Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



¡Yajaira Warao!

Por: Yudit Cedeño

 

Sentada en la parte de atrás de la curiara va Yajaira. El ruido del motor fuera de borda la adormece. Es profunda la tristeza que le embarga, pues no es fácil dejar atrás sus raíces e historia de vida.
Hasta hace poco tiempo, compartía faena con las mujeres de la etnia Warao: sacar cogollo de la palma del moriche para torcerlo, hacer cabuyas, montar telares y elaborar chinchorros.


Otras veces ayudaba en la extracción de la fécula del moriche básico para la preparación del pan de yoruma, que acompañan con las diversas especies de pescado que provee el río o con algún animal de cacería; también en la elaboración de artesanías que luego vendían a los viajeros, dueños de tiendas que en época de verano se acercan a los caños buscando mercancía barata.
Atrás va quedando el caño Araguao uno de los tantos en el que se bifurca el Orinoco, para formar el Delta y yacer en el Atlántico. Así van quedando los recuerdos del padre quien invirtió la vida trabajando como pescador de Morocoto, por lo cual percibía una fracción de su costo en el puerto de Barrancas; o de Ismael, el hermano mayor, cortador de palma del palmito, materia prima de la factoría transnacional asentada en el lugar. Por cada ciento, un “bolívar”, esa era su paga. Aurelia, la madre, entregada a las labores artesanales.


Yajaira, recién había terminado su instrucción en la misión capuchina de San Francisco de Guayo, en el bajo Delta. Quería estudiar para maestra. Le preocupaba el creciente número de niños que desde temprana edad asumían  labores de los ancestros, pero no sabían leer o escribir en la lengua que hablaban los criollos, y eso es fundamental para poder comunicarse y negociar lo poco que producen con un mundo del que no pueden ni podrán aislarse.
Aturdida por el ruido del motor, va mirando las imágenes que se cruzan ante sus ojos: manchones verdes de distintos tonos y que la imaginación y el conocimiento del lugar dibujan como manglares cuyas raíces se hunden en el agua fluvial cuyo nivel superior forma algo parecido a un entramado vegetal. La palma de la vida agita sus ramas en señal de despedida, siente el olor del río mezclado al del cuerpo, así quiere que sea. Dos gotas con sabor a sal brotan de sus ojos y se mezclan con las que han comenzado a caer de manera copiosa e inmisericorde.


El viaje que había de hacerse en pocas horas se hace eterno, el motor está averiado y solo cuando pasa Rafael, el lanchero de los turistas pueden resolver. Están llegando a Tucupita, a lo lejos se avizora la ciudad, el cielo está aborregado pero el  alma oprimida.
La tía Celia se casó con un criollo que trabaja como obrero en la gobernación del Estado. Tienen dos hijos pequeños y después de un mes, sabe que no puede quedarse.


Hay una casa Comunal en la ciudad que da cobijo a los Warao. Los primeros días se sorprende al encontrar gente conocida  de los caños: Araguao, Araguaito, Araguaimujo y San Francisco de Guayo.
Los hombres, otrora conocedores de los más de 70 caños que conforman el Delta, recolectores y pescadores de cuanta especie del Orinoco, están acostados, fuman y beben. Las mujeres piden en las calles y algunas hasta se prostituyen. El choque con la modernidad los ha cambiado y eso la llena de estupor.
Esa mañana recoge en una bolsa las pocas pertenencias y junto a un grupo de mujeres, decide tomar la chalana en Barrancas que la llevaría al puerto de San Félix. En el trayecto conoce a un dirigente de la etnia, de apellido Poyo, quien le  habla del nuevo gobierno socialista, ese que va a reivindicar a los pueblos originarios y de la Misión Guaicaipuro. Según le dice, van a restituir los derechos de los pueblos indígenas.


