Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

Yo, el malparido hombre alfa

Ingrid González

 

éstas pesadillas, éste mal sueño me tiene con la cabeza subyugada entre las piernas, me despierta hasta las últimas ganas de caer para siempre en el mundo irreal que me atormenta, deseo irme de bruces, quemarme, y que mis cenizas se conviertan en la lluvia que aborrezco. Quiero entrar sin reparar en las consecuencias a todas mis malditas pesadillas, unirme transversalmente a mi mal, deseo autodestruirme.
Y aunque ya no cuento con la edad suficiente para entender el medio que me rodea; esos rostros apáticos que se embuten dentro de una madurez fingida, una libido reprimida, unas lenguas repletas de falso ADN y mentes llenas de dogmas prejuiciosos. Temo, y profundamente contagiarme de esos males. Por eso, y porque me importa una nalga lo que pueda despertar –los que quieran abrir las piernas que las abran– voy a denunciar todas los actos sodomitas, aberrantes, suicidas, hediondos y anticlericales que hice en la cocina, el baño, el comedor, las escaleras, los colchones, los pisos, los sofás, las cabezas, los labios, los brazos, las piernas, el rostro de cuanto objeto y persona encontré de sencilla adaptación a mis gustos e ideas. Pero nunca, ¡nunca! obligué a nada, ni a nadie. Yo solía preguntar primero: “le gustaría probar…Dónde usted elija, porque el tablón de la cocina es realmente ajustable, aunque las propiedades de la cama no se niegan”. O cosas simples, y por el estilo.
Así, un sujeto de fácil adaptación a nuevas ideas y maneras, me dejé guiar por otra persona, porque soy de lo más débil, de sencilla influencia. Me enseñó la diosa mayor del oficio, el Edipo reina, la poetisa de los roces y dolores; me tatuó su maestría, su afecto, y hasta su descarada risa.
Acerca de cómo me conocí con ella no voy a referir ninguna historia magnifica hecha de recuerdos pusilánimes, o de carácter superfluo. Sólo por respeto a su forma de ser –o al menos lo que descubrí de ella– y hacer las cosas. También aclaro, y sostengo que no fui su enamorado, ni ella fue mi musa para los fascinantes horrores que cometí, muchas veces con su cuerpo. Además ella tampoco me expresó un amor inmediato y congruente, entonces no me amaba. Creo que ella no podía amar, –sanamente– aunque quisiera, su razón, sus inventivas, sus movimientos ya estaban demasiado contaminados en su arte, y para amar, hay que quererse a si mismo, y nuestras prácticas no demostraban amor en absoluto, o al menos lo que se espera de esa palabra. Acerca de mí, ya es imaginable la opinión.
Todo, hasta el final de cada ceremonia se mantenía en secreto. Uno no podía andar vociferando como si fuera lo más corriente de la vida las acciones de nuestros encuentros; nadie quería ser desprestigiado, ninguno de los actores, comediantes, poetas, escritores, doctores, abogados…Ni mucho menos yo, el hombre alfa, el consentido de la maestra lascivia.
Al principio las exigencias para participar en los actos no eran nada complicadas, nos parecía que se nace para algo y punto; se encuentra en una situación, se desarrolla un oficio porque alguna mierda o ser que nos maneja lo predestino de esa manera. Y mi maestra era mágica para elegir a los pacientes. Los primeros que se descartaban eran los pobres diablos, o buenos para nada; personajes tiesos físicamente de difícil excitación, unos jóvenes, pero que se habían iniciado desde su niñez, esos eran traumáticos, se ponían a llorar en la mejor parte, o se quejaban demasiado. Ya sonaba fastidioso, tal vez la droga les hacía el peor efecto. Por eso cerramos el círculo, y optamos al final por enviar invitaciones a gente, –en su mayoría adinerada– de la que se rumoraba, y sospechaba ciertas extravagancias anatómicas.
Una de las primeras invitaciones aceptadas a Gair –seudónimo de mi maestra– fue de mi segunda ex esposa. ¡La muy desgraciada que me botó por mis deleites ahora estaba probando con lo mío!
