirre (tres tomos, Ediciones Fausto, Buenos Aires, 1979), “Al sur” de Satoko Tamura (Tokio, Japón, 1987), “El verbo descerrajado” (homenaje a los presos políticos de Chile, 2005).

 

1 — Fuiste integrante del equipo de una de nuestras insoslayables revistas literarias del siglo XX: “El Escarabajo de Oro”.

 

          MR — Fueron varios los “vasos comunicantes” que me unieron a la revista “El Escarabajo de Oro”: el surrealismo, la independencia en el arte, la crítica estética y social, y sobre todo la filosofía. Por esos días yo tenía hecha una lectura de Jean-Paul Sartre, como modelo intelectual que iluminaba la mentalidad del momento con libros como “La náusea” ,“Los caminos de la libertad” o, su definitivo “Las Palabras”, que era como una biblia por aquellas jornadas nocturnas de los “escarabajos”, como le gustaba decir a Sábato… Aunque antes de entrar en “El Escarabajo de Oro”, ya había transitado otros núcleos intelectuales de escritores de las más diversas procedencias. En 1962 había obtenido un premio de ensayo que fue una sorpresa para mí, porque un profesor de literatura del Colegio Nacional nocturno “Domingo Faustino Sarmiento”, presentó un trabajo mío, sin que yo lo supiera, obteniendo un primer premio de ensayo. Eso me estimuló mucho, y nunca dejé de agradecer ese gesto. Ya en 1964, cuando hice el servicio militar en el Centro Instrucción de Artillería de Córdoba, tuve un camarada (soldado como yo, que fue después amigo entrañable hasta su muerte, me refiero a Eduardo Goncalvez) que me puso en contacto con la filosofía de Albert Camus: “El mito de Sísifo” y “El hombre rebelde” me acompañaron de ahí en adelante. Pero mi principal interés era, por aquellos días, la poesía. De ahí que me carteara con el poeta Víctor García Robles, que fue, sin lugar a dudas, el que me animó a integrar el grupo cuando gané el Primer Premio de Poesía de la revista “Microcrítica”, dirigida por Eve Bonasso. Ese galardón hizo que también me nombrara secretario de redacción de esa publicación. Tal es así, que el director de “El Escarabajo de Oro”, Abelardo Castillo, publicó el poema premiado en el número 33 de marzo de 1967, con estas palabras: “Manuel Ruano, poeta. No publicó libro. Anda por los 23 años. Es nuestra última adquisición: vino premiado. Los versos transcriptos lograron, por unanimidad, entre más de 600 poemas, el Primer Premio de la revista “Microcrítica”. Julio Imbert, Antonio Requeni e Irma M. Cavallini, fueron el jurado. Ruano pertenece a partir de este número, a la sección poesía de nuestra revista”. Y así fue, aunque se me viniera encima un alud de libros para ser comentados. Yo, como es de suponer, no perdía noche en el Bar Tortoni y hasta amanecía en su bohemia. Las charlas de literatos y del talento que solían acompañarnos en aquellas jornadas eran invaluables. “El Escarabajo de Oro” tenía colaboradores y reseñadores de inapreciable valor internacional: Julio Cortázar, Beatriz Guido, Marta Lynch, Pedro Orgambide, Augusto Roa Bastos, Nicanor Parra, Fernando Quiñones, Juan Goytisolo, Carlos Fuentes, Miguel Oviedo, Adriano González León… Allí conocí, también, al poeta dominicano Manuel del Cabral. Siempre seguí con verdadero fervor la trayectoria de aquellos muchachos formidables de la revista. Castillo, por la fibra de sus cuestionamientos, deslumbraba a la hora de hacerlos y, además, por el carácter invalorable de su magnífica obra narrativa. Fue García Robles quien me dijo: “Si vas a ser poeta, tenés que tirarte al vacío sin saber qué vas a encontrar abajo”. Esto me abrió los ojos hasta el día de hoy… En palabras de Abelardo podría decirse: “Creo que en el Tortoni empezamos alrededor de 1960 y estuvimos hasta el ‘74, durante toda la etapa del “El Escarabajo de Oro”. Fueron unos15 años… Desde entonces, los encuentros pasaron a realizarse en mi casa.” La subdirección fue responsabilidad de Liliana Heker; la secretaría de redacción la llevó Vicente Battista; la sección poesía estaba a cargo de Víctor García Robles y, más tarde, la asumí yo transitoriamente. El consejo de redacción tenía entre sus integrantes a Alberto Lagunas, Oscar Barros, Luis De Paola, Bernardo Jobson, Jorge Vázquez Santamaría, Ricardo Maneiro…

2 — ¿Cómo se te fue generando esa predilección por el Siglo de Oro Español?

