Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



La Llorona

Por: Juan Felipe Rivera Pardo

“La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos.”
Borges, There are More Things (1975)

“No es un lugar atroz;  es un lugar en el que ocurren hechos atroces.”
Borges, Otras Inquisiciones (1952)

No hace mucho tiempo regresé de ese horrible lugar, jamás podré olvidarlo. Aún hoy, cuando pienso en él, siento miedo. Me congelo al pensar en sus aterradores alaridos, irrumpiendo en la negra quietud de la noche; pero luego suspiro tranquilamente al verme a salvo entre las inertes calles de concreto sólido y frío, como si hubiese sido creado por un sufriente semidiós; pero luego, entre sueños, me veo rodeado por la llanura, inmensa, interminable, y el sofocante calor que acentúa la fatiga.

Fue hacia 19…; Don Rodrigo me dio el ilustre trabajo de documentar su empresa, pues el hijo de Alfonso Ruiz, quien murió a su servicio, el joven reportero tenía el derecho a vindicar la laboriosa vida de su padre. Me trajo desde la capital, un sábado en la madrugada, reservándome hasta el último momento la razón de mi viaje. El viaje fue bastante tortuoso, un vertiginoso descenso hacia el horror llano.

Hacia el medio día llegamos a la hacienda. Berenice decía el mármol empotrado en el muro de la entrada; tras éste, unos pastizales que se confundían con el horizonte, salteados aquí y allá por arbustos, morros y animales. Tuvimos que entrar a pie pues los potros estaban fatigados por el arreo del ganado. En una parte del camino nos encontramos con unos hombres, tratando de controlar un becerro que se había escapado de su corral. Eran cinco o seis, de estatura media, rostros curtidos por el sol inclemente y el constante trabajo, vestidos como suelen vestir estos hombres fuertes, duros, que tienen la ardua tarea de lidiar con la naturaleza. Lastimosamente lo que íbamos a buscar era algo más que natural.

Don Gregorio era un viejo terrateniente de esos que ya se murieron de hambre, y tenía su modesto terruño cerca de Sulanda. La casa era de esas viejas casonas que han visto nacer, crecer, y morir, no solo a toda la familia sino a criados, peones y mascotas.

Esa noche comimos en la casa, solos, Don Rodrigo, Antonio el capataz y yo. Fue una cena callada y deliciosa, perfecta. Cuando terminamos el vino, Antonio se retiró a su barraca.
-Buenas noches, señores. Espero que pueda dormir muchacho.
Sin más se retiró y nos quedamos solos. Cuando me disponía a preguntarle a Don Rodrigo en qué forma le colaboraría, se me adelantó.
-Vete a dormir muchacho, mañana tenemos mucho que hacer. Lucía te llevará a tu cuarto.
Me fue asignado un cuarto en la planta alta, el cual daba a la parte trasera de la casa. Por el balcón se podía ver perfectamente el poderoso Guamal, rugiendo a todo lo largo de su cauce, amparado por la viveza de los árboles que lo cercaban en ambas orillas, corriendo desesperado a desembocar todas las culpas que cargaba, las suyas y las que le arrojaban. Me acosté arrullado por el murmullo de las aguas, divagando a cerca de las posibles causas de mi presencia en aquel sitio.

De repente me asaltó un miedo cobarde, desconocido desde  las épocas de infancia, un miedo que se alojaba en el alma, entre los callejones oscuros a los que no podemos llegar. Entonces lo escuché, ese clamor asqueroso, fluyendo desde lo profundo del infierno. Era como si a un pobre moribundo le trituraran todos los huesos al tiempo, y luego se los hicieran regurgitar y volver a tragarlos incontables veces. Sentía el propio dolor de aquellos alaridos en mí, el terror se fundió con el dolor y me sumí en una pesadilla indescriptible hasta el amanecer.

 En la mañana, tras escasamente haber dormido, partimos pronto a las extensiones de Berenice, aún sin saber cual era el propósito de mi estadía. íbamos bordeando el río montados en los potros, cada peón tenía el suyo propio. A mi me prestaron un pura sangre que había pertenecido al hijo de Don Rodrigo. Nadie parecía interesado en decirle al joven de la capital lo que estaba sucediendo, así que decidí hacer méritos de mis sutiles incursiones periodísticas en La Patria, y me dispuse a interrogar a Antonio.

