Claudia Morales: “Soy presa de la bibliofilia”

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La periodista cuenta que la idea de crear su librería, Árbol de Libros, nació con su hija hace once años, aunque pudo abrir sus puertas el 3 de julio de 2018; además, cuenta que el lema de su proyecto es “pasar de las quejas a los hechos”.

¿Cómo surgió la idea de abrir una librería? ¿Por qué el nombre Árbol de Libros?

Nació con mi hija Isabela, que hoy tiene once años. Luego, cuando llegamos al Quindío, hace cinco años, vi que en esta región era necesario ese espacio y sabía que sería apreciado. El nombre tiene que ver con la vida, el amparo, la sombra, la paz y el alimento que nos dan los árboles, así como los libros.

Usted es una periodista experimentada, que estaba acostumbrada a un ritmo laboral casi vertiginoso. ¿Por qué decidió cambiar el ajetreo diario de las noticias por un oficio, si bien de mucha dedicación, más tranquilo, como el de librera?

El periodismo está presente en todas mis formas de ver el mundo y por eso es imposible desconectarme de él. Lo sigo haciendo de varias maneras. A la par con eso está mi formación humana, que ha estado ligada a los libros. Unidas esas dos cosas, entendí que sería posible crear una librería con dos fines: abrir un espacio propio que nutriera de conocimiento mi vida personal, también como periodista, y sumar desde la cultura a una sociedad que tanto necesita de ella.

¿Podría, con un ejemplo, aterrizar la frase: “Los libros sí pueden cambiar su mundo”, que es una especie de premisa de la que parte Árbol de Libros?

Es el lema de la librería. Piensa en Maquiavelo o Cervantes, que escribieron sus obras más significativas en la cárcel, o en el periodista deportivo y luego escritor Ota Pavel, que en la cumbre de su carrera cayó por una enfermedad mental y desde el manicomio escribió Carpas para la Wehrmacht, uno de los textos más hermosos que he leído. Escribir y luego publicar fueron caminos de salvación. Y, luego, desde el universo de los lectores, están las experiencias más conmovedoras sobre cómo los libros aliviaron la soledad, el miedo, un duelo o los hicieron revolcarse de la risa cuando estaban angustiados. Sí, los libros salvan.

¿Cómo fueron sus primeros pinitos como librera?

El 3 de julio de 2018 abrimos Árbol de Libros y ese día me iba a morir de la angustia. Así estuve muchas semanas. Tenía entonces muy pocos libros. Sentía miedo de equivocarme con una facturación o al dar las vueltas a un cliente, vergüenza de no acertar en una recomendación, no tener los libros que nos pedían… es tal vez el miedo más bonito (si esa contradicción tiene sentido) que he vivido desde lo profesional en mucho tiempo.

¿Cuáles librerías ha visitado, dentro o fuera del país, que la hayan impresionado particularmente y, de algún modo, inspirado para su propio proyecto?

Mi maestro fue y sigue siendo Camilo de Mendoza, propietario de Tornamesa, en Bogotá. Allá voy siempre que llego a esa ciudad. También fue inspiradora la librería Espantapájaros, de Yolanda Reyes, y siguen siendo motivo de aprendizaje Prólogo Libros y su propietario y el mejor librero, Mauricio Lleras. Muchas librerías me han dejado boquiabierta: Péndulo, en el DF; El Ateneo, en Argentina; Three Lives y Strand en Nueva York, entre muchas otras.

¿El oficio de la librera le ha quitado tiempo al hábito de la lectora?

Todo lo contrario. Tengo la fortuna de poder dividir mis tiempos para leer por placer, leer a mis colegas, lo que llega a la librería y para leer los libros que de manera frecuente presento en los encuentros culturales.

El promedio de lectura en Colombia, a pesar de que ha subido en los últimos años, sigue siendo bajo (tres libros por persona en un año). ¿Qué cree que falla y qué estrategia recomendaría para incrementar el hábito de lectura?

Los países en vía de desarrollo como Colombia tienen territorios a los que no llega jamás un libro. Yo empezaría a hacer conciencia social y política sobre eso. Nuccio Ordine, profesor de la Universidad de Calabria, en Italia, señaló: sin cultura, incluida en ella los libros, “corremos el riesgo de cultivar una humanidad cada vez menos humana y más egoísta, presa fácil del odio, el racismo, la homofobia, las injusticias y las desigualdades”.

En el tiempo que lleva con Árbol de Libros, ¿qué pedido o encomienda le ha generado particular satisfacción y, en caso tal, lo contrario: frustración por no poder cumplirla?

Me fascina ser Cupido. He recomendado libros que luego viajan con dedicatorias que tienen la intención de unir desde la literatura y un sentimiento sublime como el amor. He conocido personas en todo el país que he aprendido a querer, que extraño y que me hacen inmensamente feliz cuando vuelven a aparecer porque quieren saber más sobre libros.

¿Qué testimonio recuerda de un escritor o escritora que haya entrevistado y que la haya impactado. ¿Por qué?

Más que testimonios puntuales, prefiero citar a tres mujeres que me han impactado: dos colombianas, Piedad Bonnett, porque nunca deja de llegarme hondo con sus reflexiones sobre la vida y la muerte; y Pilar Quintana, por su forma abierta y sin tapujos para relatar la vida. Me fascinan las mujeres que se deben a sus propios descubrimientos. Y Gioconda Belli, nicaragüense, imponente, graciosa, fuerte y valiente. De ellas tres quisiera tener un poquito en mi propia vida.

¿Es coleccionista de algún tipo de libros: raros, pequeños, primeras ediciones, o libros con firmas de sus autores, entre otros?

Colecciono libros, solo eso, sin una característica específica. Soy presa de la bibliofilia.

En la presentación de Árbol de Libros se menciona otra de las motivaciones de este proyecto: “Pasar de las quejas a los hechos”. ¿A qué se refiere?

Colombia produce desaliento y nos vuelve quejumbrosos. Eso responde a una existencia que golpea, que enfurece. Y quejarse por lo que nos duele o nos asusta está bien, pero creo que también tenemos posibilidades de pasar a la acción. Árbol de Libros responde a esa necesidad de crear creyendo en los otros, cosa bien difícil en un país donde tantos persisten en su intención de robarnos la esperanza.

¿Dos recomendaciones literarias (y una ñapa de literatura infantil)?

Terminé de leer Cuando éramos felices pero no lo sabíamos, de Melba Escobar. Un texto de no ficción que le da una mirada cercana a la tragedia de la migración de venezolanos y nos invita a la comprensión y la compasión. Quedé también impresionada con una poeta rusa que no conocía llamada Marina Tsvietáieva. La descubrí en un libro de Sílaba editores llamado Campamento de cisnes. En literatura infantil, recomiendo Iván: la increíble historia del gorila del centro comercial, de Katherine Applegate. Es un cuento basado en una historia real en el que vemos la crueldad humana en toda su dimensión y al mismo tiempo la bondad, el respeto y el amor por los animales.


Fuente –  elespectador.com

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