Manuel Ruano con Jorge Luis Borges en 1985
Manuel Ruano con Jorge Luis Borges en 1985

 

          MR — ¿Acaso Juan Boscán [1490-1542] no jugó en el siglo XVI en el cambio de la poesía española del Siglo de Oro, junto a Garcilaso de la Vega, un papel semejante al que realizara Ezra Pound en el siglo pasado, para la poesía de habla inglesa? Pues bien, creo que el amor que sentí desde niño por la literatura española, me llevó a enfrascarme en el barroco peninsular. Lope de Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, fueron mis lecturas favoritas a las que vuelvo siempre. En 1992 fundé una revista llamada

“Quevedo” que se hizo itinerante. Allí publicaba textos raros de Herrera, de Alemán, así como de poetas modernos como César Moro. Por problemas económicos tuve que congelar su aparición. Al menos virtualmente, me sentí el Buscón quevedeano buscando rastros en la terra ignota. Amé la poesía bucólica y sigo amándola como a una mujer que se pierde en la espesura de la historia. Como amé el sentido epopéyico de un poema. Como arte típico, según algunos, de la Contrarreforma, el barroco revitaliza una estética que da vida a la Edad de Oro, donde el fervor religioso reluce y está vivo y fue construida con una anterior Reforma española que va más allá del Concilio de Trento de 1563. En todo caso, aquellos poetas dejaron un sello indudable en la lírica hispana, más allá del reinado de Felipe II, que influyó mucho en nuestros poetas de ultramar… Razón tenía Quevedo al exclamar en un soneto: “Tras los reyes y príncipes se vaya/ quien da toda la vida por un día,/ que yo me quiero andar de saya en saya.” La poesía se transforma de época en época y ese es su misterio. Hubo un poeta chileno contemporáneo, Alberto Baeza Flores, considerado del surrealismo hispanoamericano, que dijo de mi poesía algo que me enorgullece: “Aquí está la confluencia del barroquismo hispanoamericano y la aventura expresiva de la poesía más moderna, más actual, más de exploraciones. Manuel Ruano reúne estos ríos neorrealistas mágicos y los unifica en su expresión poética.”

 

          3 — Que a tus veinticuatro años te fuera otorgado el premio que posibilitó la publicación de tu primer poemario a través de la prestigiosa Editorial Losada, debe haberte “vapuleado de felicidad”. Que ese libro haya sido presentado por Leopoldo Marechal, añadió un plus. Que, además, mantuvieras conversaciones con Gonzalo Losada y por iniciativa de él, a través de su sello también apareciera tu segundo poemario, habrá sido el súmmum. ¿Cómo nos trasmitís a nosotros, tantos lustros después, lo que te pasaba? Algunos te habrán envidiado. ¿Cómo nos trasmitís esto, y tu contacto con don Gonzalo y con el autor de la novela “El banquete de Severo Arcángelo”?

 

          MR — En 1967 obtuve el Primer Gran Premio Internacional de Poesía de Habla Hispana “Tomás Stegagnini”, correspondiente a los V Juegos Florales de Poesía, Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, que consistía en un dinero, una placa y la edición del libro (que nunca se llevó a cabo). De manera que “Los gestos interiores” en la colección Poetas de Ayer y de Hoy de Losada, se debió a que sólo recibí de aquel galardón la parte monetaria y otros honores que contemplaba el premio; pero la edición del libro, lo que se dice el poemario en sí, que para mí era fundamental, jamás. Tuve la suerte de que se interesara don Gonzalo Losada de ese percance y lo leyera, no una, sino varias veces (como él mismo me dijera), y decidiera la edición del mismo. Ese manuscrito (todavía) pasó por varias manos, entre ellas, las de Margarita Aguirre (ex secretaria de Pablo Neruda), y que a raíz de allí, fuera mi amiga durante varios años. Y Neruda, según me informaron, tuvo algo que ver en eso; pero no lo puedo asegurar. El libro fue ilustrado por un artista plástico llamado Pablo Suárez y recibió la bendición de un escritor consagrado, como don Leopoldo Marechal, que, para el caso, escribió: “Sigo con atención las tendencias de la nueva poesía, y Manuel Ruano se cuenta entre los jóvenes poetas cuya originalidad e inspiración están dando ahora sonidos nuevos a la poesía nacional. No sólo trata él de bucear en “lo posible” de los temas líricos: gracias a una severa conciencia de su arte, busca y halla también una notable afinación de su idioma poético. A mi entender, la poesía continúa siendo la ‘quintaesencia’ del arte por la palabra, y Manuel Ruano trabaja en esa vieja y perdurable afirmación.” Con don Gonzalo Losada, tengo hermosos recuerdos. Ha sido un gran editor. Y ha tenido la gentileza de presentarme al poeta Francisco Luis Bernárdez, quien me dijo palabras más, palabras menos, conceptos elogiosos sobre mi poemario. En otra oportunidad, Losada me leyó, completa, una carta que había recibido del gran escritor peruano José María Arguedas, anunciándole su próxima muerte. Esto resultaba conmovedor para un joven poeta como yo. Era tanto el detalle de cómo lo lograría, que le describía hasta la marca del revólver que había comprado para llevar su muerte a cabo. Yo, lo sé, quedé muy impresionado por aquel relato. Más allá de todo esto, don Gonzalo publicó mi segundo libro de poemas, “Según las reglas”, cuando compartí un premio con el poeta chileno Braulio Arenas, en Venezuela, de la revista “Imagen”, en 1972. De ese libro, un poeta colombiano nadaísta, Armando Romero, escribió para la revista “Zona Franca”: “Humano, terriblemente humano, el poeta cae exhausto mil veces sobre el suelo de realidades que hacen rabiar su ánimo, porque a fuerza de soplar fluidos creadores sobre las insaciables gargantas de los hombres todo se resiente, la batalla parece absurda, los dedos se encalambran sobre eso único, indefinible, que acciona todos los mecanismos: el amor. El poeta sabe, alquimista osado, que solo desde esa piedra se puede fundar la existencia; sus dedos lo aprisionan sintiendo ese castigo que pertenece a todos pero que hace del poeta su más precisa víctima a la vez que su vocero. El amor salta como una carta del Tarot universal afirmándose hasta dentro de su propia negación.” En cuanto a la envidia, la he sentido de cerca muchas veces desde la aparición de “Los gestos interiores”. Y la sentí de muy, muy cerca, cuando salió “Mirada de Brueghel” en F.C.E. de México, donde algún compatriota residente en Costa Rica dijo que pertenecía a la mafia de Octavio Paz, cuando ni siquiera lo conocía personalmente ni epistolarmente. ¿Qué te parece?

