La reciente decisión del Consejo de Estado de Colombia de anular el decreto 1500 de 2018, que delimitaba formalmente la denominada ‘Línea Negra’ en la Sierra Nevada de Santa Marta, representa un golpe significativo para la protección de los territorios sagrados de los pueblos indígenas arhuaco, kogui, wiwa y kankuamo. Este fallo revive la tensión histórica entre la protección de los espacios ancestrales y los intereses de propiedad privada y desarrollo económico en la región.

El decreto, firmado por el entonces presidente Juan Manuel Santos el 7 de agosto de 2018, buscaba reconocer y formalizar 348 sitios sagrados dentro de un área que las comunidades estiman superior a las 500 zonas de significancia espiritual. Estos territorios, ubicados en los departamentos de Magdalena, La Guajira y Cesar, forman parte de la llamada ‘Línea Negra – Sheshiza’, un corredor ancestral que conecta lugares de gran valor cultural, espiritual y ambiental para las comunidades indígenas. Según Santos, la medida no afectaba derechos de propiedad ni imponía creencias religiosas, sino que aseguraba el acceso de los pueblos indígenas a sus sitios sagrados dentro de un marco de respeto por los derechos de terceros.
Históricamente, la protección de la ‘Línea Negra’ tiene sus raíces en la resolución 002 de 1973, durante el gobierno de Misael Pastrana, que estableció una delimitación simbólica de la zona. Posteriormente, en 1995, el presidente Ernesto Samper amplió esta delimitación tras un proceso de consulta previa con las comunidades indígenas. Entre 1998 y 2012, la Corte Constitucional emitió varios fallos que reforzaron la necesidad de proteger estos territorios por su valor espiritual y cultural, e incluso ordenó la suspensión de proyectos de infraestructura que amenazaban los sitios sagrados.
El fallo del Consejo de Estado, con ponencia del magistrado Germán Eduardo Osorio, se fundamenta en la irregularidad de la expedición del decreto 1500. La corte argumenta que, al momento de la firma, no existía la cartografía oficial de la ‘Línea Negra’ elaborada por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, ni se contaba con la versión definitiva del ‘Documento Madre’, desarrollado por las comunidades indígenas entre 2013 y 2015. Además, se determinó que no se realizó la consulta previa con todos los pueblos étnicos y comunidades afrodescendientes que ocupan la zona, como los wayúu, chimila y los Consejos Comunitarios de Palenques de Juan y Medio y Los Moreneros, entre otros.
El abogado Yefferson Dueñas, quien presentó la demanda contra el decreto y hoy es viceministro de Justicia, cuestionó que la expedición del decreto hubiera afectado la autonomía de los departamentos y municipios involucrados y potencialmente vulnerado derechos de propiedad privada. Su argumento central fue que el decreto se adoptó sin la información cartográfica oficial y sin la participación plena de las comunidades indígenas, lo que hacía que su validez fuera jurídicamente cuestionable.

Para las comunidades indígenas, la anulación del decreto es un retroceso crítico. Jaime Arias, asesor mayor del pueblo kankuamo, señaló que el decreto representaba una herramienta clave para la conservación ambiental y la coordinación entre los pueblos indígenas y las autoridades locales y nacionales. La Sierra Nevada de Santa Marta no solo es un territorio espiritual, sino que también funciona como una “fábrica de agua” que nutre toda la llanura del Caribe y mantiene el equilibrio de ecosistemas conectados con el río Magdalena y el mar Caribe.
El Ministerio de Cultura advirtió que la anulación del decreto aumenta el riesgo sobre un sistema espiritual y biocultural fundamental para los pueblos Arhuaco, Kogui, Wiwa y Kankuamo. Los sitios sagrados que conforman la ‘Línea Negra’ sostienen el equilibrio entre naturaleza, cultura y espiritualidad. Por ello, la defensa de estos territorios no es solo un asunto ambiental, sino también un ejercicio de soberanía cultural y dignidad ancestral.
En este contexto, la decisión del Consejo de Estado deja abiertas numerosas incógnitas sobre el futuro de la ‘Línea Negra’. Mientras las comunidades indígenas preparan nuevos litigios para proteger sus territorios, se abre un complejo debate sobre cómo equilibrar los derechos ancestrales con los intereses privados y estatales en una región de alto valor cultural y ambiental. La conservación de la ‘Línea Negra’ sigue siendo un reto urgente y una responsabilidad compartida entre el Estado, las comunidades y la sociedad en general.
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