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¿Debe la FUGA cambiar de nombre?

Editor FUNLAZULI agosto 4, 2026
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Hay preguntas que una democracia madura no debería temer. Una de ellas es si los homenajes públicos otorgados hace cincuenta o sesenta años siguen representando los valores de la sociedad actual. No se trata de borrar la historia, sino de preguntarse qué historia decidimos exaltar desde las instituciones del Estado.

La Fundación Gilberto Alzate Avendaño (FUGA) es hoy uno de los principales centros culturales de Bogotá. Miles de artistas han pasado por sus salas, escenarios y convocatorias, consolidándola como un referente para la vida cultural de la ciudad. Sin embargo, son pocos quienes realmente saben quién fue Gilberto Alzate Avendaño, el personaje cuyo nombre identifica a la institución, y cuáles fueron los méritos que llevaron a convertirlo en un homenaje permanente. Más aún: ¿siguen siendo esos méritos suficientes para justificar que la principal fundación cultural de Bogotá continúe llevando su nombre?

Hacer estas preguntas podría parecer incómodo. Incluso, el cambio de un nombre podría considerarse un asunto irrelevante frente a las complejas problemáticas que enfrenta hoy la cultura en Colombia. Sin embargo, precisamente este tipo de interrogantes pone al descubierto cuánto tiempo hemos funcionado en piloto automático y cuántas veces aceptamos como naturales decisiones cuyo origen o justificación desconocemos. Si un espacio dedicado al arte y la cultura no puede preguntarse libremente qué méritos justificaron que una institución cultural lleve el nombre de Gilberto Alzate Avendaño, entonces nos encontramos ante un caso de ignorancia elegida, donde la costumbre termina reemplazando a la reflexión crítica.

Más allá de que la ciudadanía concluya, tras un debate informado, que esos méritos son o no suficientes para que una institución pública continúe llevando su nombre, la discusión de fondo es otra: ¿qué sucede con la memoria colectiva y con aquellos hombres y mujeres que, a través de su obra y de su compromiso con el país, representaron valores más democráticos, diversos, incluyentes y acordes con la sociedad que hoy aspiramos a construir? En últimas, el debate no trata únicamente sobre un nombre, sino sobre los referentes que una ciudad decide exaltar y transmitir a las nuevas generaciones.

«Las ciudades también escriben su historia con los nombres de sus edificios.»

El edificio que hoy ocupa la Fundación Gilberto Alzate Avendaño no fue construido para albergar una institución cultural. Se trata de una casona colonial ubicada en la esquina de la calle 10 con carrera 3.ª, en el centro histórico de Bogotá, cuyos orígenes se remontan al periodo virreinal. Según la propia Fundación, la casa perteneció inicialmente al virrey José de Ezpeleta (1789-1797) y posteriormente al último virrey de la Nueva Granada, Juan Sámano. Durante el siglo XIX pasó por distintos propietarios, entre ellos Ángel y Rufino José Cuervo, y con el tiempo fue adaptada para usos públicos y culturales. La institución denominada Fundación Gilberto Alzate Avendaño no nació con el edificio: fue creada por el Acuerdo 12 del 18 de noviembre de 1970, expedido por el Concejo de Bogotá, con motivo de cumplirse diez años de la muerte del dirigente conservador Gilberto Alzate Avendaño. En ese mismo acuerdo se decidió que la nueva entidad llevaría su nombre como homenaje a quien el Concejo describió entonces como una «figura preclara de la Nación», destacando su labor como periodista, concejal y hombre público.

 

Gilberto Alzate Avendaño entre la cultura, la política y el debate sobre el fascismo en Colombia

 

 

Durante décadas, Alzate fue presentado como un brillante orador, un intelectual conservador y uno de los políticos más influyentes del siglo XX colombiano. Nadie discute que fue un hombre culto, un lector apasionado y un polemista excepcional. Tampoco que dejó una profunda huella dentro del Partido Conservador mediante el llamado alzatismo***, corriente que buscó renovar el liderazgo de la derecha colombiana; pero esa descripción, aunque cierta, resulta incompleta.

Los estudios históricos publicados durante las últimas décadas han mostrado con creciente claridad que, especialmente durante los años treinta y parte de los cuarenta, Gilberto Alzate Avendaño manifestó una marcada admiración por el falangismo español y por diversas expresiones del nacionalismo autoritario europeo *. La evidencia historiográfica señala que su pensamiento estuvo influido por el corporativismo y por algunos elementos del fascismo italiano, hasta el punto de que varias investigaciones universitarias han analizado expresamente el componente fascista de su ideario y el lugar que estas corrientes ocuparon en la historia política colombiana. En ese sentido, resulta históricamente válido afirmar que Alzate sostuvo posiciones vinculadas al fascismo durante un periodo significativo de su vida pública.

