Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



LA CAJA DE PIEDRA
Por: Luis Héctor Gerbaldo

Región de Borgoña
Domingo de Resurrección. Año 1146

            La tranquilidad de la campiña no era perturbada por el movimiento en la abadía. Todo Cluny estaba en recogimiento este domingo, o casi todo. Bien temprano, se vieron entrar varios grupos de caballeros con sus escoltas, no llevaban estandartes ni inscripciones, pero sus armaduras y cortejo no permitían dudas.


Luego del Sermón de la mañana, en la sala reservada al bibliotecario, en el ala este del edificio de Copias y Reproducciones, se encontraban reunidos los visitantes con Bernardo de Clairvaux. Sólo temas muy importantes podían justificar la reunión en día reservado a la oración.
Sentado de espaldas a la mesa, Bernardo alentaba un encendido discurso. Los días de la cristiandad estaban contados, debía convencerlos sobre la necesidad de la expedición. La recepción de sus palabras en los nobles señores era dispar, desde Jean de la Frete, que se presentó con su traje de viaje, sin blasón ni distinción alguna, confirmaba el status de extraoficial que tenía la reunión. Otro de los participantes, Thomas de Tilly, venía con reclamos sobre anteriores prerrogativas y concesiones que había dado el Papa Urbano sin que llegaran a efectivizarse nunca. El monje perdía la paciencia a momentos. No eran tiempos de quejas, ni de renuncias, era una misión divina que, de no realizarse, ponía en peligro las bases de la cristiandad. El tercer caballero, Raoul de Argoile, miraba absorto a Bernardo. Sabía por qué lo convocaban, su corazón palpitaba de emoción.


El benedictino hizo una pausa, preparándolos para la revelación. No era ésta una empresa cualquiera, un tesoro de la cristiandad estaba en juego. Quizás el más importante tesoro. Les informó que luego de desalojar a los islamitas de Jerusalén, Godofredo de Boullión, encontró en las afueras de la ciudad una tumba a la vieja usanza, donde estaba guardada una caja tallada en piedra caliza. Al comprobar su contenido no tuvo dudas de que debía preservarla, y celosamente la ocultó en su estancia. Allí se pensó seguro, pero el ataque de Zengui a Edessa, ciudad también poseedora de tesoros cristianos, puso en alerta a los pocos conocedores de esta caja. Balduino había aceptado que fuera trasladada a suelo francés, por lo que se necesitaba una expedición punitiva contra Zenghi, y a la vez, que desvíe la atención sobre el puerto de Jafa, para poder embarcar sin miradas de propios y extraños.
De la Frete y Thilly abandonaron su postura desinteresada, esto era importante y no podía ser obstaculizado; eran hombres de lucha y si la batalla era justa, mucho mejor. Raoul, con los ojos vidriosos, escuchaba con total fascinación. Era el elegido en esta empresa como custodio del tesoro, sentía que tenía asegurada la santidad por ello. Oraba en silencio, daba gracias al Señor por bendecirlo de esa manera. Thilly de pronto objetó que fuera trasladada en barco, los naufragios eran muy comunes. Bernardo se opuso al tránsito por tierra, asumió que los peligros eran mayores, y decía que la providencia los acompañaba. La seguridad teñía sus palabras.
El benedictino suspiró conforme, había conseguido la voluntad de estos caballeros, y con ellos el seguro patrocinio del rey Luis. El Espíritu Santo lo había iluminado en la elección del caballero de Argoile, ahora sólo faltaba comprometer a los germanos en la empresa. Los despidió implorando la bendición del Señor para estos hombres.

