Publicado: 08/02/2018
Nada es más real que la nada
Has soñado esta noche que vivías de nada y morías de todo.
Cesar Vallejo –Los desgraciados-
Bueno, sí, estoy muerto. No me pregunten cómo ni por qué pues no podría responderles, pero definitivamente lo estoy. Puedo aceptarlo y compartirlo yo mismo pues todavía me faltan dos o tres segundos para completar mi minuto e inexplicablemente conservo cierta lucidez. Si me lo hubiesen preguntado antes hubiera dicho que era una locura. Un cuento chino alimentado por las teorías de Einstein sobre el tiempo, y que en el siglo pasado fue la comidilla de la literatura fantástica y el séptimo arte. Si me lo hubiesen preguntado antes hubiera dicho que tal vez se tratase de una falla en la sinapsis cerebral, o que simplemente estuviera soñando. Lo cierto es que ya no voy a levantarme. Que algunos otros vendrán y bajaran mi cadáver del autobús. Que desde que salí temprano de casa y llegué hasta este punto de la ciudad, uno podría pensar que ha transcurrido mucho tiempo, quizá treinta o cuarenta y cinco minutos, el tiempo regular que tarda el vehículo en realizar este viaje. Y sin embargo, no es así, pues aún continúo en el mismo minuto, en el maldito minuto que aún no termina de acabarse. Quien iba a pensarlo. Una mujer embarazada, una pareja de novios y un chico escuálido perdido en su música. Semejante cuadro no podría resultar más estúpido para el final de un agnóstico, para el simple final de alguien que siempre buscó explicaciones, que siempre se alejó de la superstición y la fantasía. Algo relativamente estúpido, diría en este caso el genio alemán, pero sobre todo para mi gusto, algo relativamente inconveniente. Un minuto. ¿Qué cosas podrían hacerse en ese breve lapso? Quizás vestirte o ponerte los zapatos, ir a la cocina y tomar un vaso de agua, atender una llamada en el teléfono o leer los titulares en el diario. Un minuto, cuando lo piensas imaginas que en ese espacio nada sería realizable, que cualquier acción emprendida quedaría a la mitad, inconclusa, rezagada por el implacable paso del tiempo. El minuto en el que extiendes tu brazo para detener el transporte, en el que subes al bus y pagas el precio al conductor, el mismo que compite contigo mientras caminas tambaleante y buscas tu puesto. Es ridículo pensar que se trate del mismo minuto, el simple y culminante manojo de segundos en que realicé cada acción de esta mañana. En algún momento pensé que podría tratarse del reloj, y lo miraba y lo golpeaba repetidamente pensando que tal vez estuviera descompuesto. Sin embargo, mientras viajaba en el bus escuché alarmado cuando el locutor anunciaba las nueve y treinta en cada oportunidad, la voz en la radio repetía la misma hora una y otra vez. No eran suposiciones mías, había subido al bus a las nueve y treinta, había salido de casa a la misma hora y viajado lo suficiente en el transporte como para que hubiesen transcurrido otros treinta minutos. Pero las manecillas del reloj no se movían. El mundo parecía haberse detenido en ese fatídico instante que parecía perseguirme. Aturdido en el viaje, una mirada me basta para referenciar a cada pasajero. La mujer embarazada en el asiento del medio, la pareja de novios besuqueándose en la parte trasera, y el chico de los audífonos mirando indiferente por la ventanilla. Hasta llegué a pensar que era una suerte que el bus estuviera medio vacío. Como algo inesperado, en el transcurso del mismo minuto, yo, el veterano agnóstico, me doy el lujo de pensar en una vieja superstición. De repente advierto que estoy detrás de la mujer con el vientre hinchado, y un impulso incontenible me hace retroceder en mi puesto y agarrar mis rodillas. La estridencia de la música aumenta la ansiedad de la llegada. Calculo el tiempo recorrido entre cada semáforo y subida de pasajeros. Ahora el bus ha excedido su capacidad. Es imposible que aún estemos en el mismo minuto — me digo. La gente se amontona en el estrecho pasillo y los olores amargos y las miradas inquietas se entrecruzan como peces en el agua. En el arranque del último semáforo, antes de llegar al centro, ocurre algo extraño. Los pasajeros comienzan a mirarme y a volver el rostro. Era algo incómodo, como si tuviera algo dibujado en la cara porque ninguno apartaba sus ojos de mí. La embarazada gritaba y protegía su enorme barriga, los novios de la parte trasera se abrazaban aterrados y yo no comprendía el por qué. Algo sucede — me decía — y el reloj en mi muñeca aún no terminaba de recorrer el condenado minuto que inició desde que me vestí en la mañana y tomé el desayuno, desde que organicé los documentos y el dinero en la billetera, desde que salí de casa y aseguré la puerta, desde que extendí mi mano y paré el transporte. Definitivamente algo sucede —me repetí— y el chico de los audífonos que miraba indiferente por la ventanilla, ahora estaba afuera del bus y era golpeado con violencia por varios hombres. En algún momento, ya consciente de lo que ocurría, sentí pena por él. Era solo un niño, y con ansias he deseado bajarme del vehículo y evitar que continuaran la golpiza. Solo que aún seguía mirando el reloj, y todavía los segundos no completaban las nueve y treinta y uno. Solo que aún permanecía sentado en el asiento del medio, desangrándome, y mirando sin ver como los otros gritaban y golpeaban sin piedad al pequeño ladronzuelo que acababa de matarme.
Por: Edgardo Ramón Herrera (Colombia). |
Edgardo Ramón Herrera
(Colombia)
Edgardo Herrera Marrugo. Narrador y poeta, nacido en Soledad, Atlántico. Autor del libro de cuentos “En el infierno se viste de blanco”, publicado en 2011 por la editorial pluma de Mompox. Coordinador del taller literario Guión Bajo, de la biblioteca distrital Jorge Artel, Cartagena.
Autor de los libros inéditos, “Ojos de elefante” (novela) y “Nada es más real que la nada” (cuentos).
