Guillermo del Toro, Akira Kurosawa y Kiyoshi Kurosawa.Tres miradas atraviesan la niebla del cine: entre criaturas, guerreros y silencios, la imaginación convierte el miedo en memoria y belleza.
Akira Kurosawa convirtió la épica, Shakespeare y los dilemas morales en un lenguaje cinematográfico universal. Kiyoshi Kurosawa hizo del vacío, la soledad y lo inexplicable una de las formas más inquietantes del cine contemporáneo. Entre ambos, Guillermo del Toro aparece como un puente inesperado: admirador declarado del primero y atento lector cinematográfico del segundo. Tres cineastas-escritores, tres generaciones y tres maneras de preguntarse qué es, realmente, un monstruo.
Hay una aclaración que conviene hacer antes de cualquier comparación: Akira Kurosawa y Kiyoshi Kurosawa no son familiares. Comparten uno de los apellidos más célebres del cine japonés, pero pertenecen a generaciones, genealogías artísticas y universos cinematográficos diferentes. La coincidencia ha provocado confusiones durante décadas y vuelve a resultar especialmente llamativa ahora que Kiyoshi Kurosawa ha entrado, por primera vez, en el territorio del cine de samuráis con Kokurojo (The Samurai and the Prisoner), presentada en Cannes Première en 2026. La comparación visual con Ran y Kagemusha, de Akira, se ha vuelto casi inevitable, aunque no exista parentesco entre ambos.
El tercer nombre de esta historia parece, en principio, venir de otro lugar: Guillermo del Toro, mexicano, fabulista, amante de los monstruos, heredero del gótico, del cuento de hadas, del cine fantástico y de una tradición latinoamericana en la que la muerte puede convivir con lo cotidiano. Sin embargo, cuando se observan sus referencias y su manera de pensar el cine, los caminos comienzan a cruzarse.
Del Toro ha manifestado de manera inequívoca su admiración por Akira Kurosawa. En 2010, cuando Criterion le pidió seleccionar sus películas favoritas de la colección, colocó en el primer lugar —empatadas— tres obras del japonés: Throne of Blood, High and Low y Ran. Para el mexicano, aquellas películas representaban a uno de los “maestros esenciales” del cine, capaz de ser simultáneamente exuberante y elegante, y de construir obras operáticas, pesimistas y visualmente espectaculares.
Pero existe además una conexión contemporánea menos conocida. En una entrevista publicada en 2025, al ser preguntado específicamente por Kiyoshi Kurosawa y películas como Pulse, del Toro confirmó conocer su obra y formuló una observación reveladora: contrastó un horror occidental más interesado en la presencia material con una tradición oriental en la que resultan fundamentales la ausencia, el espacio negativo y la dimensión existencial. No es una declaración de influencia directa, y sería incorrecto presentarla como tal, pero sí demuestra que del Toro conoce el trabajo de Kiyoshi y reconoce la lógica estética que sostiene buena parte de su terror.
Ese doble vínculo permite pensar a los tres juntos. No como una familia cinematográfica, sino como tres autores que utilizan el género para escribir sobre algo mucho más profundo que el género.
Akira Kurosawa: la batalla por comprender al ser humano
La obra de Akira Kurosawa atraviesa aproximadamente medio siglo de historia cinematográfica. Su trayectoria comenzó durante la Segunda Guerra Mundial y llegó hasta comienzos de la década de 1990. Su reconocimiento internacional cambió de escala con Rashomon: tras ganar el León de Oro de Venecia en 1951, la película contribuyó decisivamente a abrir las puertas occidentales al cine japonés. Pero reducir a Kurosawa al director de Seven Samurai sería perder buena parte de su importancia. Fue también un extraordinario escritor cinematográfico, adaptador y reorganizador de tradiciones narrativas.
Shakespeare se convirtió bajo su mirada en Japón feudal: Macbeth reapareció en Throne of Blood y King Lear fue transformado en Ran. Dostoievski, Máximo Gorki, Ryūnosuke Akutagawa y el novelista policial estadounidense Ed McBain pasaron también por su laboratorio narrativo. Kurosawa no se limitaba a trasladar argumentos de un medio a otro; desmontaba las obras, identificaba sus conflictos esenciales y las volvía a construir dentro de una experiencia japonesa.
