Bibliotecarios, libreros y personas interesadas en el cuidado del libro participaron durante tres días en una nueva jornada de la Escuela de Conservación de la Biblioteca Nacional de Colombia, realizada en Bogotá. El encuentro combinó conocimientos sobre almacenamiento, riesgos biológicos, manipulación, herramientas y primeros auxilios para libros y documentos. La actividad forma parte de una estrategia nacional orientada a transferir conocimientos especializados para proteger las colecciones bibliográficas y documentales del país.
Conservar un libro comienza mucho antes de reparar una página rota. La humedad de una bodega, la forma en que se retira un volumen de una estantería, la presencia de insectos o microorganismos y hasta una manipulación cotidiana inadecuada pueden determinar la supervivencia de una colección. Sobre esa idea trabaja la Escuela de Conservación, que convirtió durante tres jornadas recientes la sede de la Biblioteca Nacional de Colombia en un espacio de aprendizaje práctico.
De acuerdo con la información institucional suministrada sobre la actividad, los participantes aprendieron las bases de la conservación y reparación de libros modernos, reconocieron buenas prácticas de almacenamiento y manipulación en estanterías y bodegas e identificaron algunas de las amenazas biológicas que pueden dejar huellas en los materiales bibliográficos.
La formación también descendió al terreno de los oficios. Los asistentes conocieron herramientas básicas de un taller de conservación, fabricaron espátulas de bambú y abordaron procedimientos de primeros auxilios para libros y documentos. Se trata de conocimientos que responden a problemas concretos que las bibliotecas plantean habitualmente a la institución: deterioro de documentos, insectos, limpieza de colecciones, condiciones de almacenamiento, infraestructura y mobiliario, entre otros.
Del taller en Bogotá a una estrategia nacional
La experiencia no constituye una actividad aislada. La Biblioteca Nacional define la Escuela de Conservación como una de sus estrategias para formar a los actores del ecosistema bibliotecario colombiano en el cuidado de acervos y colecciones bibliográficas y documentales.
Su consolidación responde además a una necesidad identificada por la propia institución. En 2024, cuando la Escuela amplió su presencia territorial, la restauradora Sara del Mar Castiblanco advertía que existía una “alta demanda de bibliotecarios departamentales y municipales” interesados en aprender sobre conservación y protección de materiales. Ese año, la Biblioteca señalaba también que la oferta especializada en conservación y restauración de patrimonio bibliográfico y documental seguía siendo reducida en Colombia.
La Escuela fue formalizada en 2024 desde el Centro de Conservación de la Biblioteca Nacional, después de décadas de transferencia de conocimientos especializados a agentes culturales. Su trabajo incluye valoración patrimonial, biodeterioro, técnicas y tecnologías aplicadas a los bienes bibliográficos y preservación digital.
La publicación institucional aportada para esta cobertura señala que durante 2026 la iniciativa también ha tenido actividades en Cali, Medellín y Barranquilla, reforzando así su dimensión territorial. Esa expansión continúa un modelo que ya había avanzado mediante nodos regionales: la Biblioteca Pública Piloto fue consolidada como Nodo Antioquia y, en el Caribe, la Biblioteca Karl C. Parrish Jr. de la Universidad del Norte ha participado en procesos de formación y cooperación sobre conservación.
Más que producir decisiones administrativas, esta jornada dejó un resultado pedagógico: ampliar el número de personas capaces de reconocer riesgos, prevenir daños y responder inicialmente ante el deterioro de los libros. La apuesta coincide con el Plan Nacional para la Protección y Promoción del Patrimonio Bibliográfico y Documental 2021-2030, “Vamos a hacer memoria”, cuya hoja de ruta contempla precisamente la conservación, el fortalecimiento de capacidades y el trabajo articulado con los territorios.
En ese contexto, enseñar a fabricar una herramienta, reconocer un insecto o almacenar correctamente un volumen deja de ser un ejercicio menor. La conservación preventiva convierte conocimientos técnicos en una política cotidiana de memoria: cada biblioteca mejor preparada amplía las posibilidades de que libros y documentos continúen disponibles para lectores, investigadores y comunidades futuras.