 

          4 — En el ‘79 fuiste incluido con dos poemas de tu primer libro en el tomo tercero de la hospitalaria antología que más he consultado: “la Antología de Aguirre”. Consta allí que vos residías desde 1975 en Caracas. Y también has residido en Perú. ¿Qué te llevó a esos desplazamientos? ¿Cómo te fuiste integrando a aquellos escenarios?

 

           MR — Sí, recuerdo esa antología. En realidad, yo residí en Caracas desde el año 1975 porque aquí, en la Argentina, la situación política era insoportable. Así que tuve que viajar al exterior donde me ofrecieron trabajo y la posibilidad de plasmar mi propia antología, “Poesía nueva latinoamericana”, que se publicó en la imprenta Minerva de los hermanos Mariátegui, en Lima, en 1981. Fue una experiencia para rescatar las voces claves de la poesía de esta parte del mundo. Era un proyecto que tenía desde los años ‘70 y que vine a concretarlo en el Perú, país al que volví reiteradamente desde 1972 y en el que realicé una intensa actividad cultural, dando forma a la integración latinoamericana que tanto había deseado. También desarrollé un intercambio con otros países andinos: Chile, Ecuador, Colombia… Dando conferencias, recitales y seminarios de literatura iberoamericana. Y en esos periplos surgió “Quevedo”, mi revista itinerante. Además de desarrollar periodismo cultural. En una palabra: todo eso está registrado en una columna fija en Venezuela, llamada “El trayecto de lo imaginado”, del diario “Ultimas Noticias”, desde 1975. Mientras colaboraba en radio, televisión y otros medios escritos, como, por ejemplo, “El Nacional”, “El Universal”, “La Religión”.

 

 

5 — En 2012 realizaste un viaje de estudio por España “siguiendo la ruta de Rainer María Rilke”.

 

          MR — Estoy escribiendo un libro en torno a la figura del poeta Rainer María Rilke y su trayecto en España en el año 1912. En vistas a ese periplo por ciudades como Madrid, Toledo y gran parte de Andalucía, realicé un viaje cien años después de aquel recorrido, con el propósito de indagar acerca de las huellas dejadas por el poeta. También reuní cartas y poemas por él escritos en su viaje, y visualicé cuadros que él admiraba de El Greco, su pintor mayor, en la sinfonía de las imágenes. Se trata de un peregrinaje que culmina en la ciudad de Ronda, Málaga, entre los años 1912 y principios de 1913. ¿No es esto, en parte, perseguir la sombra de un fantasma agonizante, que va buscando su ideal religioso a la par que reanimando su existencia para proseguir la escritura de sus “Elegías”, a la vez que el clima esencial que lo ayude a sobreponerse a su estado de salud delicado y siempre al borde del abismo espiritual? Rilke suena en mis oídos como un violín desvelado. Más bien, su poesía es un Stradivarius en el conjunto de violines que suenan en una época. Por eso me permití seguir sus pasos por España.

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Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Manuel Ruano y Rolando Revagliatti, febrero 2014.


* Manuel Ruano falleció el 12 de abril de 2017.

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