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La niña que perdió la memoria o la memoria que perdió a la niña

Por: Martha Ruiz

¿Cómo se trata a los niños en la época actual? Este es uno de los claros cuestionamientos que hace Helena Iriarte en su novela ¿Recuerdas Juana? (1989). Por medio de una progresión de imágenes crudas que describen el entorno de la protagonista y la consecuente muerte de su padre se llega a un ambiente de angustia que apunta a la reflexión del lector sobre el lugar que ocupa la niñez en su vida. La experiencia pedagógica de la autora (que inicia en 1964), se aprecia en la forma como se introduce en la mente del personaje Juana. Iriarte describe las sensaciones propias de Juana y logra concordar el relato con el momento en que ella comprende qué le sucede. "…Algo tibio te cubrió las piernas y se enfrió al entrapar las medias, los zapatos, al caer el escalón ancho y deshacerse en pánico cuando comprendiste que te acababas de orinar." [1]

La secuencia de este tipo de vivencias, indicadora del creciente miedo a la soledad, concluye con el desequilibrio mental y definitivo de Juana. De este miedo surge la confrontación entre memoria y olvido como mecanismos de defensa que se convierten en el motivo dramático de la historia. Sin embargo, no logran edificar la personalidad de la niña; lo cual por supuesto, no es el objetivo de una obra literaria.

Muy pequeña, Juana pierde lo que más quiere en la vida: su papá; permanente cómplice del fantástico mundo en que ella se refugia de la frialdad demostrada por su entorno; el colegio y en especial, su mamá. Ella (la mamá, a quien la narradora reduce al punto de dejarla sin nombre) representa en la novela el mundo adulto de la época moderna. La narradora enfatiza en el egoísmo de dicho mundo: la mujer llega al extremo de ignorar su sensibilidad materna, es despectiva con su hija y la avergüenza en frente de la demás gente: "…te acercaste a preguntarle con tu voz pequeña y tímida, casi no usada con ella, si los muebles también se sabían disfrazar. Más tarde, cuando llegaron sus parientes les repitió tu pregunta, la que no había respondido y se reía y la risa rodaba por la sala vacía llena de ecos, de objetos enfundados y todos le hacían el juego a la risa…" [2]

Semejante trato, semejante ausencia afectiva explicaría la progresiva decadencia que se manifiesta en Juana. Actitudes como esta han dado pie en la realidad a teorías según las cuales "la relación inicial madre/hija es la experiencia básica en la vida de la mujer, que marca profundamente su subconsciente." [3]

Según los detalles que aparecen sobre la madre de Juana, se puede observar que la maternidad le llegó sin desearla, cuando era muy joven y no sabía qué quería. No aprecia la vida en su real dimensión; por eso espera que la niña se transforme "en una rubia de ojos claros como las niñas de las revistas extranjeras." [4], y por tanto toma una primera decisión (cambiarse de casa) en el momento en que carece de la guía masculina. Su presencia en la historia permanece diluida con excepción de los arrebatos de cólera que sufre al ver a Juana inmersa en las historias de ficción o el orgullo que le produce ver la pensión llena de gente. Su vida aparece insulsa. ¿Cuáles son sus expectativas? No lo sabemos. Reacciona ante las situaciones que se le presentan mas no genera ninguna. Interesante propuesta que la autora hace sobre la fragilidad femenina: ni mamá ni hija logran configurar una personalidad autónoma.

Aunque en la obra otros personajes como Barbarita, don Jesús Paredes y Mateo comparten en cierta medida las experiencias de la niña, no logran afianzar la personalidad de ésta ya que ellos mismos están supeditados a su relación con la dueña de la casa (la madre de Juana) cuando no a sus propias tristezas y maneras de afrontar la vida. La pequeña tampoco tiene un solo amigo de su edad; no hay con quien jugar, no hay relaciones lo suficientemente fuertes que la ayuden a crecer, a conocerse, a valorarse, a quererse a sí misma, y mucho menos a desarrollar sus capacidades. Surge entonces, a través de la lectura la siguiente reflexión: ¿Estamos fomentando el debido conocimiento sobre las experiencias de la niñez y la adultez (la fantasía, la muerte, la maternidad, etc.) que nos permita llegar a una conciencia social de respeto por nosotros mismos y por los demás?