Gair la citó a eso de las once de la noche en un barrio tranquilo, de esos donde la mayoría son viejitos pensionados que se acuestan temprano como gallinas y presumen en el día como pavos sobre bienes que recaerán sobre sus hijos, como tridentes. Cuando vi a Martha estuve agradecido profundamente con ella por haberme echado de su vida: había convertido su cuerpo en el templo de la asimetría, y el ridículo. Estaba estropeada por el maquillaje, tenía un culo rebosante, pero que me provocó asco en lugar de ganas. “¿Por qué la señora Gair invitó a semejante espectro a mi noche?” le pregunté, como acostumbraba a hablarle en tercera persona. Estiró sus perfectos pómulos en una sonrisa cariñosa, y me explicó que la paciencia era una cualidad únicamente de los que sabían esperar para luego disfrutar. El ritual empezó como a las doce de la noche, sólo participamos Martha y yo, porque mi maestra, –al principio- hizo el papel que más le traía confort, el de mirona.
Ella, mi ex, se acercó a mi pecho con descaro, y me rompió la camisa de la impaciencia, el desabotonar era más un cliché que un trabajo para sus dedos torpes y frios. Yo no me atrevía a tocarla otra vez, me causaba mucho hastío, ¡ni siquiera la miré a la cara! Figuré mi iris en el suelo, en el color blanco del cuarto, en la sonrisa de Gair, mientras que Martha continuaba en su tarea con mis pantalones; hasta que mi caridad se extinguió. Le grité zorra, puta de las putas, travesti, estéril animal; la empujé al suelo, pero ella solamente hallaba más placer en mis actos burdos, me pedía más. Y yo perdía el control sobre mis palabras, me enceguecí y la pateé hasta que mi maestra se interpuso entre ambos. Después, esa fue la única vez que tuve el placer de ver a Gair tan dinámica y encarnada con mi cuerpo. Tenía razón, el que espera es el que goza.
Lamentablemente el bullicio sobre un lugar donde el sexo era impúdico se regó en cantidad de bocas como una buena Gin. Ya no teníamos la necesidad de hacer carticas, las carticas nos las hacían a nosotros. Y el modo en que las depositaban en la caja del correo era hasta gracioso porque la mayoría de veces enviaban a alguien, –o cualquier niño– que pasaba supremamente disimulado en frente de la casa, y cuando nadie lo veía la metía rapidísimo, claro, porque no sospechaba de las cámaras de seguridad que golpeaban a la casa. De todos esos solapados no se escogió a nadie, a excepción de un hombre que vestía totalmente de negro y que abordo a Gair saliendo de la casa, “hagan conmigo lo que les plazca, pero ¡ya!” le dijo casi en suplica.
Yo deteste a ese sujeto mil veces, me daban celos su manera de hablarle, reírle, implorarle, y hasta de besar a mi maestra.
––A Gair le gusta mucho ese fantasma oscuro, ¿verdad? ––Le expresé una vez.
––No seas tonto, tu bien sabes que yo no puedo querer
–– ¿Querer o desear?
Eso no me lo respondió nunca.
Para era mi era muy visible el amor de Gair a la idiota mancha negra de ese tipo, y ella, fuera de su voluntad se enamoró, y yo pagué por su corazón compungido.
A mi dama noctámbula se le veían ojeras, los ojos supremamente metidos en sus bocas y la sonrisa caída. Pero yo guardé mis palabras en el silencio, no le pregunté nada, era mejor ver las razones de su dejadez.
Espere hasta mi noche, donde invité a la mancha negra y a mi maestra a participar de mi banquete carnal.
El desgraciado llegó de primeras, lo recibí con una bebida energizante de mala gana.
––Hace cuánto que usted conoce a Sara ––me preguntó sobre Gair.
–– ¿A quién?, disculpe.
––No se haga Alfa, Gair es Sara, ella misma me contó.
––Y qué más le ha dicho.
–– ¿De quién? De usted.
––De ella, de mi, de todo. Qué es lo que sabe, dígalo, no se venga con estupidos cuentos.
–– ¿Así de fácil usted se sobresalta?
