Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

EL SILENCIO DE UN ULISES

Edgar Hans Medrano Mora

1

Fue un día de antaño, que caminé tanto, tanto, que mis pies de repente se cansaron, los vi,
querían amalgamarse con el suelo, en una especie de unión sin vida.
Mas no dejé que nadie me ganara esa batalla física, seguí andando, aun desobedeciendo a mi mente que se sentía indispuesta y cansada; mas seguí recorriendo las calles que hedían a ruido, a murmullos desapaciblemente fragorosos, cuando de repente, me distrajo una pelea, típica escena de animales que consideran que nadie los supera en hombría, machos que se vengan de sus propias actitudes y que para demostrarlo injurian a cualquier transeúnte


inerme que los ve con rostro de estupor. Yo los vi y me fastidiaron, creo que buscaban despojarme de mi esfuerzo, reconciliándose de forma que ni yo mismo entendí. Mi mirada como de perro huraño les molestó, sintieron como si yo hubiera saqueado sus bienes con sólo dirigir mis ojos hacia sus espacios, trataban de encontrar una excusa para una venganza ya muy subida de tono y que irrumpía cruelmente por los andenes. Me dicen con voz: «Oye, qué nos miras». Sólo con eso pensé en huir, con una honda tristeza, tan gris que no se comparaba a la bóveda celeste de ese momento. Con mis manos en mis bolsillos rotos, luego de haberme apartado de ese aroma de moribundos simios, el viento atrozmente me empujaba, como si me acariciara con una fuerza o con vil odio que yo procuraba ignorar ya que era muy salado, salado e irritante como las argentas olas de ese mar que ya me hastié de contemplar; podría decir que esos céfiros me destruían poco a poco el alma, como si los malditos destruyesen barcos o algo así, debo aceptar que con furias y con penas los odié, de melancolía yo estaba harto. Hasta que finalmente decidí entrar en una modesta tienda llena de beodos que nunca se cansan y se sienten poderosos, como si la botella fuera su gloria, su lauro eterno. ¡Que gran imaginación! El tendero con su cabello y barba de una semana, al verme de arriba abajo, me pidió que me largara con un desdén, a punto de devorarme cual si fuera loto; lo miré y no pude evitar la risa, estaba furioso, incluso peor que los ebrios que no pueden tomar más. Salí por mi cuenta, aunque casi a patadas de aquel sitio, donde hasta las sillas sentía que vociferaban y se llenaban de gloria, de esa gloria que ya me sabe a lútea derrota. A pegajosa y cercana derrota. Estos paseos por la ciudad son estimulantes para sentir el odio de gente que ofende y se siente ofendida extrañamente. El paseo siguió –mis pies no aguantaban, el calor era inverosímil-, aun por encima de mis pretextos y de alejarme de los ámbitos que huelen a semáforo, huelen peor que el arco iris, igual que esos hipócritas postes tan ordinarios y tan altos. Como sentía que me humillaban esos postes, con su bombillo allá arriba, tuerto poste, como si fuera su ojo protector. ¿Cómo sería acusar a nadie por un pequeño e irreversible accidente? Ah, no me importó y gracias a mis sudorosas manos, estalló su vigía en mil cristales. Tal vez lo hice por la depresión o porque palpé ese desprecio de ese poste inerte. El sonido de su agonía me llenó de recuerdos, me hizo sentir más cercano a mí mismo, pero también me hirió, me hizo un daño indescriptible, un daño que jamás hubiera creído posible, el daño del arrepentimiento. No obstante, herido y algo ofendido decidí seguir, dejando atrás un episodio en donde sentí perder algo irrelevante que creo nunca poder recobrar, como no podré recobrar el tiempo perdido, los segundos que acontecieron y que nunca pude disfrutar, tal vez, porque hacían parte de otros momentos que sí, para mí, tenían mucho sentido. Esos segundos que perdí, como el árbol decadente en otoño triste pierde sus hojas, esos segundos daban sentido a mis instantes valiosos. Me pregunté en medio de estas calles que he visto a veces con nostalgia, a veces con odio, qué dijeron de ese poste abandonado, a nadie acusaron por lo sucedido, a nadie le achacaron esa herida, pero yo, sentí en ese momento, cierto silencio y cierto desahogo y cierta angustia.

 

2

Toda clase de rumores se apretujaban en los andenes y en las vías, formaban un coro que me llenaba de tedio y de ignota desesperación. Desesperación que me llevó, seriamente, a dejar de andar, a cesar de escuchar ruidos, los cuales quería olvidar y otros que por sintética nostalgia me abstenía, me decidía a ignorar. Dejé de andar y subiéndome a un pálido autobús, se acrecentaron mis miedos. La única ventaja fue que los ruidos se transfiguraban en murmullos, ya faltos de sentido, de esencia, que ni siquiera por sí mismos se sostenían. El autobús seguía, como un barco en el infinito mar, danzaba, a punto de regalarme el ansiado regreso a mi casa, a mi casa que debía oler a vinos, a mar, a destinos inacabados –que tal vez semejaban tejidos aplazados-, a nostalgias que vuelvo a nombrar