
Hay palabras que llegan a la conversación pública con la apariencia de una metáfora y, sin embargo, terminan comportándose coraci una arquitectura. «Batalla» es una de ellas. La escuchamos tantas veces que corremos el riesgo de olvidar todo lo que contiene. Una batalla supone un territorio, un adversario, una estrategia y, sobre todo, la decisión de que aquello que está al otro lado ya no es simplemente diferente, sino una posición que debe ser derrotada.
Quizá por eso convenga detenerse un instante antes de aceptar esa palabra con naturalidad. Imagina un museo. No ha cambiado una sola obra. Las paredes permanecen intactas, los cuadros continúan en el mismo lugar y las vitrinas conservan exactamente los mismos objetos. Sin embargo, alguien modifica los textos que acompañan las piezas, altera el recorrido sugerido al visitante y cambia el orden en que comienza la exposición. El edificio sigue siendo el mismo. La historia, en cambio, ya no lo es. A veces el poder no necesita mover las piedras; le basta con reorganizar el significado de aquello que las rodea.
En el debate político contemporáneo, la expresión «batalla cultural» ha adquirido precisamente esa condición. No describe únicamente una confrontación de ideas. Propone una manera de entender la cultura como un espacio de disputa donde se define qué memorias serán visibles, qué valores ocuparán el centro del relato colectivo y qué voces permanecerán en los márgenes.
No es una expresión nacida en Colombia. Su recorrido atraviesa experiencias recientes de la nueva derecha internacional, desde Argentina hasta España y Estados Unidos, donde distintos dirigentes e intelectuales comenzaron a presentar la política como una confrontación civilizatoria. En ese lenguaje aparecen con frecuencia palabras como tradición, familia, patriotismo, libertad, orden o defensa de Occidente. Al mismo tiempo, se construye un adversario igualmente reconocible: el progresismo, la llamada «ideología de género», el globalismo o las distintas corrientes de izquierda, reunidas bajo una misma categoría simbólica aunque sus diferencias sean profundas.
Las palabras tienen una curiosa capacidad para viajar. Cruzan fronteras con mayor facilidad que las personas y, cuando llegan a un nuevo país, nunca lo hacen completamente intactas. Se adaptan al paisaje, adquieren nuevos matices y encuentran instituciones desde las cuales pueden comenzar a producir efectos. En Colombia, durante la transición política de 2026, la expresión «batalla cultural» empezó a aparecer de forma cada vez más visible alrededor de las discusiones sobre el futuro del Ministerio de las Culturas. No porque históricamente hubiera sido el lenguaje propio de esa institución, sino porque comenzó a incorporarse al debate público desde sectores políticos que veían en la cultura un escenario central de la disputa ideológica.
Me pregunto cuándo una palabra deja de describir la realidad para empezar a organizarla.
Porque quizá el verdadero cambio no ocurra cuando un gobierno anuncia una nueva orientación política, sino cuando modifica silenciosamente las preguntas que una sociedad considera importantes. ¿Qué merece ser recordado? ¿Qué historias reciben apoyo? ¿Qué artistas son invitados? ¿Qué museos inauguran nuevas salas? ¿Qué proyectos obtienen financiación? Ninguna de esas decisiones parece, por sí sola, extraordinaria. Sin embargo, juntas dibujan el mapa de una determinada idea de nación.
Toda política cultural establece prioridades. Eso no constituye una anomalía democrática; forma parte de la naturaleza misma del Estado. Cada gobierno redefine convocatorias, ajusta presupuestos, nombra jurados, crea programas, modifica instituciones y propone nuevas líneas de acción. Lo verdaderamente significativo no es que esos cambios existan, sino el horizonte simbólico hacia el cual se orientan.
Si la noción de «batalla cultural» llegara a convertirse en una política pública explícita, su expresión probablemente no adoptaría la forma de una censura abierta. Resultaría mucho más sutil. Bastaría con desplazar lentamente el centro de gravedad de las decisiones culturales. Priorizar determinados patrimonios sobre otros. Fortalecer ciertos relatos nacionales. Redefinir los criterios mediante los cuales se asignan estímulos. Modificar las narrativas museográficas. Elegir unos símbolos para representar la identidad colectiva mientras otros comienzan a desaparecer del paisaje institucional.
La memoria rara vez desaparece de golpe. Generalmente se desplaza unos centímetros cada año.
Quizá esa sea una de las formas más eficaces del poder cultural. No prohibir un libro, sino dejar de editarlo. No cerrar un museo, sino transformar el recorrido que propone. No impedir que una obra exista, sino convertirla en una presencia periférica dentro de la conversación pública. El silencio también administra memoria.
Tal vez por eso la pregunta más relevante no sea si existe o no una «batalla cultural». Las palabras pueden exagerar, simplificar o incluso ocultar aquello que pretenden explicar. La cuestión verdaderamente importante consiste en observar cómo se traducen los discursos en instituciones. Porque las ideas solo adquieren consecuencias cuando modifican presupuestos, reglamentos, convocatorias, programas educativos, jurados, archivos, museos o políticas de cooperación internacional.
Es allí donde el lenguaje abandona el terreno de la retórica y comienza a producir realidad.
Piensa nuevamente en aquel museo del principio. Ninguna escultura ha sido destruida. Ninguna pintura ha desaparecido. Todo parece permanecer exactamente igual. Sin embargo, al salir, el visitante comprende un país distinto del que habría comprendido el día anterior.
Quizá ese sea el verdadero lugar donde se libra una batalla cultural. No en las redes sociales, ni únicamente en los discursos, sino en esa zona casi invisible donde una sociedad decide qué historias merecen seguir siendo contadas y cuáles empiezan, lentamente, a confundirse con el polvo de las salas vacías.





