
A mí no me interesan los protocolos militares. No sé en qué segundo debe cuadrarse una persona o mirar al frente. Pero el momento protagonizado por Abelardo de la Espriella durante los honores militares me dejó una incomodidad difícil de explicar. Mientras los integrantes de la formación permanecían firmes, él comenzó a mover las piernas y los brazos como si estuviera marchando, aunque sin desplazarse.
La escena podría quedarse en una anécdota. Una confusión, una primiparada, un gesto extraño dentro de una ceremonia solemne. Lo que me inquieta es el significado que puede ir creciendo alrededor: una autoridad civil que parece querer adoptar el cuerpo y la estética de lo militar. Porque los símbolos no son inocentes. También educan, ordenan emociones y nos enseñan, lentamente, qué clase de poder debemos admirar.
No estoy diciendo que Colombia se haya convertido en una dictadura ni que ese movimiento pruebe la existencia de un proyecto totalitario. Sería irresponsable afirmarlo. Pero tampoco quiero esperar hasta que todo sea evidente para comenzar a preocuparme. Los autoritarismos rara vez aparecen anunciándose como autoritarismos. Primero se vuelven lenguaje cotidiano, espectáculo, uniforme, disciplina celebrada. Después llegan las frases repetidas, la idea de que disentir es traicionar y la costumbre de llamar enemigo a quien pregunta demasiado.

Por eso recordé una fotografía tomada el 13 de junio de 1936 en el astillero Blohm+Voss de Hamburgo. Era la botadura del buque de instrucción naval Horst Wessel. En la imagen aparece una multitud de trabajadores realizando el saludo nazi. Casi todos tienen el brazo levantado. En medio de ellos, hacia el fondo, un solo hombre permanece con los brazos cruzados. No grita, no golpea a nadie, no interrumpe la ceremonia. Simplemente no hace lo que hacen los demás. Su quietud parece pequeña, pero cambia la fotografía.
El hombre de la fotografía demuestra una gran fuerza sin necesidad de usar la violencia. Su poder está en mostrarnos a una persona que, rodeada por una obediencia aparentemente completa, decidió conservar el dominio sobre sus propios brazos.
El saludo nazi tampoco se volvió obligatorio de un día para otro. Desde 1933 fue impuesto a funcionarios y empleados públicos; luego entró en escuelas, organizaciones y ceremonias. Para gran parte de la población terminó funcionando como una obligación política y social. Desde 1934 existieron tribunales especiales capaces de castigar la negativa mediante multas, intimidación o prisión. No siempre dejar el brazo abajo constituía por sí solo un delito, pero podía interpretarse como hostilidad contra el Estado o el partido. La frontera entre presión social, sanción administrativa y crimen fue haciéndose borrosa.
Ahí siento la verdadera magnitud de la desobediencia civil. A veces imaginamos la resistencia como una multitud, pero antes de eso existe un instante más íntimo: alguien decide no repetir una consigna, no marchar, no señalar al vecino, no aplaudir por miedo. Técnicamente, no toda negativa silenciosa es desobediencia civil; sin embargo, allí comienza la defensa de la conciencia. En ese pequeño “no” todavía vive una persona que no ha entregado por completo su voluntad.
Me preocupa que en Colombia pueda fabricarse una narrativa de adoctrinamiento en la cual la patria se confunda con el uniforme y la seguridad sirva para pedir obediencia sin preguntas. Las Fuerzas Militares tienen una función constitucional, pero el poder civil no debería copiar su lenguaje hasta desdibujar la separación entre gobernar y comandar. Una democracia necesita autoridades sometidas a controles, ciudadanos capaces de cuestionarlas y garantías para quienes protestan o sencillamente no comparten el entusiasmo oficial.
Las llamadas dictaduras blandas pueden avanzar sin tanques estacionados en cada esquina. Crecen cuando se debilitan los controles democráticos, se desprecia al contradictor, se normaliza la vigilancia y los derechos civiles empiezan a ser presentados como obstáculos. También cuando la gente se acostumbra a obedecer antes de que alguien se lo ordene.







