Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

 

Un minuto de silencio por nuestros muertos

Ingrid González

 

–– Que estudio tan sádico y sensacional lleva usted a cabo.
–– Gracias, gracias. Pero no es tan maravilloso ni agradable como usted piensa.
–– Ah, y eso ¿por qué?
–– Hay mucho proceso, es muy degradante físicamente. Primero desaparece el sueño, no de una vez, más bien poco a poco; la mente no trabaja a la par con los miembros, das la orden; pero responden después. También empiezas a ver figuritas que se forman con los diminutos espectros que destila la luz cada vez que parpadeas.
––Por eso, así de flaca.
––Si, eso debe ser la última parte de la catástrofe.
––No lo tomé así, de esa manera. A mi me parece que, está usted en la mejor de sus formas.
––No crea que me sonrojo, eso también lo sé.
––Tampoco era para que se sonrojara, créame. Terminado ya mi trabajo, me retiro.
––Y, ¿Para cuándo cree usted que…?
––No, no se apure. Yo la llamo, paciencia.
––Precisamente, eso es lo que no tengo.

Con la hoja de requerimientos ordenada en una carpeta bajo el brazo de Eduardo, Camila quedaba de nuevo sola.

––Ahora qué quiere usted.
––Acompañarla a su casa, señora Camila.
––Yo conozco el camino.
––No se trata de eso, ya es casi medianoche. No debe andar sola por ahí, las cosas no están como antes, y menos para usted.
Camila guardó el instrumental, apagó las luces, recostó su cuerpo a un lado del control de la alarma cuidando que Eduardo no viera la contraseña. Y acabo yéndose con él.

El camino era una autopista. Andaban por la margen llevándose sustos repentinos y estupidos de uno que otro auto que circulaba velozmente. – ¿Le parece si intentamos que nos lleven?, interrumpió Eduardo al unísono con el motor de un camión ensordecedor, tuvo que repetir; ¿Qué si será que alguien nos lleva?

––Intentemos, tal vez si.
–– ¿No le da miedo?
–– Desde que hago lo que hago, ya no sé que significa esa palabra.
Entonces Eduardo sacó su pulgar cada vez que venía un auto, de cualquier tipo, sólo se quería largar de esa hosca autopista. Se arrepentía de haber abierto la boca para acompañarla, pues después de todo, Camila se hubiera ido sola… como siempre.
––Y cuando está sola, ¿Cómo sale de acá?
––A veces no salgo.
––No le creo, apuesto a que una mujer sola y que a primera vista parece indefensa no se queda allí, con todos esos…
–– ¿Esos qué?.. ¡Diga!
––Muertos.
Para Camila nunca había sido gran cosa un muerto, al fin y al cabo era un montón de carne putrefacta a medio vivir, inservible, inconsciente de su papel causante del dolor ajeno, de su poder.
Camila trabajaba en un sitio muy tranquilo, poco visitado; un piso totalmente acondicionado para su trabajo, resguardado de mucho para casi nada; cercano a la avenida, en medio de un bosquecito lejano de su casa, donde ella ya era un fantasma inventado, un enigma odiado por su oficio. El escándalo, la vergüenza, la tragedia había sido tan grande que todos los miembros de su familia decidieron olvidarla, hacer de cuenta que nunca había estado con ellos, que su rostro blanco nunca se había siquiera cruzado claroscuramente con ellos jamás.
“Pero no se puede hacer nada con los ignorantes, ni con los ciegos, y mucho menos con los sordos, o al menos los que no quieren oír, que más daba”. Entonces nunca volvió a escribir ni a llamar a nadie de sus amigos, familia o medios conocidos, para ella todos ya habían desaparecido.
Por fin un camionero se dignó a recogerlos ya en la madrugada, un tipo de barba hirsuta, calvo, una gorra verde que tenía un animal cachón de color amarillo en el medio. Al tipo casi no se le dio la gana hablar; solamente preguntó a dónde iban, nada más. Eduardo tuvo que dormir en el tapete a los píes de la cama de Camila, claro, después de implorarle a miles de anegamientos le dio una almohada y una cobija extra delgada, se cagó del frió toda la noche, o más bien lo que ya restaba de madrugada.

