Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

Labial para hombres

NIÑI(Seudónimo)

Había una vez un reino mágico en medio de las nubes en donde vivía una princesa encantada por un hechizo de amor. No recuerdo como seguía la historia, pues memoria había decidido olvidar hace tiempo. Pasaron mucho, pero muchos años hasta que una mañana mientras podaba las flores del antejardín, vinieron a mí los recuerdos de mi infancia.
Aquella mañana desperté ansiosa pues sabía que habría una gran fiesta para celebrar mi décimo cumpleaños. Me puse el traje que mamá había alistado la noche anterior y corrí con gran felicidad. En el centro de la mesa se encontraba un gran arreglo de flores de todos los colores, de todas las formas, y aunque en aquel entonces no supe su nombre, para mi todas eran flores mágicas por aquello que me hacían sentir. Años después me entere que aquellas flores eran hermosos Nardos y Begonia, que lucían junto a los brillantes claveles y rosas.
Mientras esperaba el comienzo de los festejos me senté en una de las poltronas de la sala y desde allí veía como mi papá y mis hermanas decoraban la casa con bombas, confetis y serpentinas al tiempo que mi mamá en la cocina terminaba los preparativos del festín. Desde aquel momento en que llegaron los invitados, hasta el instante en que mi padre me llevó casi dormida a mi cama, solo recuerdo las risas y el jolgorio de la celebración; y sobre todo el momento en que recibí como regalo aquel hermoso reloj de plata que conservo hasta hoy.
Los años fueron pasando y junto a los juegos en casa y las risas con mi mamá, la escuela fue tomando importancia en mi vida en la medida que día a día tenía nuevos amigos. Y fue en la escuela donde comprendí lo importante que era la fiesta de quince, la cual comencé a imaginar desde un par de años antes.
Al ingresar a la secundaria, Maria, Ivonne y Paula, nos volvimos las mejores amigas, con la certeza que en donde estaba una, la acompañábamos las otras tres. Un día, mientras estábamos en recreo Esteban, un niño de un curso superior, se acercó a Paula y le pidió ser novios. Ella nos miró un instante a las tres y le dijo que las cuatro siempre andábamos juntas. A la semana siguiente Esteban se había cuadrado con Paula, Maria con un niño rubio del cual no recuerdo su nombre ahora, Ivonne con Manuel y yo con Carlos.

Aquel noviazgo con Carlos que había comenzado como juegos de infancia, lentamente se había convertido en el sentir de adultos, de amor puro y de compañía inconstante hasta cuando mi padre murió.
En el mes de agosto, tres semanas antes de mi fiesta de quince, papá había muerto de un paro cardiaco y cualquier idea de danzar el valls se había desmoronado, así como mi mundo. No pienses que la muerte de mi padre no me afectó y que insensiblemente solo pensé en aquella fiesta, pues no es así. Simplemente aquel instante se había convertido en un algo trascendental en mi vida, y que la ausencia de ambos fragmentó aquel ideal de convertirme en mujer, de tener la seguridad eterna de mi padre y de la ilusión que había cautivado por años de dejar de ser niña y convertirme en mujer.
Mamá en su afán por no verme sufrir y en su pánico de no saber que decir, o como actuar, terminó diciéndome que no debía llorar, que la vida seguía y que debía enterrar aquel dolor en el pasado, pero no pude. Mi universo se había encogido y llenado de penumbras. De la casa al colegio y del colegio a mi cuarto en donde me encerraba por horas y horas intentando inútilmente contener el llanto.
Carlos al principio comprendió y las primeras semanas estuvo junto a mí, pero fue inútil. La tristeza que me inundo, llenó mi vientre de soledad y al pasar las semanas, mi ausencia en esa relación llevó a que él dijera adiós. Duré casi dos años en aquel estado y quizás fue algo peor de lo normal, pues odiaba aquella voz de apoyo de los desconocidos que tristemente me sonaba a compasión. Odiaba las anecdóticas idas al psicólogo que me convirtieron en la razón de aceptar una vida sin felicidad.