Rashomon ofrece probablemente el ejemplo más famoso. Cuatro versiones incompatibles de un crimen impiden establecer una verdad definitiva. La innovación no consiste simplemente en repetir un acontecimiento desde varios puntos de vista: Kurosawa convierte la estructura narrativa en una pregunta moral. Cada personaje reconstruye los hechos según la imagen que necesita conservar de sí mismo. De allí nació lo que posteriormente se denominaría el “efecto Rashomon”: la imposibilidad de obtener una verdad única cuando diferentes testimonios interpretan un mismo acontecimiento.
En Seven Samurai, la acción espectacular está atravesada por otra pregunta: ¿qué diferencia realmente al guerrero del bandido? En High and Low, la investigación criminal desemboca en un problema de clase y responsabilidad. En Ikiru, un funcionario próximo a morir intenta descubrir qué puede hacer con el tiempo que le queda. En Ran, la guerra exterior termina siendo la ampliación gigantesca de una familia destruida por el poder, la ambición y la incapacidad de comprender al otro.
La escala puede cambiar «un hombre, una familia, una ciudad, un ejército», pero el interrogante permanece. ¿Qué hacemos cuando somos puestos a prueba? Es precisamente allí donde Akira Kurosawa comienza a acercarse a Guillermo del Toro.
Guillermo del Toro: cuando el monstruo resulta más humano que el hombre

La filmografía de Guillermo del Toro está poblada por vampiros, fantasmas, insectos imposibles, demonios, faunos, hombres anfibios y criaturas ensambladas a partir de cadáveres. Sin embargo, su cine rara vez pregunta simplemente cómo derrotar al monstruo.
Pregunta quién merece realmente ese nombre. Desde Cronos hasta The Devil’s Backbone, Pan’s Labyrinth, The Shape of Water, Pinocchio y su versión de Frankenstein, del Toro ha construido un universo en el que la criatura extraña suele poseer una vulnerabilidad profundamente humana, mientras que la brutalidad puede provenir de militares, autoridades, padres, científicos o instituciones aparentemente respetables. El BFI ha descrito su obra como una fusión de horror oscuro y fantasía gótica alimentada por folklore, cuentos de hadas, literatura, ciencia ficción, religión y cómic.
En Pan’s Labyrinth, por ejemplo, lo sobrenatural no funciona como simple escapatoria frente a la España franquista. La fantasía constituye otro lenguaje para discutir obediencia, poder y libertad moral. Del Toro ha explicado que uno de los hilos fundamentales de la película es la elección: frente a sistemas que exigen obediencia, sus personajes deben decidir quiénes quieren ser.
Aquí aparece una primera afinidad profunda con Akira Kurosawa. Los dos trabajan con géneros muy reconocibles —samuráis, thriller, cuento fantástico, horror, melodrama— pero se niegan a aceptar que el género sea únicamente entretenimiento. Lo utilizan como una máquina ética.
En Seven Samurai, blandir una espada no convierte automáticamente a alguien en héroe. En Pan’s Labyrinth, vestir un uniforme no convierte a alguien en representante del orden moral. Ambos autores desconfían de las jerarquías cuando estas sustituyen a la conciencia.
También comparten una extraordinaria relación con la literatura. Akira Kurosawa transforma a Shakespeare; del Toro dialoga con Mary Shelley, Carlo Collodi, el cuento maravilloso europeo, la novela gótica y los mitos populares. En ambos casos, adaptar significa reescribir. Y existe además una conexión explícita: del Toro no es simplemente un crítico que retrospectivamente puede ser asociado con Kurosawa. Él mismo señaló Throne of Blood, High and Low y Ran como representaciones máximas de un cineasta que considera esencial.
