
La verificación introduce una precisión importante respecto al texto de Facebook: LATA 65 no es, según sus fuentes oficiales, un colectivo formado exclusivamente por mujeres jubiladas. Es un proyecto/taller de arte urbano dirigido a personas mayores, creado a partir de la experiencia de WOOL | Covilhã Urban Art y desarrollado inicialmente con CoworkLisboa. Han participado también hombres: la web oficial registra 931 participantes, 186 de ellos hombres. Además, aunque Lisboa fue decisiva para su consolidación, la idea nació de la observación del público mayor durante las intervenciones de WOOL en Covilhã y el primer taller se realizó en 2012 en LX Factory, Lisboa.


Con aerosoles, esténciles y muros como soporte, LATA 65 ha convertido la práctica del arte urbano en una herramienta de participación para personas mayores. Nacido en Portugal en 2012 y consolidado posteriormente en Lisboa mediante políticas municipales de cultura participativa, el proyecto desafía las asociaciones tradicionales entre juventud, grafiti y espacio público y propone otra manera de entender el envejecimiento activo.
Todo comenzó con una observación aparentemente sencilla. Durante las intervenciones del festival WOOL | Covilhã Urban Art, Lara Seixo Rodrigues y el equipo que impulsaba el proyecto advirtieron que parte del público más atento era precisamente el de mayor edad. Personas mayores seguían durante horas el trabajo de los artistas, preguntaban por las pinturas y observaban cómo los muros modificaban el paisaje cotidiano de la ciudad. De aquella experiencia surgió en 2012 LATA 65 | Urban Art Workshop for Seniors, desarrollado en su origen por WOOL junto con CoworkLisboa.
La propuesta trasladó esa curiosidad del papel de espectador al de creador. Los participantes reciben una aproximación al universo del grafiti y la cultura urbana, trabajan técnicas como el dibujo y el stencil y finalmente llevan sus diseños al espacio público mediante aerosoles. Una publicación de la Cámara Municipal de Lisboa describía las sesiones como un proceso teórico-práctico que desembocaba en la realización colectiva de un mural.
Lisboa desempeñó un papel fundamental en la expansión del proyecto. LATA 65 resultó ganador del Orçamento Participativo de Lisboa de 2013, con 435 votos y una dotación prevista de 10.000 euros. La propuesta municipal planteaba utilizar el arte urbano como instrumento de inclusión social y diálogo intergeneracional, además de contribuir a desmontar prejuicios alrededor del grafiti. El proyecto contemplaba talleres realizados en colaboración con juntas de freguesia de la ciudad.
La experiencia cuestionaba dos estereotipos simultáneamente: que el grafiti pertenece exclusivamente a los jóvenes y que la vejez debe limitarse a actividades culturales pasivas. La propia organización define entre sus objetivos acercar a las generaciones mayores a expresiones habitualmente asociadas con la juventud, favorecer el envejecimiento activo, promover la solidaridad intergeneracional y democratizar el acceso al arte contemporáneo.
El alcance terminó superando ampliamente Lisboa. La página oficial de Mistaker Maker registra 79 acciones y 931 participantes, de los cuales 186 son hombres, lo que desmiente la extendida descripción de LATA 65 como un grupo exclusivamente femenino. El participante de mayor edad registrado alcanzó los 102 años. El proyecto ha desarrollado experiencias en numerosos municipios portugueses y también en São Paulo, Valencia, Zaragoza, Houston, Aberdeen y Stouffville, en Canadá.
En Lisboa, las historias personales permiten comprender aquello que las cifras apenas sugieren. La revista oficial de la ciudad recogió, por ejemplo, la experiencia de Maria, de 80 años, quien explicaba que se había inscrito para salir de casa, romper su rutina y convivir con otras personas. Lara Seixo Rodrigues resumía allí otro de los problemas que pretendía abordar el proyecto: el aislamiento social y la pérdida de autoestima entre parte de la población mayor.
Más de una década después de su aparición, LATA 65 ofrece una enseñanza que trasciende el grafiti. Una política cultural inclusiva no consiste únicamente en facilitar el acceso de nuevos públicos a los museos: también puede entregarles herramientas para producir cultura y participar en la transformación simbólica de la ciudad. Cuando una persona de 70, 80 o incluso 100 años empuña un aerosol y deja su propia marca sobre un muro, el espacio público cambia, pero también cambia la imagen social de quién tiene derecho a crear.





