Vivimos en un mundo que no se detiene. Las fronteras se desplazan, las certezas se erosionan, las tecnologías aceleran los días y los lenguajes mutan con una velocidad que a menudo deja a la humanidad sin aliento. En este escenario de transformación permanente, cerrar un ciclo no significa clausurar una etapa, sino reconocer las capas de tiempo que nos habitan. El año 2025 se cierra para Lapislázuli como un umbral simbólico: veinte años de labor que no se leen como una línea recta de progreso, sino como un entramado de búsquedas, quiebres, preguntas insistentes y una profunda convicción en el poder de la palabra y de las artes como formas de resistencia cultural.

Nada permanece intacto, pero no todo se disuelve. Hay gestos humanos que sobreviven a la lógica del descarte: narrar, crear, imaginar, recordar. En medio de un mundo que parece obsesionado con la productividad, la automatización y el olvido rápido, las artes siguen siendo un territorio donde la humanidad se reconoce a sí misma, donde el tiempo se vuelve espesor y no simple tránsito. La literatura, el pensamiento crítico, la música, el cine, las artes visuales y los lenguajes híbridos que emergen hoy no son ornamentos de la civilización: son su columna vertebral.

Stuart Hall, uno de los grandes teóricos de la resistencia intercultural, insistió en que la cultura no es un espacio neutral ni un conjunto de tradiciones fijas, sino un campo de disputa permanente. Para Hall, la identidad no es algo dado, sino un proceso, una construcción histórica atravesada por relaciones de poder, memoria y representación. En el contexto actual —marcado por crisis migratorias, conflictos bélicos, desigualdades extremas y una creciente homogeneización cultural— su pensamiento resulta más vigente que nunca. La cultura, decía Hall, es uno de los pocos espacios donde los sujetos pueden resistir, reescribir sus historias y reclamar el derecho a ser nombrados desde sí mismos.

A lo largo de estas dos décadas, Lapislázuli ha habitado precisamente ese espacio de disputa. No como un medio complaciente ni como un archivo inmóvil, sino como un territorio de diálogo donde las voces disidentes, frágiles o incómodas encuentran un lugar. Hemos entendido que escribir es un acto político, no porque proclame consignas evidentes, sino porque se atreve a complejizar la realidad, a desafiar los discursos dominantes y a devolverle densidad a lo humano. En tiempos donde el lenguaje se vacía de sentido y se vuelve mercancía, insistir en la palabra es ya una forma de resistencia.

El mundo que hoy observamos está en constante reconfiguración. Las ciudades se transforman en escenarios de hiperconectividad y soledad simultánea; las redes prometen comunidad mientras profundizan el aislamiento; la inteligencia artificial produce imágenes, textos y simulacros que desafían nuestra idea de autoría y creación. Frente a ello, las artes no compiten con la tecnología: la interpelan. Nos recuerdan que no todo puede ser calculado, que hay experiencias —el dolor, el amor, la memoria colectiva— que no se reducen a algoritmos. En esa grieta entre lo programable y lo inexplicable se juega buena parte del futuro de la humanidad.

La cultura, entendida como práctica viva, es hoy uno de los pocos refugios frente a la estandarización global. Desde los movimientos artísticos comunitarios en América Latina hasta las expresiones híbridas de las diásporas africanas y asiáticas en Europa; desde la poesía que emerge en contextos de guerra hasta las narrativas indígenas que resisten al extractivismo cultural, el arte sigue siendo un lenguaje de supervivencia. Stuart Hall lo advirtió: la resistencia cultural no consiste en preservar una esencia pura, sino en negociar sentidos, en apropiarse de los lenguajes del poder para transformarlos desde dentro.

Celebrar veinte años de Lapislázuli es, en este sentido, celebrar una forma de estar en el mundo. No como espectadores pasivos del colapso o del cambio, sino como sujetos que creen que la cultura todavía puede abrir horizontes. Hemos apostado por la imperfección, por la lentitud reflexiva, por el pensamiento crítico en una época que premia la velocidad y la simplificación. Hemos creído —y seguimos creyendo— que las artes son una pedagogía de la sensibilidad: nos enseñan a mirar de nuevo, a escuchar lo que ha sido silenciado, a imaginar futuros donde la dignidad no sea una excepción.

El cierre de este ciclo no es un gesto nostálgico, sino una afirmación de continuidad. Lo que permanece no es la forma exacta de lo que fuimos, sino la ética que nos ha sostenido: la responsabilidad social, el compromiso con la memoria, la convicción de que la cultura puede transformar realidades, incluso cuando lo hace de manera invisible. En un mundo atravesado por el miedo y la fragmentación, seguir apostando por las artes es una declaración de esperanza radical.

Mirar hacia adelante implica aceptar la incertidumbre. No sabemos qué lenguajes emergerán, qué conflictos redefinirán nuestras sociedades, qué nuevas formas de exclusión o de encuentro surgirán. Pero sí sabemos algo: sin cultura, sin pensamiento crítico, sin espacios donde lo humano pueda narrarse a sí mismo, no hay futuro posible. Las artes no garantizan soluciones inmediatas, pero sí algo más profundo: la capacidad de imaginar otros mundos cuando el presente parece agotado.

Así, en este nuevo ciclo que comienza, Lapislázuli reafirma su lugar como espacio de resistencia cultural, como archivo vivo de preguntas, como comunidad de lectores y creadores que entienden que la palabra sigue siendo un acto de fe. Como diría Stuart Hall, la cultura no es el terreno donde todo se reconcilia, sino donde se lucha por el significado. Y es en esa lucha —incompleta, imperfecta, profundamente humana— donde encontramos la razón de permanecer.

Porque mientras exista alguien que escriba, que lea, que cree, que cuestione, la humanidad no habrá perdido del todo su rumbo. Y porque, al final, las artes no son solo una forma de expresión: son la esperanza misma de seguir siendo humanos en un mundo que cambia sin descanso.

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