
Muere Yayoi Kusama a los 97 años: el infinito pierde a una de sus grandes creadoras
Yayoi Kusama, una de las figuras fundamentales del arte contemporáneo, murió a los 97 años en un hospital de Tokio. Su estudio confirmó este 27 de agosto de 2026 que la artista japonesa había fallecido el pasado 14 de agosto. Pintora, escultora, performer, escritora y creadora de algunos de los espacios inmersivos más reconocibles de las últimas décadas, Kusama convirtió la repetición, los lunares, las redes y los espejos en una investigación persistente sobre el infinito, la identidad y la relación del individuo con el universo.
El comunicado difundido por Yayoi Kusama Inc. y Yayoi Kusama Studio Inc. no precisó la causa de su muerte, pero confirmó algo que atraviesa toda su biografía: la creación permaneció en el centro de su existencia hasta el final. Según sus representantes, Kusama continuó pintando durante sus últimos días. Años antes había expresado esa misma determinación en una conversación recogida por Tate: “Me gustaría seguir creando arte hasta el día en que muera”.

En 1957 viajó a Estados Unidos y al año siguiente se estableció en Nueva York, donde desarrolló pinturas de la serie Infinity Nets, esculturas blandas, instalaciones con espejos y luces, performances, acciones contra la guerra, proyectos cinematográficos y experimentos vinculados con la moda. Su estudio define este proceso mediante el concepto de self-obliteration —“autoborramiento” o “autoaniquilación”—: la desaparición simbólica del individuo dentro de una proliferación potencialmente infinita de formas.
Su trabajo dialogó con algunos de los movimientos decisivos del arte estadounidense de posguerra sin quedar completamente contenido en ninguno de ellos. El Museum of Modern Art de Nueva York la sitúa como una presencia vital de la vanguardia neoyorquina desde finales de los años cincuenta y señala las relaciones de su obra con el expresionismo abstracto, el minimalismo, el pop, el arte feminista y la crítica institucional. La repetición, sin embargo, no fue para Kusama únicamente un procedimiento formal: se convirtió en un método para transformar su experiencia interior en una cosmología visual propia.
Tras regresar a Japón en 1973, amplió su producción hacia la literatura, la poesía, las esculturas públicas y las instalaciones monumentales. Sus Infinity Mirror Rooms llevaron esa búsqueda a una dimensión espacial: espejos, luces y objetos multiplicados hasta borrar aparentemente los límites de la habitación y del propio espectador. En 2009 comenzó la serie My Eternal Soul, que alcanzó alrededor de 900 pinturas antes de concluir en 2021; después inició Every Day I Pray for Love.
Una huella decisiva en América Latina
Para el público latinoamericano, un episodio fundamental de esa historia ocurrió en Buenos Aires. En 2013, Malba presentó Yayoi Kusama. Obsesión infinita, la primera retrospectiva de la artista realizada en América Latina. Curada por Philip Larratt-Smith y Frances Morris, reunió más de cien obras producidas entre 1950 y 2013, desde pinturas y trabajos sobre papel hasta esculturas, videos e instalaciones. Posteriormente, el proyecto viajó por Río de Janeiro, Brasilia, São Paulo y Ciudad de México.
La dimensión popular de aquella exposición fue excepcional: años después, el propio Malba contabilizó 206.000 visitantes, una cifra que mantiene a Obsesión infinita entre las muestras de mayor convocatoria en la historia de la institución. Su éxito mostró también una característica decisiva de Kusama: la capacidad de construir una obra intelectualmente compleja y, al mismo tiempo, accesible a públicos que excedieron ampliamente el circuito especializado del arte contemporáneo.
Yayoi Kusama. Obsesión infinita, film dirigido por Martín Rietti para Malba, realizado en Tokio en mayo de 2013.]
La muerte de Yayoi Kusama cierra una trayectoria de más de siete décadas, pero difícilmente clausura el universo que construyó. Sus puntos continúan multiplicándose sobre pinturas, esculturas, edificios y cuerpos; sus espejos siguen devolviendo al espectador hacia un espacio que parece no terminar. Kusama convirtió una experiencia radicalmente personal en un lenguaje compartido por millones de personas. Allí reside buena parte de su legado: haber encontrado, mediante la repetición, una forma visual para imaginar aquello que no tiene final.





