Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



La Viuda Negra
Por: Lautaro Salgado

En el viejo tocadiscos suena las valkirias.
Gertrudis se delinea unas cejas con negro frente al espejo de la cómoda estilo americano, que hace juego con el ropero de dos puertas y la cama de dos plazas. Tanto el dormitorio, comprado por los años cincuenta, como el juego de comedor, de cármica y de los setenta, fueron los últimos muebles comprados en la casa, por los padres fallecidos de Gertrudis.
Los vidrios de la puerta cancel vibran al son de las últimas notas de Wagner.
Ella se pinta las cejas desde que tenía cuarenta y siete, ya que de tanto depilárselas para afinárselas, con los años acabó casi por completo sin ellas. Lamentablemente los años de depilación y cera no habían logrado los mismos resultados con el vello sobre el labio superior.
La aguja araña sobre el surco y comienza una nueva melodía.
Termina de arreglarse y va a la cocina. Pone al fuego una caldera con agua, acomoda la bandeja con dos tazas de té y la azucarera, de porcelana inglesa. Abre el armario, busca en el fondo y encuentra el frasquito con dificultad. Lo apoya en la mesada, y por las dudas, deja la etiqueta con la palabra “veneno” hacia la pared. Llena el azucarero y se fija que todo esté en su lugar.
Suena el timbre; se acomoda el pelo y la ropa con dos o tres movimientos de mano y va hacia la entrada. La música escapa al abrirse la puerta.
-Hola. Pase, pase – dice Gertrudis sin soltar el picaporte.
-Buenas tarde señora – dice don Ortega, a la vez que se saca el sombrero.
-¡Que puntual! Don Ortega. Tome asiento.
-Veo que le gusta la ópera.
-Sí, Otelo es una de mis preferidas. Escuche esta parte- pide la anfitriona, mientras cierra los ojos y levanta un poco la cabeza.

El hombre de unos setenta y algo de años, se sienta como dejándose caer y coloca a un costado el bastón con empuñadura de plata.
Conversaron dos o tres cosas, cuando Gertrudis se acuerda del agua y dice:
-Discúlpeme, pero el agua hierve.
-Vaya nomás – le dice el hombre.
En la cocina se asegura que no la ve. Pone el agua en la tetera con dos saquitos de té, abre el frasquito, y cuenta las cincuenta gotitas que caen.
Los personajes hablan de una traición en sus cánticos.
-Bueno, ya llegué –mientras extiende la bandeja con dos tazas con té.
Don Ortega toma una y ella le dice:
-Discúlpeme pero el té no es muy bueno, en el autoservicio no quedaba del que compro siempre.
-No se preocupe, ¡el té siempre es té!
Gertrudis se sienta, le echa dos cucharitas de azúcar a la taza y le alcanza la azucarera a su invitado. él pone una. Ella bebe sin soltar la mirada por encima de los lentes, observa todos los movimientos del caballero. Don Ortega sorbe un poco y sin decir nada, le echa dos cucharaditas más de azúcar. Piensa que; cuando más tarde, ella le ofrezca otra taza, él buscará alguna excusa para negarse y no tener que tomar más de esa horrible infusión amarga.
En plena charla de bueyes perdidos, ella nota los efectos en el hombre y le pregunta si se siente bien.
-Sí, no se preocupe- dice él – debe de ser el cansancio, tuve una mala noche.
-Ay don Ortega, ¿no le habrá subido la presión? Acá hace un poco de frío. Mejor prendo la estufa.
-De ninguna manera señora, la temperatura está bien.
El crimen fue llevado a cabo, asegura una voz desde el tocadiscos.
La verdad es que don Ortega se siente un poco mareado, la boca pastosa, tiene frío en los pies y un calor intenso en la cara y orejas. La visión se le nubla cada vez más. Cuando se desmaya, lo último que logra ver, es la sonrisa de Mona Lisa de Gertrudis.
Ella se levanta, va a buscar un tapado de piel imitación, y algo pasado de moda, se lo pone y sale. Vuelve dos horas y media más tarde del cine, de ver una vieja película de Cary Grant. Da una ojeada en el comedor, y ahí está don Ortega, caído sobre el posa brazo derecho. Lo toca. Está frío. Sigue al cuarto, pone un disco y un bolero de Manzanero invade la habitación. Se desviste, se pone el camisón y se acuesta. Calcula que al día siguiente  tendrá tiempo y cortará en pedazos el cadáver. Las extremidades se las dará, poco a poco, a los perros callejeros que merodean en la zona, y duermen en un viejo galpón abandonado a punto de derrumbarse. Los perros se aseguraran de comerse hasta los huesos, piensa. La cabeza, atada con alambre a un ladrillo, la tirará al mar, dentro de una bolsa, en alguna parte de la rambla. El resto, como tantas otras veces, lo quemará de a pedazos en la estufa.
De lo que no está segura es si la Quinta sinfonía será la ambientación adecuada. ¿O a lo mejor la séptima de Gustav Mahler, con su poderoso rondo-finale es la mejor opción?
Eso sí, los genitales, cuidadosamente extirpados, los pondrá en un bollón, junto al resto de la colección.
“...voy a apagar la luz para pensar en ti...”                                                

 

 



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