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El arte es trabajo esencial para el desarrollo integral de las sociedades

Editor FUNLAZULI mayo 1, 2026
diegorivera

Editorial mayo 2026 | Día del Trabajo 2026

Por: Alejandro Jiménez Schroeder

 

Cada 1 de mayo, desde 1889, cuando se llevó a cabo el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional en París, se rinde homenaje a la lucha obrera, reconociendo la historia de quienes han exigido condiciones laborales dignas, salarios justos y derechos básicos.

Lo que comenzó como la demanda de una jornada laboral de ocho horas ha ido transformándose con el paso del tiempo, al mismo ritmo que cambian las formas de relación laboral y, sobre todo, las transformaciones estructurales de la sociedad asociadas a nuevos modelos de producción apoyados en la tecnología, el neoliberalismo y las nuevas formas de generación de conocimiento, riqueza y valor. Un ejemplo de ello es cómo los conceptos sobre los que se sostuvieron estas luchas han variado de manera significativa. Aunque históricamente la clase obrera se asociaba principalmente con trabajadores asalariados que vendían su fuerza de trabajo en fábricas, hoy el mundo laboral es mucho más diverso.

Los derechos conquistados a lo largo de los años han dado forma a estados sociales que buscan garantizar derechos fundamentales. Por eso, cualquier retroceso o pérdida de estos derechos resulta tan grave como perder, como sociedad, tiempo, vida y recursos esenciales para construir un mundo más justo y humano.

En esa reflexión aún persiste una pregunta en pleno 2026: por qué existen gobiernos que siguen viendo el gasto social como un accesorio, bajo modelos productivistas en los que la vida humana pierde valor frente al dinero como fin último. Esto plantea interrogantes inevitables: ¿ha cambiado realmente la estructura social? ¿han desaparecido las categorías de ricos y pobres, de trabajadores y propietarios? Precisamente por ello, cada 1 de mayo sigue siendo necesario revisar nuestra situación actual.

Más compleja aún es la realidad contemporánea cuando se evidencia una deuda silenciosa: reconocer que el arte y la cultura también son trabajo. No se trata de actividades accesorias, decorativas o secundarias. Son una fuerza productiva que genera riqueza, empleo, identidad y bienestar social.

 

Hablar de desarrollo integral implica ir más allá de las cifras macroeconómicas. Una sociedad se desarrolla cuando garantiza condiciones mínimas de vida para sus trabajadores: ingresos suficientes, seguridad social, estabilidad, acceso a educación, salud y tiempo para la creación. Sin esas bases, ningún país puede hablar seriamente de progreso.

En Colombia, el sector cultural y creativo evidencia con datos su relevancia económica. Según información citada por El Espectador, con base en la Cuenta Satélite de Economía Cultural y Creativa del DANE, este sector representó el 2,9 % del valor agregado nacional en 2023, equivalente a 40,7 billones de pesos. Además, las actividades artísticas, de entretenimiento y recreación estuvieron entre las de mayor crecimiento en la economía reciente.

Sin embargo, el arte no puede reducirse a una métrica de productividad o a su aporte fiscal. Las artes generan ecosistemas donde la sociedad se enriquece en múltiples sentidos: tanto quienes crean como quienes acceden a estas expresiones amplían su experiencia de vida y su bienestar.

Comprar un libro, asistir a una obra de teatro o ver una película no solo dinamiza la economía de un país; también impacta su cultura y su salud social. ¿Cuántos recursos podrían reorientarse si el arte se entendiera como una herramienta para abordar problemas estructurales? Estudios como los publicados en el Journal of Youth and Adolescence señalan que el acceso al arte y la cultura contribuye a reducir factores de riesgo asociados a la criminalidad, al tiempo que mejora la calidad de vida mediante la educación cultural, la participación comunitaria, el deporte y el uso del espacio público.

Es decir: la cultura sí produce riqueza. La música, el cine, el teatro, la literatura, el diseño, el patrimonio, los festivales, las bibliotecas, la formación artística y la creación digital movilizan recursos, activan cadenas productivas, impulsan el turismo y generan empleo directo e indirecto. Sin embargo, quienes sostienen ese ecosistema muchas veces lo hacen en condiciones de precariedad.

