
Editorial | julio 2026
«Yo vengo a ofrecer mi corazón ¿Quién dijo que todo está perdido?”
Hay canciones que no se escuchan: se atraviesan. Se quedan viviendo en la respiración de los pueblos, en la memoria de quienes, aun en medio de los grises, se niegan a rendirse. La obra de Fito Páez pertenece a esa estirpe de cantos que no decoran la realidad, sino que la enfrentan con ternura y obstinación.
Hoy, cuando el ruido del desencanto parece querer imponerse como lenguaje común, insistir en la esperanza no es ingenuidad: es una forma de resistencia. El arte —ese territorio frágil y poderoso a la vez— nos recuerda que la vida no se agota en lo inmediato, que siempre existe un margen para imaginar otra forma de estar juntos.
Desde las páginas de LAPISLÁZULI PERIÓDICO reafirmamos una convicción que nos acompaña desde el inicio: la cultura no es un adorno, es un lugar de permanencia. Un espacio donde los sueños no se archivan, sino que se cultivan. Donde las voces no se silencian, sino que se encuentran.
Creer en el arte es creer en la posibilidad de lo común. En un mundo que insiste en fragmentar, crear es reunir. Es sostener la idea radical de que nadie sobra, de que la belleza también puede ser una forma de justicia, y de que la palabra —cuando es honesta— abre caminos donde antes solo había muros.
Un mundo posible es posible. No como promesa vacía, sino como construcción diaria, imperfecta, compartida. Un mundo donde quepamos todos, incluso aquellos que aún no se atreven a imaginarlo.
Y si hay algo que el arte nos enseña, es precisamente esto: que el miedo no es el final del camino, sino el lugar desde donde puede empezar otra vez la esperanza.