Yajaira comienza a imaginar a su gente organizada en cooperativas de salazón de pescado o de pescados enlatados, para la producción nacional e internacional. A través del Delta podrían sacarse en las embarcaciones que entran por Boca Grande.
Recuerda las conversaciones con Ismael, preocupado por la depredación que hacen las transnacionales del palmito, al cortar la palma completa para solo utilizar el tallo. Esas industrias pudieran quedar en manos de los Waraos, quienes harían un uso más racional, ya que no está en su interés, destruir el hábitat. Imagina escuelas con maestros interculturales y centros de atención ciudadana que cuidan la salud de la gente y del agua.
Al llegar la ciudad la deslumbra, está muriendo la tarde y en el cielo los tonos grises se funden en cálido abrazo despidiendo los naranjas. Pasan un puente que separa ambas localidades y al ver el río los recuerdos se agolpan, lágrimas pugnan por brotar y no lo permite. Llegan al terminal de Puerto Ordaz y  hay gente que los mira con desdén y se siente más pequeña de lo que es. Caminan largas horas hasta llegar a una ranchería improvisada de cartón, zinc y otros materiales de desecho, ha entrado la noche y nada puede ver, solo ladridos de perros callejeros y el ruido del río se perciben distantes.


Despierta bien temprano, aún algo cansada y aturdida por el ruido de máquinas y gente gritando, la realidad la paraliza: ranchos destartalados por doquier, niños, hombres y mujeres de su etnia, criollos. Todos hurgando, revoloteando como zamuros en cerros de basura que las máquinas tratan de aplanar.
Se incorpora con el resto de las mujeres, este es un nuevo modelo de recolección que la ciudad ofrece; hay que hurgar y buscar restos de piezas metálicas de cobre o plomo que luego serán vendidas a los intermediarios para el negocio de la fundición. Otros, sacan restos de comida, que como perros engullen y no faltan criollos que miran con lascivia y una sensación de miedo le eriza la piel.
Son muchas las noches en vela, ayuda a atender a mujeres que han sido objeto de agresión sexual o física, mujeres parturientas, niños cuyos cuerpecitos son una sola llaga, madres desesperadas con hijos en estados agónicos producto de diarreas interminables. En una de esas idas y venidas al hospital, conoce a Leo, enfermera que trata con respeto a su gente, una mujer que le devuelve la confianza y le permite creer en la posibilidad de un nuevo amanecer. Por su intermedio, llega a Caracas.


En el terminal, busca afanosa a una mujer cuyas características ha retratado en su memoria. Alta, de cabellera negra y frondosa, aproximándose a los 30 años y de tez blanca. El corazón le da un vuelco de alegría, allí está con un cartelito que dice: Yajaira. Es  la hija de Leo, madre de una preciosa niña y casada con un joven arquitecto caraqueño. Sofía es su nombre y trabaja como administradora en la Casa que vence las sombras. Es la oportunidad de un trabajo decente y la posibilidad de comenzar a agregarle argumentos a sus sueños.
Es sábado y Sofía le acompaña a inscribirse en la Facultad de Humanidades de la Universidad. Siente una sensación de calor recorriendo su cuerpo y el corazón va más a prisa que de costumbre. Formalizada la inscripción, se dedican a recorrer aquellos hermosos espacios.
En el Aula Magna hacen su primera parada. Sofía le pide que observe las planchas de madera de formas curvas y colores diversos, que parecen flotar en el techo. Eso tiene una explicación afirma. El objeto es lograr que el sonido permanezca una vez que la fuente original ha dejado de emitirlo. Es una obra que Villanueva encarga a Alexander Calder.


Sus ojos están descubriendo un mundo maravilloso donde la imaginación no había llegado, así continúan en recorrido observando la galería de murales: los de la Sala de Concierto, el Jardín Botánico, las policromías de Víctor Valera, Pascual Navarro, Malévictch, Mateo Manaure, Víctor Vasarely, el mural de la biblioteca…Fernand Leger, entre otros.
Sofía explica con detalle y responde a las inquietudes de Yajaira, finalmente, algunas muestras de esculturas: la Maternidad, el Atleta, Pastor de Nubes, Amphion.
Esa noche casi no puede conciliar el sueño, está esperanzada, agradecida. Le parece que sus sueños están tomando forma y se compromete a construirles viabilidad…así el sueño se va apoderando de su cuerpo.


Yudit Cedeño, 24 de junio 2013.

 

 


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