
Editorial | julio 2026
Por: Alejandro Jiménez Schröder*

Esta no es una batalla por el poder; es una batalla por el tiempo. Imaginen los millones de horas que una sociedad ha tenido que invertir simplemente para defender la verdad: desmentir montajes, verificar fotografías manipuladas, desmontar noticias falsas y responder campañas de odio cuidadosamente diseñadas.
Esta es una carta para los más de doce millones de colombianos que aún creen posible construir un país donde la vida sea el principio que oriente las decisiones. Es, sobre todo, una invitación para no renunciar a la esperanza, porque incluso en los momentos más oscuros sigue siendo un acto de resistencia. Pero también es una carta para quienes aún desconfían del cambio, para que se atrevan a imaginar un paradigma distinto al que durante generaciones nos presentaron como inevitable: el de la violencia, el odio y el miedo. Ningún pueblo está condenado a repetir eternamente su historia.
Nunca había sido tan fácil verificar una información. En minutos podemos consultar documentos, contrastar versiones y descubrir manipulaciones. Sin embargo, tampoco había sido tan fácil fabricar una mentira y distribuirla a millones de personas. La paradoja es evidente: mientras la verdad dispone de más herramientas que nunca, la mentira viaja más rápido.
Pero el verdadero objetivo de la desinformación no siempre es convencer. Su estrategia más eficaz consiste en robarnos el tiempo. Cada noticia falsa obliga a periodistas, investigadores y ciudadanos a demostrar lo evidente; cada montaje desplaza la conversación pública y cada escándalo fabricado consume la energía colectiva mientras los problemas reales permanecen intactos. La desinformación convierte el tiempo de una sociedad en desgaste. No produce conocimiento: produce cansancio y ruido.
Hace algunos años, el papa Francisco advirtió que el periodismo debía mantenerse alejado de la mentira, la difamación, la calumnia y el sensacionalismo. Era una advertencia ética para toda la sociedad: cuando la comunicación deja de servir a la verdad, termina sirviendo al poder.
En Colombia esa advertencia resulta especialmente vigente. En los últimos años, buena parte de la disputa política se ha librado por controlar la conversación pública. Algunos medios dejaron de limitarse a informar para construir relatos acordes con determinados intereses. El resultado no ha sido solo la polarización, sino el desplazamiento de los debates esenciales: pobreza, desigualdad, educación, cultura y paz.
Más allá de las simpatías o diferencias que despierten Gustavo Petro o Iván Cepeda, existe un hecho verificable: ambos han dedicado gran parte de su trayectoria política a denunciar el paramilitarismo, el narcotráfico y otras formas de violencia. Presentarlos como aliados de esas estructuras exige ignorar décadas de actuaciones públicas. Confundir diálogo con complicidad es una de las formas más eficaces de manipulación política.
No deja de ser significativo que muchas de estas narrativas reaparezcan cuando decisiones judiciales relevantes vuelven a poner en el centro del debate la responsabilidad de sectores vinculados al paramilitarismo. La verdad exige memoria; la mentira solo necesita repetición.
Colombia, no permitamos que nos arrebaten el tiempo. Cuando una sociedad dedica sus mejores horas a responder la mentira, deja de emplearlas en imaginar, crear y construir el país que merece. Esa es la victoria más silenciosa de la desinformación: no lograr que todos crean la mentira, sino impedir que tengamos tiempo para construir la verdad.

* Alejandro Jiménez Schröder es escritor y gestor cultural colombo-alemán, Magíster en Estudios Culturales y director de Lapislázuli Periódico. Su trabajo en comunicación y cultura ha sido reconocido por su aporte a la construcción de paz y a los medios comunitarios en Colombia.