Kiyoshi Kurosawa: el horror de aquello que falta
Con Kiyoshi Kurosawa, el paisaje cambia. Donde Akira puede llenar la pantalla de guerreros corriendo bajo la lluvia y del Toro construir criaturas de complejidad artesanal, Kiyoshi es capaz de hacer que una habitación casi vacía resulte intolerable.
Su gran salto internacional ocurrió con Cure en 1997. La película parte aparentemente de un thriller policial: una sucesión de asesinatos cometidos por personas distintas pero marcados por patrones similares conduce al detective Takabe hacia un hombre enigmático llamado Mamiya. Sin embargo, la investigación termina disolviendo las certezas del género. Criterion describe la película como una incursión filosófica y existencial en los territorios del horror psicológico.
Cuatro años después, Pulse (Kairo) convertiría la expansión de internet en materia espectral. Lo aterrador ya no consiste únicamente en que los muertos puedan aparecer a través de las pantallas. El verdadero terror está en la posibilidad de que una tecnología diseñada para comunicarnos revele nuestra incapacidad de establecer contacto.
El fantasma de Kiyoshi Kurosawa no siempre invade una comunidad. A veces descubre que la comunidad ya estaba vacía. Esa preocupación atraviesa incluso trabajos aparentemente alejados del horror. Tokyo Sonata, que obtuvo el Premio del Jurado de Un Certain Regard en Cannes en 2008, comienza cuando un padre pierde su empleo y decide ocultárselo a su familia. La casa permanece en pie, todos siguen entrando y saliendo, pero algo ha comenzado silenciosamente a desintegrarse. El propio Kurosawa explicó en Cannes que buscaba retratar una pequeña tragedia familiar conectada con fuerzas sociales mucho más grandes que sus personajes.
Ahí se entiende mejor la observación de Guillermo del Toro sobre su cine. Cuando en 2025 se le preguntó por Kiyoshi, del Toro estableció precisamente esa diferencia entre una sensibilidad que materializa el horror y otra que trabaja con la ausencia y el espacio negativo. Es difícil encontrar una descripción más precisa de lo que separa —y al mismo tiempo aproxima— a ambos.
Del Toro crea al monstruo para obligarnos a mirarlo. Kiyoshi puede dejar fuera al monstruo para obligarnos a mirar el lugar donde debería estar.
Los dos Kurosawas finalmente entran al mismo castillo
Durante décadas, comparar a Akira y Kiyoshi a partir del género samurái habría sido artificial. En 2026 dejó de serlo.
Kiyoshi Kurosawa presentó en Cannes Première Kokurojo (The Samurai and the Prisoner), adaptación de la novela histórica de Honobu Yonezawa y primera incursión del director en el chanbara, la tradición cinematográfica japonesa asociada con los guerreros samuráis. La historia sitúa al señor Murashige Araki dentro de un castillo sitiado donde una serie de crímenes genera paranoia, sospechas y una investigación en la que deberá recurrir a un enemigo encarcelado.
El movimiento tiene algo fascinante. Kiyoshi entró finalmente en el territorio cinematográfico asociado mundialmente con el otro Kurosawa.Pero no se convirtió por eso en Akira. Una crónica de Associated Press sobre el estreno estadounidense de la película observó que algunas composiciones de guerreros podían evocar Ran y Kagemusha, mientras Kiyoshi conservaba sus planos largos y sus escenas de diálogo cargadas de tensión contenida. La misma información vuelve a aclarar que ambos realizadores no tienen parentesco.
La coincidencia permite apreciar mejor sus diferencias. En Akira, un ejército puede convertirse en coreografía. El clima, el movimiento de masas, el montaje y la geometría de los cuerpos producen una sensación de fuerza histórica. Ran es ejemplar: nubes, niebla, fuego, ejércitos y color convierten la destrucción de una familia en una tragedia de proporciones casi cósmicas.
Kiyoshi, incluso dentro de un castillo samurái, continúa interesado en otra cosa: quién puede estar observando, qué permanece fuera del campo, qué intención se esconde detrás de una conversación y cuánto tiempo puede soportar un espectador antes de que un espacio aparentemente tranquilo comience a parecer amenazante.









