Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

Una actividad del espíritu

Por: Mauricio Rodriguez

Deporte de pasiones y de locuras colectivas, “entretenimiento para descerebrados”,  en dónde “22 mechudos corren tras una simple pelota”, el fútbol, il calcio, le foot, despierta tanta admiración en el público en general como desprecio y sospecha entre los intelectuales más conocidos y resabiados.


No en vano las frases entrecomilladas más arriba son citas casi textuales de escritores y pensadores que nunca pudieron ver en este deporte algo más que una simple actividad física: Borges, Vallejo, Caballero y muchos más, critican a las masas embelesadas que siguen con fervor dominical a sus respectivos equipos, y atribuyen al fútbol, como deporte, los desafueros propios de las turbamultas enfurecidas que acuden a los estadios a buscar pleitos y a romper sillas.


 Y es cierto que las plumas llamadas a reivindicar al fútbol siempre se han quedado cortas al intentar describir ya no sólo su aspecto épico y sociológico, sino su lado más artístico: ese arte que, como Caballero hablando de toros, puede uno definir como “efímero”. Todo aquello que sucede en un campo de fútbol (y claro, en uno de basquetbol, o de tenis, de Lacrosse o de rugby) tiene ese halo especial de lo inmediato, de aquello que no es reproducible. Y pocos son quienes han sabido transmitir ese vértigo que se puede llegar a vivir ya no jugando sino simplemente observando un partido de fútbol.
Camus, Alberti, el catalán Vásquez Montalbán, Eduardo Galeano, Jairo Aníbal Niño (recién fallecido), Valdano, o el mismo Juan Pablo Sorín, aguerrido defensa y mediocampista argentino; son solamente algunos de los muchos que han logrado, desde las letras, hacerle justicia a este juego que hoy me atrevo a calificar de “actividad del espíritu”. Y ya iré diciendo el porqué.


Decía que el fútbol es un arte efímero: todo nace de la intuición del jugador. Y hablo aquí de jugadores “creadores”, al estilo de Maradona, Zidane, Iniesta, Xavi,  Messi o hasta el mismo Cristiano, (y se impone aquí un paréntesis:alguien se habrá fijado con atención en los nombres paradójicos y paradigmáticos de las estrellas actuales: el Messi(as), Cristiano y Kaká (que es un fiel seguidor de la iglesia cristiana brasileña) forman entre los tres una tríada, una santísima trinidad que viene a reemplazar, además por su carácter dominical, a la misa que ya nadie frecuenta: un padre, el D10S,  Maradona con su estrambótica iglesia maradoniana y sus tres hijos, todos una misma persona y cuatro entidades distintas a la vez; como en el misterio místico que no acaban de aclarar los teólogos)


Porque así como en los toreros o los jugadores de pelota vasca, en el fútbol existen una variedad infinita de perfiles “artísticos”. Y cada perfil corresponde, más o menos, a la personalidad del propio futbolista.

Personalidad deportiva, su carácter en el campo; y más allá, perfil de artista, por su rol creador en el terreno.  Zidane, un dechado de virtud, lleno todo de movimientos espaciados, jugador de cámara lenta que piensa la jugada que viene sin siquiera haber rematado la que lleva en los pies: un visionario. Xavi, un jugador enorme, tan importante para el fútbol de España y del Barça como un metrónomo para cualquier pianista, marcando la pausa o acelerando el ritmo, Xavi Hernández controla con tres simples pausas o un sencillo movimiento el “tempo” de un partido. O Messi, el nuevo Maradona, un jugador que vive en el filo de la cuchilla, y que parece existir sólo en virtud de la presencia del enemigo: si Messi está solo, sin un contrario que le acose, no puede estar tranquilo; como un oxímoron, Messi encuentra la tranquilidad en el hostigamiento, necesita la presión constante de los defensas para destilar gambetas y quites, y todo en cuestión de segundos, como en esas películas de acción en las que la situación crea al héroe, Messi estalla en carrera y dribla al ritmo que le salen pies y patadas, y tras haber aguantado metros y metros decide (si es que eso es una decisión, o la inspiración que lo atraviesa al instante) hacer el pase definitivo o marcar él mismo el gol. Y el gol ahí ya no importa, lo importante es el fulgor, el camino.