En cuanto al aspecto literario, Helena Iriarte presenta en ¿Recuerdas Juana? una ruptura con respecto a las historias de mujeres que recuerdan su vida a partir de los momentos de mayor impacto emocional; situaciones que aunque difíciles les permiten construir su propia identidad. Tal es el caso de Alejandra, la protagonista de Los girasoles en invierno (1970) quien recuerda con especial interés su vida bohemia en Europa con un pintor mexicano. La estructura de esta novela de Albalucía ángel se construye por el flujo de la memoria de Alejandra. Por el contrario, Juana no quiere, - o no puede – recordar y dista mucho de tener una relación cercana con nadie. Aquí es la voz narradora quien siguiendo el tiempo cronológico de los hechos intenta desde la mañana alimentar la malversada conciencia de la niña, en la tarde intensifica el sentido dramático y culmina (se quiebra) con las tinieblas del anochecer.

Otra ruptura se presenta al conectar la situación de Juana con la soledad que viven los habitantes de las urbes. Los "espacios y edificaciones ya no tienen la dimensión humana y se asemejan a prisiones." [5] En el caso de la protagonista, la ciudad se reduce a pequeños espacios físicos: su casa, el colegio y finalmente, el convento donde es recluida: todos lugares a los que llega sin su voluntad. Por el contrario, su ámbito esencial son los paisajes ficcionales que le permiten refugiarse de la tirante cotidianidad. La madre de Juana, al igual que muchos adultos en la metrópolis real frivoliza el ámbito de la imaginación reduciendo el concepto de la niñez a un estado de minusvalía mental. De esta forma se ha relegado el criterio infantil porque difiere de la lógica sobredimensionada de la modernidad.

Helena Iriarte critica entonces las convenciones sociales que enmarcan a los niños en los parámetros de los adultos. En algunas ocasiones su voz se manifiesta claramente. Se circunscribe en la historia y expone sus dudas con respecto a la religión y a las creencias que ésta ha inculcado en nuestra sociedad. Enseguida la voz principal retoma la conducción del argumento produciendo con ello los efectos de fluidez y consistencia narrativa.

Desde el punto de vista literario ¿Recuerdas Juana? (82 páginas), es una novela en la cual difícilmente se sabe si la voz narradora pertenece a la autora, la memoria, una sombra, un ángel, o quizá, un demonio. Por momentos parece estar fuera de Juana y dirigirse físicamente hacia otros espacios, pero sabe tantos pormenores de la pequeña que se dificulta pensar en un ser ajeno a ella. La balanza se carga a favor de la memoria quien necesita de Juana para mantenerse vigente. Por el contrario, la niña parece elegir, diríamos inconscientemente, sumergirse en el silencio absoluto.

Por ello la pregunta sobre si es la niña quien pierde la memoria o la memoria quien pierde a la niña surge al final de la obra cuando, después de constantes llamados a la conciencia, nos damos cuenta de que Juana con su propia voz reconoce lánguidamente lo que ha pasado y la narradora (creemos a pesar de todo que se trata de la memoria), termina desintegrándose ante el mutismo de la joven.

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[1] IRIARTE, Helena. ¿Recuerdas Juana? Pág. 18.

[2] Ibíd. Pág. 24.

[3]Ver Ciplijauskaité, Biruté. "La novela femenina como autobiografía" En: La novela femenina contemporánea (1970 – 1985). Hacia una tipología de la narración en primera persona. Madrid: Anthropos, 1988. Pág. 75.

[4] Ibíd. Pág. 11

[5] "La Ciudad en la literatura" Helena Iriarte. En: Revista Lámpara. Vol. 32. N°. 125. Dic. 1994.

 


 

 

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