Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



Una mañana de furia
por: Tere Corbalán

Fabiana, a los 30 años se consideraba una mujer valiente, porque se sentía segura de sí misma y enfrentaba su vida sola desde hacía 5 años. Había nacido en el campo y cuando se recibió de enfermera aceptó, sin dudar, el trabajo en el hospital de niños de la capital, lo que implicó que dejara su casa natal, su familia y todo lo conocido. Trabajaba en el hospital de mañana y de tarde, día por medio, en la terapia intensiva de un sanatorio cercano.

Vivía en un departamento cómodo aunque chiquito. No podría decir que era feliz, pero en cambio sí que se sentía satisfecha con su vida, aunque algunas veces sentía añoranza por su familia y la pausada vida campesina. Unos meses atrás había comenzado un romance con un joven médico que conoció en el sanatorio, por lo que su futuro le parecía venturoso.

Una noche de viernes que llovía intensamente, al salir de trabajo, entró al supermercado que estaba dos cuadras antes de su casa para proveerse de vituallas, ya que había cobrado su mensualidad. Cuando salió, la lluvia arreciaba y estaba muy mojada a pesar del paraguas que poco la cubría del intenso aguacero; apresuró el paso disfrutando, por anticipado, del baño caliente que iba a darse no bien llegara.

Al llegar a la esquina próxima a su casa, debió esperar el cambio de luz del semáforo. Mientras los autos pasaban iluminando el asfalto mojado y el pequeño río que corría a ambos lados de la calle, levantó la cabeza y miró hacia la vereda de enfrente. Le sorprendió la figura de un joven de alrededor de 20 años que estaba inmóvil, parado bajo un árbol que poco le guarecía. Vestía pantalón azul, camisa blanca y una boina roja que dejaba algunos mechones de pelo sueltos. Le pareció algo siniestro, por su cara cenicienta, las enormes orejas que dejaba la boina al descubierto. Pero lo que más le impresionó fue su inmovilidad; no parecía importarle la lluvia. Reparó en que sostenía con ambas manos una bandeja o algo parecido El semáforo cambio de luz y Fabiana cruzó presurosa sin poder apartar su mirada del muchacho; éste seguía inmóvil pero le pareció que la seguía con la mirada inexpresiva de sus enormes ojos negros. Asustada aceleró, un poco más, el paso. Llegó a su departamento asustada con el corazón latiéndole fuertemente.

Se bañó con agua bien caliente, luego se vistió y comenzó a preparar la cena. Octavio no tardaría en llegar. Puso música, y al calor de las hornallas encendidas y el olor apetitoso de su comida olvidó al muchacho de la esquina: El timbre del teléfono la sobresaltó, disminuyó el volumen de la música y atendió. Era Octavio, quien iba llegando, está un poco demorado por la lentitud del tránsito debido a la intensa lluvia.

Cuando llegó le entregó un ramo de flores y una botella de vino tinto. Luego de cenar, Octavio le tomó las manos y mirándole a los ajos le dijo:

  • Te amo Fabi y quiero que mi familia te conozca, ¿cuando crees que podrás ir conmigo a mi pago para conocerlos?.

  • No lo sé, estoy muy ocupada, pero en las vacaciones de julio podremos planearlo.

  • Yo voy a viajar mañana y volveré el lunes a la mañana.

  • Yo tengo que reemplazar a una compañera mañana, y me arrepiento porque el tiempo está horrible, pero le debo un favor, así que no me queda otra.

Octavio se fue temprano. Fabiana limpió y ordenó la cocina y de acostó mirando TV. Hizo zaping tratando de encontrar un programa o una película que le agradará. Al final, el sueño pudo más y se durmió profundamente.

A la 6 en punto el reloj la despertó. Encendió el radio para escuchar las noticias del día y el pronóstico del tiempo. Iba a ser una jornada desapacible, al frío se le sumaba la llovizna constante que había comenzado en la noche anterior.
- Deberé abrigarme y ponerme ropa de lluvia-. Se dijo mentalmente mientras desayunaba un abundante y delicioso café con leche. Cuando terminó, cambió las cálidas pantuflas por las botas de goma, abotonó el piloto, buscó un paraguas y salió; eran las siete de la mañana, hacía mucho frío, el viento se arremolinó con un ruido lastimero y hasta algo lúgubre en el rellano del edificio cuando abrió la puerta. Se sintió algo angustiada por el ruido del viento, abrió el paraguas y emprendió la caminata al hospital, distante siete cuadras.

Algo la perturbaba, las calles estaban desiertas, los focos parecían pequeños soles amarillos que irradiaban una tenue y fría luz amarillenta tamizada por la llovizna pertinaz que ponía un marco de sombría tristeza al entorno. Fabiana se sintió aun más angustiada. Invadida de temor y angustia aceleró el paso; al llegar a la esquina el semáforo cambió a verde y los vehículos aceleraron la marcha. Una camioneta grande de potentes luces la encandiló y al desviar los ojos de la brillante luz, se encontró de golpe con el joven de la boina y la bandeja. Se sorprendió de verlo allí inmóvil como la vez anterior; no parecía importarle la lluvia y la miraba fijamente, hasta le pareció que una sonrisa burlona se dibuja en sus labios.

Fabiana sintió que su corazón iba a detenerse; muy angustiada dio vuelta y volvió a su casa. Entró rápidamente en el ascensor. Con dificultad, por el nerviosismo, abrió la puerta la que dejó abierta y con las llaves puesta. Directamente se dirigió a la cocina, revolvió en el cajón de los cubiertos hasta encontrar un cuchillo de ancha hoja y filoso, lo escondió entre sus ropas y volvió a salir. Se sentía un poco más calmada, pero aun su corazón latía aceleradamente; respiró profundamente buscando tranquilizarse.

Ya en la calle, caminó hacia la esquina; la claridad del día despuntaba tras grises nubes cargadas de lluvia. Por la calle transitaba poca gente, al llegar a la esquina Fabiana se detuvo, pero no por el cambio de luces del semáforo, sino para mirar bien hacia el árbol donde el joven sostenía, inmutable, su bandeja. Lo miró fijamente sosteniéndole la mirada, él no se perturbó y continuó mirándola. Fabiana, sosteniéndole la mirada cruzó lentamente la calle y se dirigió al joven; cuando estuvo muy cerca, al alcance de brazo sacó el cuchillo de entre sus ropas y comenzó a descargarlo sobre el muchacho una y otra vez.

La gente, que transitaba por allí, se arremolinó junto a Fabiana y al muchacho, que destrozado yacía hecho pedazos en el suelo. El ulular de la sirena de una ambulancia se abrió paso entre la gente, dos enfermeros calmaron Fabiana, con fuerza lograron sacarle de la mano el cuchillo, luego se la llevaron en la ambulancia.

Mientras que en la vereda, una mujer madura, la directora de la escuela de arte que funcionaba frente al árbol, recogía los pedazos del muñeco que hasta ese mañana había sido el orgullo de la escuela. No podía entender por qué una muchacha joven, cordial y tan educada como la enfermera del edificio cercano en un acto de violencia como no viera antes, la emprendiera a cuchilladas con el muñeco de la escuela que las alumnas habían diseñado, construido e instalado bajo el frondoso árbol de la entrada.

05/06/2008

 

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