Se chocó con unas manos que sostenían un pañuelo lila entre sus narices, cayó como la puntería fiel de los cazadores a los pájaros, sin vacilación. El cloroformo hizo su deber impecablemente en el sistema respiratorio y nervioso de Eduardo que intentaba abrir los parpados con desespero inmediatamente supo que estaba en aquel lugar que tanto pudor le había causado, pudor que disfrazo con una farsa admiración, donde trabajaba Camila. Reconoció el instrumental ya sobre la mesa, los estantes de los diferentes químicos; el cloroformo, la naftalina, el valium, sólo por no nombrar más. Se alteró mucho porque conocía lo sucedido en ese sitio, nunca pensó que a él algo así le podía suceder, las probabilidades siempre le parecieron tan absurdas y lejanas, juraba que tenía a Camila en el bolsillo.
Ahora sentía frío al cerrar su mano, frío entre cada uno de sus dedos. “Debo estar desnudo” pensó Eduardo, que ahora estaba ciego por una pañoleta oscura que también tapaba sus oídos, mudo por una mordaza redonda, igual a la de una película americana que había visto recientemente donde se mataba por placer. Recordó esas rojas imágenes, y se maldijo por idiota, por acordarse de algo que en su patética condición de “cabrito desnudo” no le ayudaba en nada.
Ya el frío estaba insoportable, se había desmayado tantas veces que no tenía conciencia si estaba despierto o dormido, dopado o sin sentido; finalmente no importaba, ya podía conocer la próxima punzada del destino. Entre esa vacilante transición logró entre abrir los ojos, –ya no tenía la pañoleta oscura– un reflector le apuntaba directo a la cara y se descubrió desnudo, boca abajo con las manos y píes atados arriba de su espalda, encima de una caja, como un puerco listo para ser lechona de quinceañera. Pero a pesar de llevar bastante tiempo en esos incidentes, sólo al verse así de indefenso y solitario sintió pánico, terror, tanto que se vomitó, una parte en su pecho y la otra se la tuvo que tragar por culpa de la mordaza.
Empezó a gemir, a chillar como un perro, a aclararse la garganta, hasta que lo inyectaron de nuevo y encontró algo de paz en la perplejidad de la inconciencia.
Entonces ideó no abrir los ojos aunque estuviera despierto, pero aclarar sus oídos. Pudo comprobar que Camila no trabajaba sola como todo el mundo especulaba, escuchó voces de hombres, mucho movimiento, herramientas pesadas que se arrastraban, discusiones, pero nunca la voz de Camila.
No aguantó más y abrió los ojos. Un hombre grande sostenía un papel, empezó a leer:

Un minuto de silencio, de anegamientos,
Lleno de una punitiva atención
En los ojos extraviados de un Dios
Hecho hombre,
O de un hombre
Hecho Dios, Ya
Sin vida,
Dime ahora
¿Dónde está tu resurrección?
En el tálamo del reloj,
En un instante,
En un minuto de silencio
Por nuestros muertos.

Después de que el epitafio se leyó, a Eduardo lo acostaron boca arriba en una camilla de metal atado de brazos y piernas, todavía con la mordaza. Y como había permanecido desnudo ya por varias horas su piel y la frialdad de la camilla se pegaron igual que los labios, le temblaban las nalgas, los ojos los tenía hinchados por el reflector, pero aún podía distinguir las figuras que se le cruzaran. Logró ver a Camila y ella a él, le sonrió y le dijo que se calmara, que él ya conocía el proceso, y que en verdad lo sentía, pero no tanto como para soltarlo.
––Si te suelto, tendría que sacarte los ojos, ¿me ayudarías a sacarte los ojos?––le decía mientras se ponía unos guantes grises––No lo creo.
Comenzó a lavarle el cuerpo, y a cortarlo –no profundamente– con una pequeña navaja que bien podía ser de niño explorador, en partes del cuerpo específicas, el costado de un muslo, un antebrazo, un pómulo. También un hombre le dio puños en ambos ojos, en el tórax, la espalda. Eduardo estaba en una condición tan deplorable y asquienta que a simple vista no se podía saber si estaba muerto, vivo o inconsciente; tal vez por eso Camila que tenía que acabar el trabajo le quitó la mordaza, y se fue al baño. Cuando regresó Eduardo agonizando con media lengua afuera, le preguntó:
–– ¿Por…qué?
––Ya debería saber. Me pidieron un muerto igualito a usted.

 


 

 

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