––Así de difícil y así de rápido.
––Mejor porque no me cuenta que planea para ésta noche. Ha qué horas comenzamos el carnaval.
––Cuando llegué ¡mi! maestra. Pero si gusta empiece conmigo.
––Y por dónde ––y me miró de arriba abajo, pero fijo su vista en mi entrepierna.
––Por aquí
Y sonó el timbre. Era Sara.
Cuando subíamos la escalera con Gair simulé un tropiezo y me boté escalón abajo. Me quedé extendido en los dos últimos escalones y espere un largo tiempo mientras me quejaba lo suficiente como para que mi maestra sacará a flote su instinto maternal y me consintiera; ante la demora esa sombra negra asomó su desordenada cara y yo le guiñé un ojo con las manos de Sara en mi torso, y en mi cabello. Se quitó de inmediato.
Di alaridos por mi dolor, y les dije que mejor me largaba porque mi espalda no estaba en condiciones de sentir y adaptarse a nada nuevo. Pero que ellos no debían perder la oportunidad de expandir su diccionario del placer.
Entonces no me fui, me escondí en un cuartico que hay debajo de las escaleras, donde se guardan los implementos del aseo. Al principio no oí simulacro, estaban callados y quietos. Y de la nada surgió un grito de Gair, profundísimo, que me sobresaltó y desató en mi memoria pequeños cuadros con su rostro complaciente. Se estaban entreteniendo mucho mientras yo estaba a punto de sufrir un ataque de claustrofobia, aunque era imposible irme. Salí con la nariz empozada de fragancias serviciales y me puse a gatear escalera arriba, cuando los gemidos paraban yo también me congelaba.
Llegué exhausto y arrepentido por no haberme quedado disfrutando más del cuartico de fragancias. Me arrastré al baño del segundo piso, junto a la escalera, y caí de culo en la bañera, si quería joderme la espalda fue en ese momento.
De repente prendieron el sonido y sus parlantes escupieron mi canción favorita, la Sinfonía nº 3 (Heroica), de Beethoven. Su sonido fúnebre fue quitado de inmediato, como si se hubieran equivocado de tonada. Volvió a reinar el silencio. Entonces, y ante mis ojos somnolientos y mis sentidos aburridos, rodó Sara sobre las escaleras abajo. Pero no salí rápidamente, seguí esperando aunque me pudriera de rabia y curiosidad por dentro. Y nada, nada que la maldita sombra negra daba señales de presencia, y Gair de seguro estaba en los mismos escalones que yo había ocupado no hace poco ya. La mancha negra no apareció en toda la noche. Se escapó, sabrá el diablo por dónde.
Mi maestra estaba extendida, llorando sin calma. El golpe no le había producido ninguna clase de placer. La levanté y ella, –muy a regañadientes– y después de consentirla con alcohol y caricias tipo familia, admitió que se había enamorado, y que no era la primera vez que rodaba por las escaleras.
––Tu no me puedes entender Alfa. No es lo mismo que te golpee alguien que tu amas.
Era el dolor de espalda, más los insomnios que le provocaban las dudas que caían en ese hombre de negro, la causa de su fatiga, de su cara simple y sin fulgor. Esa casi patología hizo que las reuniones se detuvieran por un tiempo largo. Gair cayó en una crisis existencial femenina. Trató de suicidarse con pastillas y cóctel de Piña Colada, pero yo logré interrumpirla antes de verla sucumbir en la blanca crema. Se le olvidó hablar, ahora se comunicaba con chillidos, con ira me dirigía sus palabras. No quería que la miraran, que la tocaran, que le hablaran; no quería comer ni gente, ni comida.
Lo peor era que el desgraciado de la mancha le mandaba cartas. Se las daba, pero sólo con la condición que yo las leyera en voz alta a Gair y ella no las tuviera.
“Usted me tiene que perdonar, pero mi carne es feroz y vilmente posesiva. La deseo Sara, y es que su maldito nombre me enrojece todas las hormonas, me pone de revés las manos para que supliquen. Por favor no olvide perdonar a esté pobre Freak. Acuérdese que también usted me quiere. No se niegue su hedonismo. No se niegue las ganas, ese muchacho que le sirve como mayordomo, ese Alfa, no tiene agallas, mucho menos bolas para una carambola tan exigente como lo es usted”.