Al terminar el colegio, más por la presión de mi familia y los profesores de la escuela que por interés propio, me dediqué a experimentar. Caminaba por horas y horas sin sentido por la ciudad, visitaba los burdeles para ver si podía robar alguno que otro cliente, o iba a los bares que están aledaños a las universidades para ver si algún joven desprovisto de pareja me invitaba algunas cervezas.
En aquella dinámica duré casi hasta los veinticinco, y justo cuando mi madre había amenazado en correrme de la casa por las llegadas tardes y los espectáculos en la madrugada conocí a Javier.
Javier era un estudiante de Maestría en Biología por aquella época y algo callado. El día que lo vi por primera vez andaba con un grupo de amigos, y sin embargo el casi no hablaba. Como solía presentarme, me fui sentando en la mesa de aquellos jóvenes y les decía que era caminante del mundo y que me gustaría compartir mis experiencias….bueno, no se que más patrañas solía decir en aquella época.

Javier me miro con algo de curiosidad y esa noche no intercambiamos mayor palabra, pero a la semana siguiente uno de los compañeros que estaban en aquella mesa me vio pasar cerca de de la universidad y me llamó: ¿Oye, te gustaría volver a salir una noche de estas? intercambiamos números y al par de días nos volvimos a ver. En aquella ocasión Javier habló un poco más, y me di cuenta que le podía gustar, así que continué con el juego hasta ver donde podía llegar. Los meses pasaron y nos volvimos novios. El en algún momento me insinuó que retomara mis estudios y así lo hice y al poco tiempo era una de las mejores estudiantes de Biología de la universidad, mientras el empezaba a dar sus primeros como docente.
Al par de años vimos que aquello era más serio de lo que pensamos en un principio y la palabra matrimonio se volvía recurrente en nuestras conversaciones, así que decidimos fijar una fecha y poco después de la boda, la sorpresa de estar embarazada nos hizo pensar en vivir juntos y formar una familia. Para mi madre al principio fue fuerte, pues era yo la última de las hermanas que me iba de la casa, y de mis hermanas hasta aquel momento no supe nada. Supe que una estaba viviendo en el exterior, de la otra poco menos se.
Al terminar la carrera, ya los años los sentía encima y la pequeña Luisa estaba por llegar a su décimo cumpleaños. La preparación de aquella fiesta fue ver todo completamente desde otra perspectiva, pues ahora no pensaba en las risas y sonrisas, sino en cada gasto del festejo, en que habría de cocinar, y a cuantos debía invitar. En aquel instante tomé la decisión de trabajar, pero trabajar sería ausentarme de la casa por horas y volver a casa hasta la noche, siendo una madre ausente en su formación como mujer, y sin embargo, los gastos no me dejaron otra opción.
Era un sábado, “- Mamí, ya casi se acerca mi fiesta de quince” me dijo una mañana Luisa y corriendo se marchó para hablar con sus amigas por teléfono. Mientras arreglaba las flores del antejardín comencé a recordar mi fiesta ausente, pensé en lo rápido que había pasado mi vida, recordé el gran vestido que nunca use, y los pasabocas que daría para tan gran importante ocasión. La fiesta y el baile. Tal vez deberíamos pintar la sala de rosa para que todas las niñas sientan en ese ambiente femenino pensé. En la noche una pijamada, y tal vez una película de romance para terminar.
Al rato de meditar sobre la fiesta subí hablar con Luisa sobre lo que había pensado organizar para la fiesta, con la sorpresa de entrar en su cuarto y traspasar la dimensión de mi universo. Veía como las paredes había sido tapizadas con afiches de chicas semidesnudas y hombres 20 años mayor a ella que lucían horrorosas perforaciones por todo el cuerpo, accesorios de lujo que no recordaba haber comprado.
Bueno mi amor le dije: “para tus quince vamos a invitar algunas amigas, y organizar una pequeña recepción. Imaginate un vestido rosa y tu junto a un gran paste. En la noche podemos organizar una pijamada y luego ver todas una película”
Luisa por un instante se quedó mirándome y con gran curiosidad me dijo: “mamá, quiero hacer una fiesta de labiales”. En un principio no entendí y solo luego de recibir unas tres explicaciones de lo mismo comprendí que los tiempos habían cambiado. Que los quince ya no eran para ella, sino para los demás. El ritual entre las niñas de la época era comprar labiales de colores para repartirlos entre las amigas, y luego entre beso y besos, quien había besado a quien. Era una fiesta para parecer más que para ser. Una ritual en donde las hormonas habían destruido el sentimiento de ser mujer, simplemente para sentir que ya todo lo podemos hacer.

 

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