El diagnóstico del DANE abre un debate necesario al revelar una realidad preocupante: el 51,4 % de los agentes culturales gana menos de 500 mil pesos (aproximadamente 135 dólares) por su actividad artística, mientras que el 53,2 % no cuenta con contrato. Muchos deben recurrir a un segundo empleo para sostenerse. Allí aparece la contradicción: se celebra la cultura como símbolo, pero no siempre se garantizan las condiciones de quienes la hacen posible.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿y cuánto invierte el Estado?  El Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes reportó un presupuesto de 1,09 billones de pesos en 2025, tras haber contado con 1,47 billones en 2024. Estos recortes, derivados en parte de los ajustes fiscales y de la reforma tributaria, evidencian que incluso en gobiernos que expresan interés por las artes, persisten limitaciones estructurales en el financiamiento del sector. Aunque las cifras de 2026 aún dependen de su ejecución presupuestal, el contraste sigue siendo claro: el sector cultural genera más de 40 veces ese valor en aporte económico anual.

¿Y en la región cómo estamos?

América Latina presenta realidades diversas. Según datos de la UNESCO y la CEPAL sobre gasto público en cultura, recreación y actividades culturales como porcentaje del PIB, la inversión cultural suele ubicarse entre el 0,1 % y el 0,5 %, por debajo de varios países europeos.

Sin embargo, estas cifras requieren matices: no es lo mismo un 0,30 % del PIB en Brasil, equivalente a cerca de 6.000 millones de dólares, que un 0,45 % en Uruguay, que representa alrededor de 320 millones de dólares.

Cultura como política de futuro

Invertir en cultura no es un gasto ornamental. Es una política pública preventiva. Una biblioteca en un barrio vulnerable amplía oportunidades educativas. Una escuela de música ofrece alternativas frente a economías ilegales o contextos de violencia juvenil. Un centro cultural comunitario crea espacios de encuentro donde antes había fragmentación social.

Invertir en cultura es prevenir violencia, fortalecer el tejido social, abrir oportunidades para los jóvenes, proteger la memoria colectiva y diversificar la economía. Una biblioteca puede transformar más vidas que muchas campañas publicitarias. Una escuela de música puede alejar a un joven del reclutamiento criminal. Un teatro comunitario puede reconstruir la confianza donde antes hubo miedo.

Reconocer el arte como trabajo también implica garantizar derechos laborales reales a quienes sostienen este ecosistema: artistas, gestores, técnicos, bibliotecarios, docentes, investigadores y trabajadores culturales. Esto supone contratos formales, seguridad social, acceso a crédito, formación continua y estabilidad mínima para crear sin precariedad.

Además, la economía cultural diversifica ingresos en territorios donde pocas industrias llegan. El turismo patrimonial, los festivales locales, los emprendimientos creativos, la formación artística y la circulación de contenidos pueden dinamizar economías regionales con menor impacto ambiental que otros sectores tradicionales.

Una sociedad que solo financia aquello que produce rentabilidad inmediata reduce su propio horizonte. En cambio, una sociedad que invierte en cultura invierte en ciudadanos capaces de imaginar futuros distintos.

En el Día del Trabajo conviene recordar que no solo trabaja quien construye carreteras, fabrica bienes o administra empresas. También trabaja quien escribe, compone, baila, investiga, enseña arte, preserva archivos o sostiene el sentido de lo colectivo. Dejar de ver el arte como una labor accesoria es fundamental. La cultura aporta al PIB, sí, pero sobre todo aporta humanidad. Y ninguna sociedad puede considerarse desarrollada si genera riqueza mientras deja atrás a quienes producen belleza, pensamiento e identidad.


Anexo | Fuentes oficiales y confirmadas

Organismos internacionales

  • UNESCO – Public expenditure on culture as percentage of GDP
    https://www.uis.unesco.org/en
  • CEPAL – Gasto en actividades recreativas, culturales y religión
    https://observatoriosocial.cepal.org/inversion/es/indicador/gasto-actividades-recreativas-culturales-religion

Fuentes periodísticas y gubernamentales

  • El Espectador – ¿Cuál es el aporte del sector cultural y artístico a la economía nacional?
    https://www.elespectador.com/especiales/cual-es-el-aporte-del-sector-cultural-y-artistico-a-la-economia-nacional/
  • Presidencia de la República de Colombia – MinCulturas: tres años de gestión cultural, con cambios profundos y transformación territorial
    https://www.presidencia.gov.co/prensa/Paginas/MinCulturas-tres-anos-de-gestion-cultural-con-cambios-profundos-y-transformacion-territorial-250809.aspx
  • El País América Colombia – Los juegos en línea pisan como un elefante fantasma en la economía colombiana
    https://elpais.com/america-colombia/2024-12-21/los-juegos-en-linea-pisan-como-un-elefante-fantasma-en-la-economia-colombiana.html

 

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