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La relación entre el dinero y el arte: aquello que una sociedad decide cultivar

Editor FUNLAZULI agosto 3, 2026
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Por: Alejandro Jiménez Schroeder

Hay una escena que se repite con una frecuencia silenciosa. En una ciudad cualquiera se inaugura un gran edificio de oficinas mientras, a pocas calles de distancia, una biblioteca reduce sus horarios por falta de presupuesto. No ocurre el mismo día ni aparece necesariamente en el mismo titular. Sin embargo, ambos hechos pertenecen a una misma historia. Quizá no lo advertimos porque hemos aprendido a mirar las inversiones como cifras y no como decisiones sobre la forma en que queremos habitar el mundo.

Piensa por un momento en un jardín. Nadie esperaría recoger frutos de un árbol apenas unas horas después de sembrarlo. Sin embargo, cuando hablamos de cultura, solemos exigir resultados inmediatos, como si un libro, una obra de teatro o un museo debieran justificar su existencia con la misma velocidad con la que lo hace una transacción financiera. Tal vez el problema no esté en la cultura, sino en el reloj con el que hemos aprendido a medirla.

El dinero posee una extraña capacidad para revelar nuestras prioridades. Allí donde fluye con abundancia, termina levantando edificios, carreteras, plataformas digitales o industrias enteras. Allí donde escasea, también deja una huella: teatros vacíos, archivos olvidados, artistas que abandonan su oficio, bibliotecas que envejecen en silencio. El dinero nunca es únicamente dinero; también es una forma de contar aquello que una sociedad considera indispensable.

Quizá por eso el arte ocupa un lugar tan incómodo dentro de la economía. Produce riqueza, aunque rara vez bajo la forma que los mercados celebran con mayor facilidad. Un poema no incrementa el valor de una acción en la bolsa. Una exposición difícilmente altera el precio del petróleo. Sin embargo, basta recorrer una ciudad sin librerías, sin música, sin cine, sin plazas donde alguien pueda detenerse a escuchar una historia, para descubrir que existen pobrezas que ninguna estadística económica alcanza a registrar.

En Colombia esa paradoja adquiere una dimensión particularmente reveladora. Mientras las actividades culturales aportaron cerca de 40,7 billones de pesos al producto interno bruto durante 2023, equivalente aproximadamente al 2,9 % del valor agregado nacional, el presupuesto asignado al Ministerio de las Culturas para 2025 apenas supera una fracción de esa riqueza generada. No deja de resultar llamativo que uno de los sectores capaces de producir identidad, empleo, circulación económica y prestigio internacional continúe sobreviviendo con recursos comparativamente modestos. Como si el país alabara los frutos mientras olvidara regar el árbol que los produce.

Pero quizá esta no sea únicamente una discusión sobre presupuestos. Tal vez sea una conversación sobre aquello que entendemos por prosperidad.

Existen actividades económicas cuya lógica responde con admirable eficacia a la demanda inmediata. La construcción transforma el paisaje y moviliza enormes cadenas de empleo. Las plataformas digitales de apuestas expanden un mercado que crece con rapidez y aporta ingresos fiscales considerables. La industria del alcohol forma parte de complejos sistemas productivos que sostienen miles de empleos y una importante recaudación tributaria. Incluso las economías ilegales, como el narcotráfico, muestran, de la forma más brutal posible, hasta dónde puede llegar la fuerza de un incentivo económico cuando la rentabilidad se separa de cualquier consideración ética.

No se trata de establecer una competencia simplista entre unos sectores y otros. Cada uno responde a necesidades, demandas y realidades diferentes. La pregunta aparece en otro lugar, más discreto y quizá más difícil de responder. ¿Qué ocurre cuando la rentabilidad se convierte en el principal criterio para decidir qué merece crecer? ¿Qué dimensiones de la vida quedan fuera de esa ecuación?

Una sociedad también puede empobrecerse mientras aumenta su riqueza. Basta observar cómo desaparecen ciertos oficios, cómo se debilitan las memorias locales o cómo las conversaciones públicas comienzan a reducirse a aquello que resulta rentable medir. Hay pérdidas que no aparecen en el balance de una empresa ni en las cuentas nacionales. Son pérdidas de lenguaje, de imaginación, de sensibilidad. Se parecen a esas fotografías antiguas que permanecen durante años dentro de un cajón hasta que un día alguien descubre que ya nadie recuerda el nombre de las personas retratadas.

Quizá el arte se parezca más a esa fotografía que a una acción bursátil.

No porque mire únicamente hacia el pasado, sino porque conserva la posibilidad de preguntarnos quiénes somos antes de decidir hacia dónde queremos avanzar. Cada novela, cada mural, cada danza tradicional o cada archivo rescatado del olvido amplía ligeramente el horizonte desde el cual una comunidad puede comprenderse. Esa capacidad rara vez produce beneficios inmediatos. Produce algo más difícil de cuantificar: una sociedad capaz de reconocerse incluso en medio de sus diferencias.

Por eso resulta insuficiente considerar la inversión cultural como un gasto accesorio. Lo que allí se financia no son únicamente conciertos, publicaciones o museos. También se sostiene una infraestructura invisible donde se forman las preguntas, la memoria compartida y la imaginación política de una comunidad. Una obra de arte puede no resolver una crisis económica, pero quizá contribuya a evitar una crisis más silenciosa: aquella en la que una sociedad deja de encontrar palabras para comprenderse a sí misma.

Me pregunto si, dentro de algunas décadas, los historiadores estudiarán nuestro tiempo únicamente por el crecimiento de determinados mercados o también por aquello que decidimos dejar de cuidar. Porque toda época construye sus monumentos, pero también fabrica sus olvidos.

Al final, el verdadero contraste entre la cultura y otros modelos de negocio no reside únicamente en la cantidad de dinero que movilizan. Reside en el tiempo que cada uno necesita para mostrar su fruto. Algunas inversiones producen dividendos al cierre del trimestre. Otras tardan una generación entera en revelar su alcance. La memoria, la educación estética, el pensamiento crítico o la capacidad de convivir con quien piensa distinto pertenecen a esta segunda categoría. Crecen despacio, casi siempre lejos de los titulares, pero cuando faltan descubrimos que ninguna prosperidad material logra reemplazarlas.

Tal vez la pregunta nunca fue cuánto dinero produce el arte. Tal vez la verdadera pregunta sea otra, más incómoda y más sencilla al mismo tiempo: cuando decidimos qué financiar, ¿estamos construyendo únicamente una economía o, sin advertirlo, estamos eligiendo el tipo de humanidad que deseamos cultivar?

3/08/2026

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