Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



TRAS LAS HUELLAS DEL ABUELO

Por: Sandra Marcela Neisa

-¿Dónde está tu abuelo?


- Ya lo sabes, es absurdo que preguntes por él.
Aún me pregunto por qué mamá no lo quiere aceptar, dice que está loco, pero yo sé que no. Todos lo miran andar por la calle de una forma extraña, él no me reconoce cuando paso a su lado, prefiere no escuchar nada.


Sé que fue un buen tipo, sus historias eran increíbles, digo que eran porque ahora sus días transcurren en completo silencio. Todos preguntan qué es lo que le sucede, mi familia se reúne y lo atacan con sus preguntas “¿por qué no nos hablas?”; “¿hacia dónde vas?”; “¿por qué vistes así?”; “¿por qué nos ignoras?”… Por qué, por qué, por qué….
Cuando escucha susurros dentro de la casa apura su paso, pues sabe que el interrogatorio va a empezar, se viste y cubre sus zapatos y sombrero de vaquero con bolsas. Me gusta en las noches tomar el sombrero y jugar con él, pero mamá me regaña, me empuja sobre la cama y llora mientras la miro consternada. Quedo acostada después del brusco golpe de mi mamá, ella se sienta a mi lado, llora mucho, no es mi culpa que todo esté pasando.
Desde hace unos años, el abuelo se levanta temprano, se viste, y sale a caminar sin rumbo, recorre el mismo camino todos los días. Varios días me he levantado porque me inquietaba lo que hacía. Es muy sigiloso, me levanté varios días a las 6 a.m., pero ya no estaba, ¡ni siquiera lo sentía levantarse!
Decidí levantarme a las 4:30 a.m., valía la pena el esfuerzo. Se levantó a las 5 a.m., estaba a punto de dormirme en el sofá. Me escondí bajo una manta, parecía un cojín inmenso, menos mal soy pequeñita, no tanto como un cojín, pero el disfraz funcionó, el abuelo no supo que yo estaba allí.
Desayunó huevos, un café, no sabía que en su habitación guardaba tortas y galletas; comió tres galletas y un inmenso trozo de torta. Se movía muy rápido, no se veía tan viejo como está ahora.
Regresó a su habitación a cambiarse. Antes de las 6 tomó su bastón, no sabía que también le ponía una bolsa a la parte del bastón que toca el suelo, supongo que le tiene miedo al contacto con el piso. Es diferente cuando tiene su disfraz, yo creo que no había perdido el sentido del humor y se disfrazaba de loquito para alegrarse la vida, pero no lo está, estoy segura que no está loco. Antes de cambiarse se movía rápido, después sus movimientos eran muy lentos, absurdamente lentos, actuaba muy bien.
Tomó un viejo costal que escondía en el jardín y justo a las 6 inició su caminata matutina. Salí cinco minutos después de él, ni siquiera había girado la esquina. Bueno, eso no me importaba, lo iba a acompañar así como el ángel guardián del que siempre me hablaba.
Las 9, sus pasos eran excesivamente lentos, era desesperante caminar tras alguien con un paso tan pausado. No alcanzaba a ver su rostro, se detuvo a correr una botella de cerveza que estorbaba en su camino pero, sus manos eran lentas, como sus pies. Cuando estaba en eso me acerqué para ver su cara, parecía que tenía miedo, o al menos esa es la expresión de mi hermanito cuando lo llevan a la escuela. Debe ser miedo de seguro.
Eran las 10 y habíamos avanzado tan solo tres cuadras. Me estaba aburriendo, jugaba con cualquier cosa que encontrara, unos perros empezaron a seguirlo, ignoro si lo hicieron sentirse más seguro. Yo, mientras tanto, veía asustada las calles, nunca las había detallado, pero, al ver al abuelo tardarse tanto, miraba todo cuidadosamente. Había partes donde aún no habían empezado a construir, estaban llenas de basura y saltaban ratas en medio del pasto que tenía unos veinte centímetros de alto.
No se detenía ni a comer. Ya se acercaba el medio día y él caminaba lento, había mantenido el mismo paso, no lo había aumentado ni disminuido, me pregunto cuánto tiempo habrá practicado sus pasos.
