Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



LA MISIóN DE LOS DíAS.

Por: Sara Carubin Marienhoff
Pocos días antes de 2010.

 

El Dolor, para su tarea, necesitaba ciertos ingredientes. La preparación de su pócima lo requería. Se deslizó en la casa de la Ilusión. Todo relucía allí: los oropeles, las expectativas, las creencias en ellas y la falsa alegría de lo imposible.
El Dolor se acercó, silente, al vaso labrado que ocupaba gran parte del recinto.
Calmó, mientras sorbía sus mieles, la sed que lo devoraba. Luego, su mirada se detuvo en el árbol cargado de frutos maduros. De ellos, comió hasta la saciedad. Necesario era, para la tarea asignada, su bagaje de dulzuras. Recorrió el jardín de la Ilusión, mientras ella, la dueña de todo aquello, dormía un sueño profundo. Al partir, ya cumplido su objetivo, una brisa borró sus huellas.  

La casa estaba sobre un terreno liso, cubierto de matas verdes. La mujer, Ayxia, sonreía. Una sonrisa insinuada, no plena. Sin sonidos, de modo que le permitía continuar su tarea.  Hasta ese momento, sólo una sonrisa.
El Dolor, casi aire, llegó hasta ella. Impregnó los objetos que rodeaban a la mujer con las esencias que  traía de la morada de la Ilusión. Ellas penetraron el aire de suavidades nunca percibidas, antes, por quien habitaba la casa.  
Gratos, los perfumes y los sabores produjeron en Ayxia un adormecimiento que la transportó a regiones cuyo riesgo no percibía.
Allí quedó, estática, mientras el Dolor, con la urgencia de su quehacer habitual, trabajaba en la Conciencia de ese ser. Arduo sería, ya que los ingredientes de la Ilusión corrían por los cauces de sus venas y Ayxia sentía su calidez.    

El Tiempo acudió a la cita que marcaba su misión. Allí se unió al Dolor, y a los elementos sustraídos de la morada de la Ilusión. Todo estaba listo para descorrer el telón de la tragedia humana.
El Maestro llamó a la Esperanza pero ella, diáfana como el alba, no acudió al llamado.
ése no era su cometido. Creada para la Verdad, no participaba en banquetes efímeros.

El Tiempo, indiferente a los objetivos, pero firme en el propósito de su estructura, inició el viaje permanente del devenir. Ayxia, sin saberlo, se encontraba en la senda de su destino.
En ese momento, breve y dichoso, su risa expandía cascabeles  al círculo que la rodeaba.
Al fin ¿no fue ella misma quien había sonreído a la espera de las expresiones sonoras de su alegría? Llega lo que la semilla promete. La mezcla formaba la trampa colorida, hermosa en  apariencia, que la  sumergiría en el Dolor más lacerante.

Mientras Ayxia conservaba su tiempo en la Ilusión, su Conciencia prolongaba su silencio.

Pasaron las estaciones. Flores y frutos, brisas y vientos, encuentros y ausencias.
Todo armado para el desencanto. La lección suprema del Dolor iniciaba su tema eterno.
Sobre el escenario, nada estaba de más. Mientras durara el encanto, Ayxia vería las volutas azulosas, ornamentos que durarían el exacto tiempo que restaba para su despertar.  
El renacer de la Conciencia, fue lento y allí el Dolor jugó su principal papel.  
Ayxia abría los ojos a una realidad nueva para ella. Había gustado todo cuanto la Ilusión proveía y el Dolor controlaba. Una a una, las expectativas diluyeron la sustancia removible que las sostenía. Los elementos que conformaban su paisaje interior, palidecieron en la noche de su transformación.

La risa tornó en sonrisa de otoño. Las perlas de su llanto, lavaron las huellas de su ignorancia. ¿Habría vencido, al fin, el clamor no audible de la Conciencia?
Lo aparente desapareció.  Sin pífanos que lo anunciaran, entró en escena el Maestro.
Ya no ocultaba su rostro.  Hasta el silencio que, hasta ese momento, lo cubría como un manto, había caído a sus pies. La voz del Dolor, tronaba para la mujer, que ya oía,
ya veía, ya comprendía.

La morada de la Ilusión permanecía con su portal abierto. La casa de Ayxia aposentaba sus cimientos en un tapiz amarillo, ya no verde. Sin embargo, el aire, alimento de la vida, era  sutil, liviano, perfumado.
El Tiempo, hábil para los engaños, también mostró su rostro sin máscara alguna. La cera de la Ilusión, perdida su solidez, escurría por su rostro. Sí, tenía rostro el Tiempo. Su Entidad, no visible, aparecía en ciertas oportunidades, cuando los humanos necesitaban verlo, palparlo, porque creían, sólo, en cuanto imaginaban. 

La Historia repite su parlamento. Como siempre fue. Los velos de la Ilusión caían, o quedaban hasta que el viento los disgregara como cenizas. No ocurrió así con Ayxia.
Ella, bella en su alma, recorrió su camino en libertad. Acaso ¿no había salido de su prisión?
Acaso ¿el prado no había recuperado su verdor, gracias a su voluntad, a su esfuerzo continuo? Rotas sus ataduras, voló. Como tantos, antes que ella, habían logrado.

 

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