
por: Laura Sofía Medina
El egocentrismo no suele aparecer como un defecto evidente al inicio; más bien se disfraza de seguridad, de certeza absoluta o de la idea de que la propia experiencia es la medida de todas las cosas. El problema es que, cuando una persona se queda encerrada en su propio punto de vista, el mundo se reduce. Y un mundo reducido deja de ser mundo: se convierte en un espejo.
Pensar solo desde el “yo” no solo limita la comprensión de los demás, sino que también empobrece la propia vida. Porque la experiencia humana no se construye en aislamiento, sino en relación: con otras voces, otras historias, otros dolores y alegrías. El egocentrismo rompe esa red invisible y hace que todo pase por un filtro único: el interés personal.
En lo cotidiano, esto se nota cuando dejamos de escuchar de verdad. Cuando respondemos sin entender. Cuando asumimos que lo que sentimos es automáticamente lo más importante en cualquier situación. Pero la vida no funciona así. Cada persona carga un mundo completo, con sus propias razones, silencios y batallas invisibles.
Superar el egocentrismo no significa negarse a uno mismo, sino ampliar la mirada. Es aprender a ocupar un lugar sin invadir todos los demás. Es reconocer que no siempre tenemos la razón, que no siempre somos el centro, y que eso no nos disminuye, sino que nos humaniza.
En el fondo, la salida del egocentrismo no es el silencio del “yo”, sino su equilibrio con el “nosotros”. Porque solo cuando dejamos espacio para otros, la vida deja de ser un monólogo y se convierte en conversación.
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