La gente pasaba a su lado y lo miraban extrañados. Me enfurecía  ver que las personas eran tan crueles, en ese momento quise llorar por primera vez al ver a mi abuelito así. Los muchachos jugaban a su alrededor. Los niños también son malos, se reían de mi ancianito favorito, pero yo no podía gritarles algo, temía que me golpearan. Seguía caminando, me tomaba mi tiempo, me devolvía o me sentaba en una acera, esperaba a que avanzara lo suficiente y corría hacia él.
El abuelo sabe mantener el drama, así me contaba sus historias, con paciencia. En nadie más he observado tal calma, a los adultos parece que la vida se los traga y para los niños esas cosas no existen, queremos tragarnos cada detalle del mundo.
No me gustaba eso, ya iban a ser las 3 y su paso eran aún más lento, hubiera preferido quedarme jugando tras el jardín con Ramsés, mi gato, pero no me podía ir, no lo iba a hacer; me había prometido investigar lo que le pasaba al abuelo. No sabía qué cosa iba a pasar, sólo sabía que mamá debía estar enojada porque me escapé de casa…
Eran cerca de las 3:30 p.m. y habíamos recorrido en un día  lo que yo hubiese podido recorrer en media hora. No caminaba muy lejos de casa, sólo lo hacía muy despacio. Parecía no importarle cuánto tardaba, entre más lento fuera era mejor.
Observarlo era aburridísimo así que empecé plantear hipótesis de por qué hacía eso, tal vez fue la muerte de mi tía, era su hija favorita, hace 10 años, yo era pequeña y no lo recuerdo muy bien. A la que sí recuerdo es la abuela, ella murió hace 3 años, el abuelo dormía junto a la fotografía de su esposa, nunca antes lo había visto llorar, parecía un bebe empapado en lágrimas.
Yo sé que ellas están bien, fueron buenas mujeres, así lo cuenta mi mamá. “No era justo que murieran”, dice siempre. Yo creo que todos nos tenemos que ir, nadie quiere tener vida suficiente para recorrer el mundo, cuando son grandes echan raíces en un territorio y ahí mueren.
Mientras mi mente divagaba perdí a mi abuelo de vista. Corrí en su búsqueda, dio la vuelta por un inmenso campo, allí solíamos volar cometa con mi primos. Finalmente, se sentó sobre una roca gigante, golpeó la tierra con su bastón. Tomó su cara con sus manos mientras se hacía una grieta en medio del suelo, lloraba desconsoladamente. Algo parecía querer empujarlo dentro de la grieta que parecía un inmenso océano subterráneo. Empujaba con todas sus fuerzas hacia atrás, hacia el vacío, en contra del fuerte viento que soplaba a esa época del año.
Las lágrimas de mi abuelo caían directamente al suelo, la tierra de los bordes no se humedecía, permanecía intacta. Me pregunto si el infierno lo pintan diferente a lo que es. Repentinamente empezó a llover, pero el agua del cielo no se mezclaba con la del suelo, mi abuelo gritaba con dolor: “¡No más, por favor!” suplicaba.
Unos tentáculos salieron del agua y trataban de agarrarlo por los pies, pero se deslizaba por las bolsas que tenía puestas. Se puso en posición fetal, pero seguía llorando, intenté ir por él, pero parecía que había una pared invisible que solamente lo dejaba pasar a él. Lloré por ver el sufrimiento de mi abuelo, se notaba que sacaba muchas fuerzas de su interior para impedir que los tentáculos se lo llevaran.
Todo eso tardó algo más de treinta minutos, los treinta minutos más largos de mis catorce años de vida. Observaba confundida la escena, cuando el abuelo respiró hondo y se acostó sobre la roca en la que estaba sentado; la grieta del suelo despareció poco a poco. Corrí hacía mi abuelo, que yacía casi muerto sobre esa roca con su costal a un lado y el sombrero en el suelo.
-Abuelo, ¿estás bien?- le gritaba en medio de sollozos, pero él no respondía, sus ojos estaban cerrados y su respiración era pesada.
-¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Abuelo!
Nada. Me senté en el pasto son su sombrero forrado en la bolsa, y lloré como hacía muchos años no lo hacía. Mis rodillas tocaban mi frente. Se levantó y me dijo
-La visita al infierno terminó, hay que caminar lento hacia él, es horrible hacerlo todos los días. ¡Vamos hija!

 

 


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