-¿Que tal pasó la noche muchacho?- se adelantó el vaquero.
-Creo que usted es el indicado para resolver mis inquietudes.
-¿También lo trajeron acá engañado?
-¿A que se refiere?
-Vea a los hombres, todos creen que vamos por otro becerro, o por un lagarto, o algún potro salvaje, pero no creo que encontremos a ese engendro a plena luz del día.
-¿Acaso le parece que un animal silvestre es un engendro?- mi inocencia citadina no me dejaba comprender los infinitos misterios que engendraban estas majestuosas tierras. Antonio, por su parte, me miró con una sonrisa burlona.
-Así que le prestaron a Felicidad- difícilmente logré notar que se refería al caballo- Pobre niño Juan, si que se hacía querer ese muchacho. Nadie lo vio venir, y ahora vea nada más hasta donde nos ha traído un pequeño descuido en una tarde de sol.
-Luego ¿Qué le pasó a ese tal niño Juan?
-Mire hermano, no pregunte tanto, o hable bajito. Aquí los únicos que sabemos somos Don Rodrigo y yo. Los compadres no vendrían si supieran a qué los trajeron.
“Todo empezó hace como diez años, cuando el hijo de Don Rodrigo se quedó jugando hasta tarde afuera, con Ignacio, el de la cicatriz que va por allá;- me señaló a un hombre que iba mirando hacia el piso, dejándose guiar por el caballo- mientras él adiestraba a Felicidad, el niño jugaba. Era una noche cálida, aun así habíamos encendido una hoguera para espantar al monstruo- cada vez hablaba mas bajo- pero de repente nos engañó el tiempo y empezó a llover. El potro se encabritó, y el fuego huyó atemorizado. Estaban en la parte trasera de la casa, y el animalito salió corriendo asustado. Ambos, el niño e Ignacio, salieron tras él, hacia la rivera. De ahí en adelante solo sabemos que el niño Juan jamás regresó; sólo volvió el potro, e Ignacio con la cara ensangrentada y callao para siempre. Todos dicen que fue tanto el miedo que no quiso ver más, y el machete no le sirvió pa defenderse si no más pa ayudarse.”
“Desde entonces el patrón está arreglando esta cacería, quiere cobrárselas todas a ese monstruo.”
-Supongo que esto tiene que ver con los ruidos que escuché anoche.
-Así es, los hombres ya están acostumbrados a escuchar ese murmullo en las barracas, pero en La Casa, y en especial en la pieza que le tocó a usted, es mucho más escalofriante.

Ya la tarde avanzaba y nosotros todavía no habíamos alcanzado nuestro destino, cualquiera que fuese. El calor empezaba a abrasarnos entre las hierbas húmedas, el aire se hacía denso y bajaba lento a los pulmones, casi sin llegar.
-Tómese este aguardiente mijo y verá que eso le da fuerzas.
Don Rodrigo me alcanzó una vejiga de animal con un líquido extraño. Apenas lo sentí bajar por mi garganta, fue como si me quemaran desde adentro.
-Definitivamente Ruiz- me dijo mientras me veía atragantarme con su bebida- las mismas ganas y los mismos ojos. Ese Alfonso si que sabía lo que hacía. Ahora le toca a usted Fernando, hacerle honra a ese apellido. Vea mijo, apenas el viejo Ruiz pasó a la gloria de nuestro Señor, y me dijeron que el hijo trabajaba en un periódico, pensé en que usted podía hacerme famoso, y a los muchachos. Ya va a ver lo que vamos a coger, y usted solo mire y vaya y cuénteles a los de la capital, pa que todos sepan quien es Don Rodrigo Díaz de Vivar.- El hombre altivo sobre su caballo prosiguió la marcha.

“Sus lágrimas han llenado todo el río, sufre por todos y cada uno de nosotros, por lo que nos habrá de doler y lo que ya nos hirió”, dijo el indio que se cruzó en nuestro camino y nos dio una breve explicación del camino y la hora correctos para el encuentro final. La Mechuda, la Sombreruda, la Llorona, tantos nombres para la misma desgracia.

De repente todo se detuvo. El viento, mi reloj y los potros quedaron estáticos en medio de la selva. Todos miraban a lado y lado, intrigados, atemorizados. Estos valientes vaqueros, conducidos embusteramente, desmontaron y cada uno empuñó su escopeta, los más jóvenes solo tenían machetes. Los sombreros ocultaban su expresión, que seguramente nunca fue de miedo, sino de valor. Los dientes apretados rechinaban al compás de los aullidos que empezaron a alzarse desde lo profundo de los matorrales. Los potros azorados, por puro instinto de supervivencia, salieron a correr, llevando consigo los víveres y mi escopeta.

Entonces, de la nada salió el monstruo. Con los años se han borrado los recuerdos, pero jamás dejaré de sentir ese pánico que hacía llorar al corazón. Y su rostro, si es que a eso se le podría llamar rostro, quisiera volver a vivir toda mi vida sólo para no haber mirado a sus cuencas vacías, secas por el llanto.

Luego no recuerdo mucho, tal vez porque también deseaba conservar mi vida. Había muchos hombres gritando y corriendo; recuerdo a Don Rodrigo gritando “muérete maldito, te voy a mandar de regreso al infierno” y las descargas seguidas de su escopeta. Luego recuerdo haberme despertado en los brazos de Lucía, incapaz de mascullar la más mínima palabra.

Y ahora sólo espero el final, sentado en medio de estas paredes blancas y esterilizadas. Tan sólo quiero que la muerte venga por mí, para al fin dejar de escuchar sus alaridos retumbando en mi cabeza y  jamás volver a ver sus ojos en medio de mis sueños.

 

 

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