Editorial enero 2026 | Cuando callar no es opción: resistir desde el amor ante la violencia

No nacemos sabiendo resistir. Aprendemos, como aprendemos a hablar, en el contacto con otros, en el reconocimiento de la vida que nos rodea y en la necesidad de cuidarla. Desde los primeros gestos de afecto entendemos que existir no es solo estar, sino también responder. Por eso, en contextos atravesados por la violencia, callar no es una opción: el silencio deja de ser prudencia y se transforma en abandono.

La violencia no aparece de manera súbita. Se instala poco a poco en los cuerpos, en los territorios y en el lenguaje cotidiano, hasta volverse paisaje. Se normaliza en cifras, titulares fugaces y discursos que justifican lo injustificable. Así, lo que debería indignarnos termina por parecernos inevitable. Sin embargo, la violencia no es un destino: es una construcción social, y como tal, puede y debe ser confrontada.

Frente a este escenario, la resistencia civil emerge como una respuesta ética y colectiva. No se trata de una reacción visceral ni de un llamado a la confrontación armada, sino de una postura consciente ante la injusticia. Resistir civilmente es negarse a aceptar la violencia como norma, es afirmar la dignidad humana incluso cuando todo parece conducir a su negación. Es una forma de acción que se sostiene en la palabra, en la organización social y en la defensa activa de la vida.

Resistir desde el amor no implica debilidad. Por el contrario, exige una fortaleza profunda: la de no reproducir la lógica del daño, la de no responder al odio con más odio. El amor, entendido como principio político, se convierte en una fuerza transformadora capaz de cuestionar estructuras de opresión sin perder de vista al otro como sujeto de derechos. En este sentido, la resistencia civil no destruye: construye vínculos, conciencia y comunidad.

Cuando callar no es opción, la palabra adquiere un valor central. Nombrar la violencia es el primer paso para desmontarla. Denunciar, narrar, visibilizar y acompañar son actos de resistencia que rompen el aislamiento impuesto por el miedo. La palabra, usada con responsabilidad, no solo informa: convoca, une y moviliza. En ella se teje una memoria colectiva que impide que la violencia se repita bajo nuevas formas.

La resistencia civil también es memoria. Recordar a las víctimas no es un gesto simbólico vacío, sino un acto de justicia. La memoria devuelve humanidad a quienes fueron reducidos al silencio y nos interpela como sociedad. Olvidar, en cambio, favorece la impunidad y perpetúa las mismas dinámicas de exclusión y abuso. Resistir es, entonces, negarse al olvido.

En este contexto, resulta inevitable preguntarnos por nuestro papel. La resistencia no es exclusiva de grandes movimientos ni de momentos excepcionales; comienza en la vida cotidiana. Se expresa en la manera en que nos relacionamos, en cómo reaccionamos ante la injusticia cercana, en la decisión de no ser indiferentes. Cada gesto de solidaridad, cada acto de cuidado, cada palabra dicha a tiempo forma parte de un entramado mayor.

Hoy, cuando la violencia intenta imponerse como lenguaje dominante, resistir desde el amor se vuelve una necesidad urgente. No como consigna vacía, sino como práctica constante. Porque cuando callar no es opción, la resistencia civil se convierte en el camino para recuperar lo humano, para afirmar la vida y para recordar que otro modo de convivir sigue siendo posible.

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