El maldito ignorante siempre me trataba como si yo fuera un sirviente de Gair. Pero yo no me aguanté sus maricas insultos. Escribí una carta a nombre de mi maestra, y se la entregué yo mismo. Cuando la recibió fue tan descarado como para proponerme sexo.
––Pero no se vaya tan rápido. Tengo entendido que usted no es un hombre de afanes. Además habíamos quedado en el centro de sus pantalones. ––Replicó la mancha negra.
––Yo no soy un pedazo de galleta que se comparte así como así.
––Ah… ¿No? Entonces que debo hacer para tener un pedazo de su galleta.
No le contesté nada porque me pareció muy apresurado. Sólo lo miré fijamente, como para que entendiera que había una esperanza, una oportunidad de poseerme.
Cuando llegué a la casa no encontré a Sara en el cuarto, pero me estaba esperando desnuda en la cocina. Estaba alegre, y hasta tenía las nalgas coloradas. Me dijo que le dieron ganas de cocinar empelota. Preparó un sándwich delicioso, pero la condición para que yo lo probara era verme desnudo también. Le dije que no era prudente porque ya el simple hecho de verla así me había puesto inquieto, y no quería imaginar mi gran hiperactividad si llegaba a ponerme en la misma vulnerable condición. “¿Será que más bien te quedaron gustando más los hombres desde esa vez que te pillé muy entretenido con tu supuesto mejor amigo?”, me dijo, pero me hice el sordo y decidí rechazar el sándwich.
La mancha negra no mandó carta sino mucho después de la conversación que tuvimos. Y ante la mejora de mi maestra, –evidentemente desde su desnudo culinario– ya se había reanudado la casa del pecado, y sus acostumbrados banquetes. Gair no volvió a mencionar a ese tipo, ni a sus cartas; ya estaba bien y yo no podía detener de nuevo mis ganas corporales por tanto tiempo, le oculté la carta de la mancha, y es más, ni siquiera la abrí, la metí en un cajoncito insignificante.
Pero el desgraciado llegó una noche de un festivo, yo obviamente estaba durmiendo, llovía como si fuera la destrucción de Sodoma y Gomorra. Me asomé a la ventana.
––Usted qué mierdas hace acá
–– ¿Cómo así? Es que usted no contestó la carta, o sea que aceptaba para hoy ––expuso la mancha negra que a mi parecer se estaba destiñendo a gris por la lluvia.
–– ¡Porque no se larga!
––O me deja entrar o mañana hablo con Sara. Yo sé que ella está ahí.
Lo dejé seguir, pero no pasó al segundo piso. Según él la carta anunciaba una cita conmigo que yo aceptaba con mi escrito silencio. Cuando de repente el muy loco se arrodilló y con voz chillona me dijo que había estado con mi maestra sólo para llegar a mí, que nunca la quiso, que fue sólo un polvito, y que yo era el amor de su vida. Sacó un revolver y se metió un tiro entre las mandíbulas. Yo quedé salpicado también hasta los dientes de su sangre. Estuve petrificado, frío, estupido, confundido, la sangre me maldijo desde ese día hasta hoy. Hasta que apareció Sara porque el pasmo del tiro la sacó de sus sabanas, reconoció el rostro, y se abalanzó a golpearme, “maldito, maldito, malparido alfa”, me repetía con llanto. Ella cometió la gran idiotez de quitarle el arma al ya cadáver para apuntarme, yo no pude ni hablar, y ella sólo fue capaz de golpearme con la cacha del revolver. Me desmayé, y desperté con las manos ensangrentadas en medio de unas escorias en una celda de prisión.
––Y ahora estoy aquí señor Juez, víctima de una libertad y su creadora. Con mi versión en está hoja, con la historia de mis actos.
––Qué cree que debo hacer con usted señor alfa ––Dijo el juez después de leer solamente el final del escrito.
–– ¿No es usted el que una vez se acostó conmigo?

 


 

 

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