
El cine amazónico ecuatoriano ha dejado de ser una expresión periférica para convertirse en una voz que atraviesa fronteras, llevando consigo no solo imágenes de selva, ríos y comunidades, sino también una forma distinta de narrar el mundo. El documental “El Río de los Espíritus”, dirigido por el Colectivo Tawna y codirigido por cineastas de la nacionalidad achuar, fue seleccionado para la 57ª edición del festival Visions du Réel en Nyon, Suiza, uno de los escenarios más importantes del cine documental contemporáneo. La obra surge desde la Amazonía ecuatoriana, filmada en territorios de Pastaza y Morona Santiago, y construida junto a comunidades indígenas que no solo aparecen frente a la cámara, sino que participan activamente en la creación del relato.

En un contexto global donde las narrativas audiovisuales suelen estar dominadas por grandes industrias, esta selección representa un desplazamiento simbólico: el centro de la mirada se mueve hacia la selva, hacia voces que históricamente han sido contadas desde fuera. La película, además, fue elegida entre más de 3.700 producciones internacionales, un dato que subraya la magnitud del logro y el creciente interés por propuestas que combinan cine, territorio y resistencia cultural.
En el corazón del documental se encuentra la historia de Luciano Peas, un joven técnico achuar que impulsa un proyecto de transporte fluvial con energía solar como alternativa frente a la construcción de una carretera que amenaza con fragmentar su territorio. Esta narrativa no se limita a un conflicto ambiental, sino que abre una reflexión más amplia sobre los modelos de desarrollo, la autonomía indígena y las formas posibles de sostenibilidad. El río aparece como un personaje más, no solo como paisaje, sino como memoria viva y eje espiritual que conecta comunidades, historias y formas de entender la existencia. El proyecto cinematográfico también se apoya en iniciativas reales de transición energética comunitaria, como el uso de canoas solares para evitar la deforestación y la contaminación de los ecosistemas fluviales. Según distintas fuentes, la producción fue realizada en colaboración con organizaciones internacionales y fundaciones que trabajan en energías limpias y conservación amazónica, lo que refuerza su dimensión híbrida entre arte, activismo y tecnología. Más allá del relato específico, lo que se proyecta en pantalla es una tensión universal: cómo convivir con la naturaleza sin convertirla en recurso, cómo imaginar progreso sin destruir aquello que lo sostiene. En ese sentido, el cine deja de ser solo representación y se convierte en herramienta de diálogo político y cultural, donde la selva no es objeto de observación, sino sujeto que habla.
El estreno internacional del filme en Suiza no es un punto de llegada, sino una prolongación de un viaje que comenzó en los ríos amazónicos y que ahora se expande hacia públicos globales, festivales y espacios de discusión cinematográfica. El hecho de que una producción nacida desde comunidades indígenas ecuatorianas llegue a un certamen europeo de alto prestigio evidencia un cambio en la circulación del cine contemporáneo, donde las periferias comienzan a disputar centralidad narrativa. En este movimiento, la Amazonía deja de ser únicamente escenario de crisis ambiental para convertirse en un espacio de creación cultural activa, capaz de proponer estéticas, discursos y formas de producción propias. El colectivo detrás del documental insiste en que la obra no es solo una película, sino una experiencia de vida compartida en el territorio, una forma de preservar memoria y de proyectar futuros posibles desde la mirada amazónica. Mientras el festival en Suiza abre sus puertas a estas imágenes, también se abre una pregunta que queda flotando más allá de la pantalla: qué significa escuchar verdaderamente a la selva cuando esta decide narrarse a sí misma, y hasta dónde puede llegar el cine cuando se convierte en puente entre mundos que rara vez se encuentran en igualdad de condiciones.
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