Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

La Danza Inmisericorde

Fefner Bermellón

 

Ella gritó al final de la canción, con la misma fuerza con que lo haría Héctor Lavoe a los 2 minutos 45 segundos de Juanito Alimaña. Dio una vuelta y sintió como las trompetas salvajes anunciaban el final de la inmisericorde canción. Sentía el éxtasis en sus piernas, en sus caderas, en sus labios y su garganta. Necesitaba el piano, las maracas, el timbal; los necesitaba ahora.

Mara se sentó cansada, tomó una copa de ron de la mesa y se levantó de nuevo, jadeante, sudorosa. Buscaba un cigarrillo para secarse, para exprimirse la humedad y volver a hundirse en el baile como si acabase de llegar a la fiesta.

Marco estaba sentado inmutable e inexpresivo, la vio salir entonces de aquel bar. Cabellera oscura, larga y libre. Su piel era suave para los ojos - aún más agradable para el tacto - pensó. Vestía una ligera camiseta blanca, pequeña, dejaba ver cada detalle de su hermosa figura y un jean, suelto también, descomplicado, sin adornos ni dobleces.

El aroma de aquella mujer llegó hasta su nariz, alcohol y tabaco, pero también jazmín, además el arrogante olor de su sangre y de su cuerpo... Marco se levantó de la banca.

- Buenas vecino, un cigarrillo si es tan amable - Mara seleccionó uno sin filtro, cerró los ojos y comenzó a sentir la sequedad en su boca, tan desagradable pero necesaria para su propósito. Vio acercarse al individuo de tez pálida y sombrero de ala negro, que antes la miraba desde la banca, al otro lado de la calle.

Marco se detuvo a mitad de camino, entre ella y la banca. La mujer, atrevida, le devolvió la mirada con una frialdad similar a la que él expresaba. El humo salía despacio de su boca y se aglutinaba entre ella y él. Apenas quedaba una ligera fibra de humo. Ella la rompió.

- ¿Bailas? - Marco no entendía, estaba perdido entre el aroma humano.

- Tómame, bailemos, bailemos ahora que estoy seca.

Mara jaló al extraño y se perdió con él en la pista de baile, entre la espesa niebla que formaba el sudor hiriente y el vicio de la nicotina.

Un piano suave, un bajo expectante, una atmósfera inquietante y sombría. De pronto BOOM, trompetas, angustia y pecado. "merecumbé, merecumbé... yo te lo canto sabroso para que goce como é".

Marco se encontraba nadando en el éxtasis y veía como esa niebla tomaba forma y danzaba frente a él. Se estaba ahogando y sentirse empapado de esa salsa y de la sensación fascinante del goce sexual, estando parado mientras se embriagaba de ese ambiente, le saciaba el apetito.

- No se puede terminar - Pensaba Mara - Necesito más, MáS.

El piano fulminante estalló, la trompeta tuvo su orgasmo y suspiró, la canción terminaba dejando al extraño y a Mara envueltos en un silencio cadencioso y asfixiante. El oído de Marco tenía hambre y la gula lo atacó, tomó a Mara por la cintura, la acercó hacia él y mordió su hermoso cuello, mojado y suave. Ella hizo un leve gemido y lo abrazó con fuerza, como queriendo meterse en la piel de aquel que ella no conocía, y sin embargo le era tan familiar.

Cuando las trompetas invadieron la intimidad, bailaron, bailaron, bailaron, bailaron, bailaron, bailaron, bailaron, bailaron, bailaron, bailaron... y cuando el frío apuñaló la fiesta y la madrugada arrancó la vida de los cuerpos, estos dos, embriagados de vida, se abrazaron fuertemente, como si quisieran encontrar en el otro, el alma que ya no poseían.