Messi recuerda a Luke Skywalker (el que camina por el cielo) con aquello de que no hay que pensar sino sólo obrar, dejar que la inspiración pase a través de sí y se concretice en lo que sea: seis defensas tirados en el suelo y un gol estrepitoso o un pase prodigioso lanzado con tiralíneas en medio de quince tipos. Messi es como un Francis Bacon, hecho de intuición y de azar, con esa carga de tensión y de luz de quien bordea la muerte y lo imposible.
¿Y Maradona?


¿Qué decir del Diego? Así como hay futbolistas visionarios y otros médiums del azar, también los hay hechos únicamente de fútbol; como el mismo Borges, que parecía un laberinto él mismo, así, algunos jugadores pareciese que estén hechos del deporte que practican. Y se da en todos: Jordan en el básquet, Federer en el tenis; mas en el fútbol, por las características propias de su condición, la identificación del jugador con el deporte es aún más clara; de ahí vienen esos jugadores que entran en la categoría del “creador”, del Dios. Leía hace poco en un periódico deportivo que, según el articulista (y la idea es casi un lugar común) existen jugadores que juegan toda su vida como cuando eran niños, en el barrio (decía esto hablando de Guti, otro “creador”, otro “torrente”) y otros también que juegan mirando la chequera en cada entretiempo.


Torrentes han sido Cantona, Caniggia, Ronaldinho, Edmundo…; pero el arquetipo, modelo del arquitecto constructor y terremoto, no puede ser sino Maradona, con sus disputas teológicas contra Pelé (un bienpensante sonriente) y sus peleas con la AFA y con la FIFA; con su torrentosa vida privada y sus múltiples vicios, sus diecisiete vidas de gato callejero y sus delirios de grandeza. “Delirios”, de eso califica la prensa las locuras de Diego, a quien han escrutado, criticado y admirado más que a jugador alguno en la historia de este deporte.


Y queda el fútbol en sí mismo: Diego entrenando en Nápoles al ritmo de la música; Diego jugando con una pelota de trapo en Villa Fiorito a los doce años;  Diego haciendo maromas para las cámaras con una pelota de tenis y otra de golf; Diego haciendo veintiunas con un inmenso globo terráqueo, cual Gran Dictador de Charlie Chaplin; Diego “entertainer” y mago, poseedor del talento más arrogante y humilde a la vez: desarmaba cualquier defensa con tres “fintas” y regalaba al público espectáculos inéditos hasta ese entonces .


Porque cada jugada de Maradona era como una obra de Leonardo (otro creador loco), llena de sombras y de luz, de plasticidad y de belleza; la elegancia del gesto que va de la mano de ese torrente de energía y potencia, y todo, todo catalizado por una especie de sexto sentido más profundo que la simple intuición que lo llevaba a cuajar goles como aquel famoso del Mundial de México frente a Inglaterra.


Pero quizás la imagen más hermosa, más “plástica” de Maradona, sea una que captaron las cámaras italianas cuando era el líder del Napoli italiano: antes del partido, en pleno entrenamiento, mientras todos sus compañeros se ejercitan con balones y hacen calistenia con pases y pases, Maradona, un poco solitario, los trazos del rostro aún finos, toma un balón y al ritmo de la música de fondo, comienza a hacerle el amor frente a todo el respetable; ojo, no a follárselo ni a tirárselo, no; lo que Maradona hace en esos cortos instantes es la esencia misma del juego, es el placer y la diversión de quien se sabe poseedor de un secreto y lo comparte con la bola ahí mismo. En esos breves minutos él y el balón son uno solo. Véanlo, el video no es difícil de encontrar en la red: Maradona bailando mientras que la música retumba en el estadio, Maradona saltando y dando volteretas por el suelo como si fuese un bailarín del Bolshoï.
Al verlo uno piensa, supone… que ese tipo, pequeño, de rostro hierático aunque un poco rechoncho, de formas gruesas y movimientos gráciles, quizás, tal vez, inventó lo que hoy llamamos fútbol. Y tal vez sí, lo es.

 

 


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