Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



La Rosa de Jericó, de Claudia Amengual

Alejandro Jiménez Schröder

 

La rosa de Jericó es mujer. Es femenina en la alteridad, entre la voz del personaje y el universo configurado por los hombres. Es feminista en sus punzantes frases de dolor que entre el pasado y los recuerdos evocados, generando la confrontación con aquel silencio que acompaña al personaje de Helena de forma invisible y dolorosa. Nos damos cuenta que esa voz se ha convertido en gritos, gritos que hablan desde la primera persona de las experiencias y los recuerdos de una mujer que nos cuenta su vida, su infancia, la relación con su madre y las experiencias que la llevaron a darse cuenta en que se había convertido en un ser imperceptible a para su esposo y sus hijos.

 

Cual si fuera una película, la novela nos introduce en la vida del Helena con cientos de imágenes, descripciones cortas y personajes que han logrado configurarse con ritmo y hacer de la lectura una ventura de contrastes. Una efusiva felicidad, una triste nostalgia, un pequeño recuerdo: todo desde la perspectiva de la mujer que tras cuarenta años comienza a construir el universo desde su propia concepción.

 

En La Rosa de Jericó el redescubrir del mundo, en cada objeto, cada percepción  y cada personaje está descrito para ser comprendido como si se viera por  primera vez. “La casa no es una casa, sino un apartamento” pues los ojos de Helena ya no están condicionados a la educación que la había configurando desde la infancia un mundo con parámetros que les son desconocidos, sino desde su ser se confronta a ese mundo patriarcal que a medida que crece se le va haciendo más distante hasta el punto en que el personaje, en su rol de mujer,  pierde su voz y su identidad en un mundo que está preconfigurado en conceptos masculinos.

 

La novela de esta forma nos revela la problemática femenina del  querer auto construirse sin poseer una tradición. Una construcción de la identidad como mujer sin saber como lograrlo y sin haber definido parámetros para determinar la “madre literaria” sobre la cual se sustente el discurso femenino sin recurrir a los modelos de las narraciones masculinas. Se desgarra la narración entre recuerdos y silencios de lo que se ha callado, y de los momentos en la vida de aquella mujer que quedaron vacíos por falta de afecto. Y son las manos de Helena,  ahora llenas de experiencia, las que permiten reconocer en la escritura un lugar en donde se reconcilian todas esas fuerzas, pues sin duda, las cartas configuran un elemento trascendental en la literatura femenina.

 

Helena en momentos pareciera ser sumisa ante la sociedad, ante los códigos sociales que se han estructurado desde un pensamiento patriarcal y en el cual no encuentra la realización como individuo. En otras ocasiones es lo suficientemente valiente para afrontar con madurez la realidad y definir el universo desde la palabra, de contar su percepción aunque sean trazos mal dibujados pues se mueve con torpeza por oscuro con el deseo de encontrar su definición de ser mujer desde preceptos femeninos.

 

Claudia Amengual en esta novela nos muestra una mujer que ha caído en lo más profundo del olvido por parte de sus seres queridos y en un tortuoso camino de recuerdos y deseos. Una escritura que se da en pasos cortos pues el mundo es pequeño, estático, y al mismo tiempo, un universo que se expande con dolor ya que su novela no es una narración de acontecimientos, sino fragmentos en la vida del personaje que exploran la interioridad de la mente femenina.