Gilberto Alzate Avendaño no fue un político aislado. Hizo parte de Los Leopardos, un grupo de intelectuales conservadores que, durante los años treinta, introdujo en Colombia buena parte del lenguaje, los símbolos y las ideas del fascismo europeo. Admiraban el modelo corporativo de Mussolini, cuestionaban el parlamentarismo liberal y defendían un Estado fuerte como respuesta a la crisis de la democracia liberal. Aunque con el tiempo algunos de sus integrantes moderaron o transformaron sus posiciones, ese pasado constituye un elemento ineludible para entender quién fue realmente el personaje cuyo nombre identifica hoy a una de las principales instituciones culturales de Bogotá.

Aceptar ese hecho documental no significa reducir toda su vida a una sola etiqueta. Tampoco significa ignorar las transformaciones de su trayectoria posterior o sus diferencias con otros líderes conservadores**. Pero sí obliga a abandonar las biografías simplificadas que presentan únicamente al «gran intelectual» y silencian las controversias que acompañan su legado. Sin embargo, existe otra pregunta aún más interesante y, paradójicamente, menos explorada.

¿Qué hizo Gilberto Alzate Avendaño específicamente por la cultura colombiana?

No basta con responder que escribía bien, que era un hombre culto o que leía filosofía. A lo largo de la historia colombiana han existido numerosos políticos ilustrados. La verdadera cuestión consiste en establecer si Gilberto Alzate Avendaño realizó aportes concretos al desarrollo de la cultura que justifiquen que la principal institución artística del centro de Bogotá lleve su nombre.

Sería razonable esperar que ese legado pudiera identificarse en la promoción de leyes culturales decisivas, en la creación de museos, bibliotecas o instituciones públicas, en la formulación de políticas nacionales para las artes, en la protección del patrimonio cultural o en iniciativas que, aún hoy, siguieran beneficiando a los artistas colombianos. Esos serían los méritos que, en principio, justificarían que una institución cultural rindiera homenaje permanente a una figura pública.

Sin embargo, al revisar su trayectoria, resulta difícil encontrar un legado de esa naturaleza. Las respuestas suelen concentrarse en destacar su talento como orador, su brillantez intelectual, su actividad periodística o su capacidad para el debate político. Sin restar importancia a esas cualidades, cabe preguntarse si son suficientes para explicar por qué la principal institución cultural de Bogotá continúa llevando su nombre más de medio siglo después. Esa es, precisamente, la pregunta que el debate público aún tiene pendiente.

Su principal legado fue político e ideológico. «Renovó» una corriente del conservatismo, construyó un liderazgo propio y participó intensamente en los grandes debates nacionales de su tiempo. Sin embargo, distanciarse del conservadurismo tradicional para generar otra visión de derecha, por sí mismo, no constituye un mérito. Para historiadores y politólogos, las preguntas sobre su labor hacen necesaria una revisión de su vida para establecer si sus méritos bastan para convertirlo en el símbolo permanente de una institución cuya misión es promover la creación artística, la diversidad cultural y las expresiones contemporáneas.

Es importante resaltar que las preguntas no buscan cancelar a Gilberto Alzate Avendaño; todo lo contrario. Buscan comprender por qué fue elegido y si esa decisión continúa siendo pertinente.

Una invitación a un debate que, si bien Colombia decide emprender, tampoco sería único. En Alemania, Bélgica, Estados Unidos, España y el Reino Unido, numerosas ciudades han revisado los nombres de calles, monumentos e instituciones dedicadas a personajes históricos cuya trayectoria resulta hoy objeto de controversia. Algunas conservaron los homenajes; otras los modificaron; otras incorporaron explicaciones históricas para contextualizar a quienes siguen siendo recordados en el espacio público. La discusión no consiste en reescribir el pasado. Consiste en decidir qué valores desea representar una institución pública en el presente.

Quizá el problema no sea Gilberto Alzate Avendaño. Quizá el problema sea que nunca hemos explicado por qué una institución cultural lleva precisamente su nombre y no el de una escritora, un músico, una artista plástica, un gestor cultural o un creador cuya obra transformó directamente la vida artística del país.

¿Qué valores debería representar hoy la principal institución pública dedicada al arte y la cultura en el centro de Bogotá?

Responder esa pregunta exige documentos, historia y un debate democrático. Lo que no resulta aceptable es seguir evitando la discusión como si el nombre inscrito en la fachada de un edificio fuera un hecho natural e incuestionable. Tal vez haya llegado el momento de abrir ese debate. No para borrar la historia, sino para comprenderla mejor. Porque las democracias no se debilitan cuando revisan críticamente sus homenajes. Se fortalecen cuando son capaces de explicar por qué los conservan… o por qué deciden transformarlos.

 


* Su ruptura con Laureano Gómez no fue una adhesión al liberalismo o al socialismo. Ambos seguían perteneciendo al Partido Conservador, aunque representaban proyectos distintos.

** Su oposición a Gustavo Rojas Pinilla tampoco lo convirtió en un demócrata liberal en sentido estricto. Muchos opositores a Rojas provenían de sectores conservadores o liberales con motivaciones diferentes.

*** El llamado alzatismo buscó construir una derecha con rasgos propios: nacionalista, popular, corporativista en algunos momentos, más abierta a la movilización de masas y menos ligada al conservadurismo tradicional de las élites*

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