Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

Yo quise matar a Sabines

Acacia Mateos (Felicia C. Hijuelos)

Escuchando a Sabines me emborraché de grafías, sí, de letras, letras, letras y letras que bailaban en mi cabeza una danza de amor y locura, donde siendo yo y otros más los protagonistas de mi desdicha, me doblaba de dolor mientras ellos de risa.

El amor se confunde; para unos nunca ha existido, para otros como yo lo vivimos como el respiro profundo de muertes pequeñas cada día, así yo vivo el amor; pero quizá no es amor lo que vivo, a lo mejor son diminutas epifanías que trastocan el corazón y lo hacen imaginar que vive feliz, será eso amor?...

Se de grandes inspiradores, prodigios que en metáforas te envuelven en juegos extraños, bestiarios, con vida y belleza, pero como un espejo de circo sus imágenes cambian a cada momento, cuando rebuscan posiciones. Y yo, a solas, no dejo de leer los laberintos que construyen en mi cabeza.

Pero a lo que iba: escuché a Sabines, no lo quise hacer durante mucho tiempo, porque había sido él, ese malvado chiapaneco, el pasatiempo verbal y favorito de aquella pobre que mendigó amor y lo tuvo, como aquel niño que avienta su globo a los reyes magos, con la esperanza de que algo extraordinario ocurra; me enfermaba pensar en aquel cuadro encantador donde ella leía y él escuchaba como si por vez primera supiera que existían palabras tan maravillosas, mientras que otra, solo susurraba palabras que alguna vez las había vomitado, implorando el milagro de quien nunca pensó en creer, por eso no quería enfrentarme con Sabinas, supuse que nuestro encuentro terminaría a golpes y que yo, por ser más joven y ágil le ganaría, pero como la vida es una burla de sí misma, me pasó todo lo contrario; en la contienda de las palabras me calló la boca a la primera que salió de ésta: “los amorosos, tu cuerpo está a mi lado, otra carta, la cojita esta…”

Sí, literalmente me amagó, me tapó la boca, me inmovilizó y al oír sus palabras sólo lágrimas salían de mí por todas partes, emergían borbotones de agua que al final lograron crear un río, no se si fue de amor o de dolor, pero ahí estaba yo, lamentándome no saber nadar entre tantos vocablos, estaba segura de que hubiese buceado a lo “Esther Williams”; habría llegado a sus profundidades y hubiera tomado las mas encantadoras palabras quizá: lealtad, complicidad, secreto, encuentro, sexo, ¡ yo que sé ! .

Qué lástima no haber nacido en el año de aquel mexicano, no haberme topado con él por alguna calle de Simojovel, cuando él más amaba y cuando más quería amar yo.

Sin embargo le perdí el miedo a su mirada, a su mano esquelética y moteada; tomando un lápiz como espada de esgrima, que no mata pero lastima, al contrario, el humo de su cigarro era el perfume perfecto para encontrarme con él, en aquellas hojas marchitas y mugrosas de tanto que habían sido leídas por otros prisioneros.

Yo fui victima de su embrujo, comencé a hojearlo y terminé presa de signos y símbolos que bailaban sones alegres y marimberos. Verdades obscenas a los oídos de una romántica empedernida como yo;- ¿cómo que el amor cansa, que el amor muere?...

Se que Sabines tiene la razón, pero como fue el brujo elegido entre tantos, de aquellas clandestinas citas de amor, lo quise odiar por permitir que otros amaran, como a mi ya se me había olvidado amar, porque yo también quería que todo aquello llegara a mí, como masa de agua que envuelven  los  caracoles cual pétalos  marinos, siendo  mas duras sí, pero no menos preciosas y sí más resistentes.

Fui una más que en la lista, terminé seducida por aquel hombre alto y delgado que amaba en cada respiro y desfallecía en él a la vez, porque así son los perturbados del mundo que aman y mueren, a los que les dicen deschavetados, desolotados, imprudentes… todo eso somos los que estamos locos de dolor y de amor, como él.

Pero me enfrenté una tarde de abril a Sabines, lo tomé entre mis manos y con desconfianza comencé a leer el primer párrafo; ya era la hora de vernos las caras, le quería decir que era un desgraciado, inmoral y atemporal, hijo de su madre, que me había dolido en el alma ser audiencia de sus encantos en inicios amatorios del primer beso robado a quien no.

Lo tenía planeado, lo mataría con fuego, cada libro, cada una de sus ideas las envolvería en esa llama dorada que todo arrasa, -¡pero que va!- ocurrió lo inesperado; en cada sentencia que leía mis heridas sanaban poco a poco, comencé a advertir la metamorfosis en cada magistral enunciado, y en cada letra grabada se lograba de manera milagrosa la cura de…

Ahora que ha pasado el tiempo puedo decir que sí, yo quise matar a Sabines, una tarde, de algún año en abril; asesinarlo era mi plan.

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