
El libro entra completo y sale convertido en datos. Primero se corta el lomo. Después, las páginas quedan sueltas y pasan por escáneres industriales capaces de procesarlas a gran velocidad. La imagen de cada hoja se transforma en texto digital; el papel, ya inutilizable como volumen, se envía al reciclaje. No es una escena imaginada para advertir sobre el futuro: fue parte de un programa real de Anthropic, la empresa creadora del asistente Claude.
El procedimiento fue conocido a través del proceso judicial Bartz v. Anthropic, presentado en agosto de 2024 por los escritores Andrea Bartz, Charles Graeber y Kirk Wallace Johnson. En junio de 2025, el juez federal William Alsup describió dos rutas con las que la compañía construyó su biblioteca: la descarga de millones de copias desde repositorios piratas y, posteriormente, la compra de libros impresos que fueron digitalizados de forma destructiva.

La segunda ruta recibió el nombre interno de Project Panama. Una investigación de The Washington Post, publicada en enero de 2026 a partir de más de 4.000 páginas judiciales desclasificadas, reconstruyó la operación: Anthropic compró millones de ejemplares a vendedores como Better World Books y World of Books, utilizó maquinaria para cortar las encuadernaciones, escaneó las páginas y recicló los restos. El objetivo era formar una biblioteca digital central y emplear parte de ella en el entrenamiento de modelos de lenguaje. Los testimonio de los propios autores demandantes. Bartz, Graeber y Johnson llevaron a Anthropic ante los tribunales al descubrir que sus obras figuraban entre los materiales reunidos por la compañía. Su reclamación no se limitó al funcionamiento de Claude: cuestionó el origen de la biblioteca utilizada para construirlo. El expediente estableció una diferencia decisiva entre los ejemplares comprados legalmente y los millones de archivos obtenidos de LibGen, Books3 y Pirate Library Mirror. El juez William Alsup. Su fallo de junio de 2025 consideró que entrenar modelos con libros podía constituir un uso transformador y que convertir, en proporción de uno a uno, un ejemplar comprado en una copia digital interna era un uso legítimo bajo la doctrina estadounidense de fair use. Pero rechazó que esa protección justificara conservar una biblioteca formada con copias piratas. La sentencia, por tanto, no declaró lícito cualquier acceso a libros: separó la transformación tecnológica del modo en que se obtuvieron las obras. La defensa de Anthropic. La empresa defendió que sus modelos no fueron creados para reproducir o sustituir los libros, sino para producir resultados diferentes. Esa explicación fue aceptada parcialmente por el tribunal respecto del entrenamiento y de la digitalización de ejemplares adquiridos. Sin embargo, los documentos internos también mostraron la urgencia con la que la compañía buscaba cantidades enormes de texto y su preocupación por la reacción pública que podría provocar la destrucción masiva de libros. Opiniones y posturas de los libreros de viejo. En 2026, vendedores de Países Bajos, Australia y otros mercados informaron pedidos atípicos de centenares o miles de títulos, incluidos libros oscuros y descatalogados. Algunos compradores operaban mediante intermediarios y acuerdos de confidencialidad. Los testimonios recogidos por NL Times y The Guardian muestran una inquietud real, aunque no permiten atribuir cada compra a una empresa tecnológica ni demostrar que cada ejemplar terminara destruido. Precisamente ahí se encuentra el límite de lo verificable. Una voz de los especialistas en libros raros. En la Feria del Libro Antiguo de Melbourne, libreros como Tim White y John Sainsbury advirtieron que un libro posee información que no cabe completamente en una transcripción: la encuadernación, las anotaciones, la procedencia, las marcas de lectura, el papel y las particularidades de una edición. Un archivo conserva palabras; no necesariamente conserva el objeto histórico que las transportó. Qué dicen las organizaciones de escritores. The Authors Guild calificó el fallo como una decisión mixta: reconoció la derrota jurídica respecto de la digitalización de libros comprados, pero insistió en que los derechos de una edición impresa no equivalen automáticamente a los de una edición electrónica. Para los autores, la cuestión no termina en si una máquina copia párrafos. También incluye consentimiento, licencias, remuneración y competencia con los textos generados por los modelos. Lo no probado: que “se haya agotado internet”; que todas las grandes empresas de IA destruyan libros físicos de la misma manera; o que cada pedido masivo reportado por libreros tenga como destino un laboratorio de IA. Meta, Google y OpenAI también aparecen en demandas, investigaciones y debates sobre grandes corpus de libros, pero la evidencia pública disponible no permite atribuirles sin matices el mismo sistema físico de Project Panama. Confundir las acusaciones sobre bases de datos descargadas con la compra y destrucción industrial de ejemplares produciría una historia más impactante, pero menos exacta. Tampoco existe evidencia de que las compañías hayan recurrido al papel porque “ya se acabó toda la información de internet”. La explicación verificable es más concreta: los libros ofrecen textos extensos, estructurados y editados, especialmente valiosos para construir sistemas capaces de reconocer lenguaje, argumentar y generar prosa. En una red donde aumenta el contenido producido automáticamente, las obras escritas y editadas por seres humanos adquieren además un valor estratégico. La paradoja es difícil de ignorar. Durante siglos, digitalizar un libro significó protegerlo contra la desaparición. En Project Panama, la copia digital se obtuvo mediante la desaparición deliberada del ejemplar. La empresa conservó el texto y eliminó el volumen; obtuvo una biblioteca capaz de alimentar máquinas, pero ya no destinada a lectores. Comprar libros usados para impedir que lleguen a empresas de IA no constituye, por sí solo, una política de conservación. Sí lo son la catalogación, la donación a bibliotecas, el resguardo de ediciones escasas, la digitalización no destructiva y la identificación de ejemplares con valor documental. No todos los libros usados son únicos, pero tampoco todos son intercambiables. Al final, la pregunta no es si el conocimiento debe permanecer únicamente sobre papel. Es quién decide qué se conserva cuando un libro cambia de soporte. Project Panama demostró que una obra puede sobrevivir como información mientras desaparece como objeto. Entre la página y el algoritmo queda entonces una ausencia: la biblioteca física que tuvo que ser destruida para que la máquina pudiera leerla.La destrucción no era un accidente del proceso: era el método escogido para convertir rápidamente una biblioteca física en un corpus procesable por máquinas.

Seis voces alrededor de una misma problemática
Fuentes verificadas





