Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

RETAZOS

Myriam Luz Buitrago


“El joven entró en la habitación dispuesto a leer lo primero que sus manos tocaran; para su desgracia, fue la carta que llevaba tres meses encima de su mesa aún sin abrir. Cada mañana la miraba de reojo para asegurarse que allí seguía, como una presencia inevitable, ansiando no tenerla cerca nunca más. Y sin embargo, no se había atrevido a abrirla, tampoco a desecharla; quizá, era el miedo a sentirse más herido de lo que ya estaba. Pero aquella tarde parecía destinado a no posponer esa cita con la oscuridad y en un arranque de desesperación rasgó el sobre que la contenía…”

Para ti, aunque no lo quieras:

Aún recuerdo el día en el que te conocí, fueron tus ojos los que me llamaron y tus pensamientos los que me pidieron que me quedara. Fue una amistad extraña desde el comienzo. Peleábamos, nos reconciliábamos en lo que tardaba mi gato en decir miau. Te entregué mi alma en forma de cuento. Mi corazón de madera te lo mostré para que entre los dos lo talláramos entre conversaciones y experiencias… ¡pero te fallé! - No estuve presente cuando más necesitabas que te prestara mis hombros, mi pecho, mis oídos y mis consuelos. Mi sangre estalló en llamas cuando caí en la cuenta de mi error…y te alejé, asegurándome que era lo mejor para los dos. Busqué refugio entre mis libros y mil personajes se apiadaron de mí. Hoy, frente a este espejo, miro mi rostro y digo que soy el retazo de una amistad que dejó de existir.

Y he perdido la costumbre de ignorar. Cuando te fuiste de mi vida, las cosas siguieron su curso, y algunas tomaron la decisión de cambiar. - ¿Recuerdas el sillón aquel en el que te conté mi historia? Lo pusieron en tercer piso de la biblioteca, acabando así con mi ilusión de volver a ver tu sonrisa que se aferró en mi mente con un trocito de abrazo. Las gafas con que me viste por última vez, están a punto de desintegrarse… al igual que mi cuerpo.

¿Sabes?, mis escritos se treparon por los ojos de otros y otras que no son los tuyos, que me dieron aliento cuando aún no los compartía con gente extraña, recién conocidos que no hubieran imaginado la ira que brota al instante, por todo aquello que no hice…¡Faltó tiempo para demostrarte todo lo que hubiera querido darte de mí!

Los pequeños triunfos apenas si los he disfrutado, porque te fuiste y varios más se fueron y no pude contarte ni contarles mis buenas nuevas. ¿Servirá de algo gritar a las nubes que la tristeza y la alegría duermen a mis pies y que cada una se apodera en las mañanas de una mitad? ¿Ellas te acariciarán el rostro y te lo dirán con sus palabras húmedas? es imposible saberlo, pero no sufro por ello… solo es la curiosidad que martilla mi mente en tiempos de forzada soledad.

“Gente que ha venido y se ha ido”.- Han dejado destrucción, como los huracanes, y me he apartado a propósito, para no tener que ver cómo la amistad se diluye en las tormentas que formo…en los vasos de agua que constituyen los días. Y es curioso que sea precisamente el agua la que me ayude a olvidar y soportar, convertida en piscina de piernas y gritos. Allí no me importa sino luchar contra su fuerza que me impregna con una sonrisa; la misma que me arrebataron mis fracasos como amiga; por eso he perdido la costumbre de ignorar, porque si un día cualquiera te veo o los veo, ten la seguridad que no resistiré el impulso de abrazarte o abrazarlos; decir, vomitar y llorar las palabras de amistad que tengo para compartir.

Te busqué inútilmente entre las palabras que le escribías a otros, porque ya ni siquiera he sabido si evocas el sonido apagado de nuestros pies, caminando sobre las agujas de los pinos allá en el Neusa, o si escribes en tus sueños frases que no se las lleva el viento, sino que se escurren en tu mente como las gotas de abril. Los amigos en común acallaron tus ecos, pues les pedí que no te nombraran para no torturarme recordando el último día que te vi. -¡Quisiera tenerte ahora a mi lado!, que tomaras la aguja que yace junto a la carta que una vez me diste, para coser los retazos de esta amistad que se acabó en el momento en el que me devolviste “El país de la infancia feliz”, con el cual exploraste el escondrijo que es mi cuerpo y que ya nunca volverás a ver.

Esta carta que probablemente no leerás será consumida por las lágrimas que se aferran a mi nariz; lavarán mis sentimientos y correrán la tinta, llevándose consigo el hilo de sinceridad con el que pensé recobrar esta amistad. Cada una de las letras apuñalaba sutilmente su ser frágil, escondido bajo la coraza de su piel morena. Quiso encontrar a la autora; llamó a su casa pero era demasiado tarde. Mariana había desaparecido, nadie le supo dar razón de ella. Habló con el bibliotecario y lo único que pudo decirle es que una mañana, hacia tres meses, ella había venido a devolver un libro…un abrazo fue lo único que recibió en aquella visita, ni siquiera había vuelto la mirada cuando se dirigía a la puerta. Mauricio derramó lágrimas sobre la carta, cumpliendo así con el destino de esta última…en una caminata al cerro de Guadalupe, decidió llevarla consigo y en medio de un claro, encendió una hoguera que consumió el último retazo.