Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



Las gafas del Señor Murray
Por: Bertha Pulecio

En una alejada granja situada en las afueras de un diminuto pueblo, habitaba una pareja de ancianos cuya única actividad era criar un grupo de cinco patos, igual o más viejos que sus cuidadores.


Esta dulce pareja con más de cuarenta años de convivencia, no conocían nada mas que su lugar de descanso, donde acabarían también sus últimos años de vida.
Pasado el segundo sábado de la primera semana del mes de octubre, el Señor Murray recibió un extraño sobre, entregado por un rozagante joven de cabello rojo como el atardecer, con unos enormes ojos marrones rodeados de pecas, quien dio la encomienda con mucho entusiasmo, pues al parecer se trataba de un gran premio de lotería.


El señor Murray que era muy gruñón  no agradeció, y al parecer ni le importó tal paquete; lo arrancó de las manos del mensajero y lo guardó en el bolsillo izquierdo de su arrugada chaqueta de pana café, la misma que usaba en los días de invierno.
Transcurridas unas horas, el Señor Murray en busca de su paquete de tabaco, introdujo una mano en el bolsillo de su chaqueta, hallando el misterioso sobre que con grandes letras rojas anunciaba: ¡GRAN PREMIO, FELICIDADES! El Señor Murray con poco entusiasmo lo abrió y sacó su contenido: una simple hoja llena de letras y letras que resultaban incomprensibles para este hombre de avanzada edad, pues sus cansados ojos grises ya no podían ver más, apenas si lograban vislumbrar a su hermosa y arrugada esposa llena de vida y sabiduría.
El querido ”viejito gruñón”, como lo llamaba su devota esposa al notar que no podía leer ni media palabra, fue en busca de sus gafas que tenían tantos remiendos como era posible. Su marco de madera estaba lleno de cinta y sus patas de plástico negro difícilmente se lograban sostener. El Señor Murray se dirigió a su antiguo estudio donde suponía debían estar los gastados y gruesos anteojos, pero no los encontró; entonces muy enojado le preguntó a su paciente esposa: -¿dónde has puesto mis antiparras mujer?, ya sabes que sin ellas escasamente logro ver tus horribles arreglos florales. A lo que ella respondió: -imagino que las olvidaste en la terraza junto a tu consentida mecedora europea. Pero tampoco allí se encontraban sus indispensables gafas.
Ya desesperado, revolcó toda la casa en busca de éstas, pero las rebeldes no aparecían. Algunos días después, estando el Señor Murray sentado frente al estanque, alcanzó a distinguir a lo lejos, en el corral de los patos, a uno blanco muy extraño; lucía diferente a los otros, con ojos tan grandes como la luna llena. Esto lo sorprendió mucho, pues casi le recordaba que así se veía él con sus gruesas gafas extraviadas. Pero cuál sería su sorpresa al acercarse al pato y descubrir que éste usaba con desdén sus anteojos.
El Señor Murray, poco ágil quiso recuperar sus invaluables gafas, pero desde luego que la tarea no resultaría nada fácil; pues cada vez que se acercaba un poco al juguetón animal, este salía corriendo y aleteando por todas partes como loco, seguido por los demás patos, organizando una algarabía tal, que su dulce esposa al escuchar el escándalo tuvo que acudir al rescate de las gafas de su esposo, y también para ayudarlo a él, que ya estaba lleno de barro, gritando y renegando en medio del estanque.
Ahora todos estaban sucios, corriendo, gritando y graznando alrededor de la granja, pero en medio de todo este caos repentinamente los dos ancianitos dejaron de correr y se echaron a reír como hacía mucho no sucedía. También los patos se detuvieron y se acercaron a la pareja, que llena de tierra y plumas no paraban de reír. Entonces cuando el Señor Murray tuvo oportunidad le arrebató con agilidad renovada sus gafas al pato revoltoso, que al parecer ya se había acostumbrado a éstas y se negaba a devolverlas, así que le lanzaba picotazos al viejecito, quien finalmente se dio por vencido ante su oponente y le permitió quedarse con las casi destruidas gafas. Después de todo, ahora tenía suficiente dinero como para comprarse todas las antiparras que quisiera y necesitara; aunque todavía no lo sabía, hasta que su esposa le contó que ahora eran millonarios. Pero no se lo había dicho antes porque imaginaba que a su esposo esa noticia, o bien le sería más o menos indiferente o bien, le podría causar un infarto.
Sí, esas gafas eran importantes para él, porque de alguna manera le habían hecho ver las cosas diferente; ahora su visión del mundo era más próspera. Así que como no murió de un infarto causado por la emoción, decidieron dar un largo paseo por todo el mundo, su esposa y él. En cuanto a la granja y a los patos, los dejaron al cuidado del amable mensajero quien había sido el portador de tan buenas noticias.

 

 

 



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