Paris
24 de Febrero de 2007
“En un cable fechado en Los ángeles, se da cuenta de la presentación del director de cine, James Cameron, anunciando un descubrimiento que echaría por tierra toda la estructura del cristianismo, no ya de la Iglesia Católica, sino de todas las vertientes religiosas ligadas a la figura de Cristo”

Gustav Popkev caminaba con aire de tranquilidad, aunque sumido en sus cavilaciones, por la rue Saint Jacques, frente a la Sorbonne. El ruido de la ciudad no podía distraerlo, desde que recibió temprano la llamada del Superior, un estado de conmoción contenida lo invadíó. Es cierto que había sido preparado durante la mayor parte de su vida para este momento, pero a razón del tenor de la responsabilidad recibida, no había apresto posible que atenuara la emoción que provocaba.
Nadie hubiera apostado a que este hombre de sobrio traje gris era un monje benedictino. Para el imaginario colectivo son hombres ataviados con pardos hábitos rústicos de color marrón, manos enfundadas en las mangas y un caminar beato. Gustav más parecía un empleado bancario. Todo tenía una razón: su labor en el Museo de arte medieval. No debía relacionarse con la orden. Menos que este edificio, a través de su persona, seguía teniendo relación con Cluny.
Los Abades de Cluny, depositarios de la caja de piedra caliza, fueron muy celosos en su conservación, así como en mantener en secreto su existencia. Luego de los saqueos de 1790, por miedo a que fuera descubierta, la trasladaron a la morada de los Abades en París. Una construcción contigua a las termas, antiguos baños romanos, depositándola en un subsuelo al que se podía acceder desde el edificio que ocupa actualmente el museo. Eso hizo necesario contar siempre entre las personas de libre ingreso, con alguien ligado fuertemente a la orden. Gustav ocupaba ese lugar.
La noticia había ocupado todos los titulares. El director de cine Cameron haría una presentación a toda pompa, asegurando que dejaría sin basamento a las iglesias cristianas. Una tumba familiar había sido encontrada en la excavación de Talpiot, a las afueras de Jerusalén, donde constaban los nombres de Jesús, María,  Judas, Santiago en sendas cajas talladas en piedra caliza, a la usanza de la época. Encontrar los huesos de Jesús daba por tierra toda la estructura cristiana. El Crucificado era hombre y siguió siendo hombre después de su muerte. No resucitó, no era divino. Si era convincente, la evangelización sería imposible.


Temprano esa mañana sonó el teléfono, apenas momentos después de haber despertado; la orden era precisa, sin posibilidad de error: debía comprobar el contenido de la caja de piedra. Su existencia era la respuesta a cualquier atentado contra el dogma cristiano.
Ingresó al establecimiento como lo hacía diariamente, repitiendo sus habituales movimientos, el orden en su escritorio, las llamadas usuales, y la recorrida por el edificio antes de la apertura. Luego de visitar las salas principales, se dirigió al pasillo sur como siempre, detuvo sus pasos frente al pilar donde reposaba el píxide de plata embellecido con sobre relieves alusivos a los milagros de Cristo. Detrás del pié de mampostería, corriendo un panel de la pared, dejó al descubierto un mecanismo de cilindros que hizo girar hasta que las inscripciones recordaran a San Bernardo y a Raoul de Argoile; nada era azar. La portezuela se soltó del piso, dejando a la vista una ajustada escalerilla. Bajó con habilidad, encendió su linterna para iluminar sus pasos en los ochenta metros que lo separaban de la caja. En una bóveda ubicada justo debajo de los antiguos baños romanos, en el centro de la habitación, sobre un prisma de mármol blanco, estaba la caja de piedra caliza. Caminó a su alrededor buscando detalles. No tenía inscripción alguna, sólo el sello de Godofredo de Boullión labrado en la pilastra. Se concentró, rezó brevemente. La linterna, apoyada en el suelo, impactaba sus rayos de luz contra el techo abovedado, que de un blanco brillante iluminó todo el recinto. Deslizó con suavidad la pétrea tapa de la caja, quitó con sus manos la capa de polvo que se había depositado en el interior, levantó con una mano la hogaza de pan y con la otra el pescado. A pesar de los dos mil años trascurridos, estaban aún frescos. Con su corazón latiendo desmesuradamente, dio gracias a Dios.  

© Luis Héctor Gerbaldo


 

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Biografía

Luis Héctor Gerbaldo (Argentina - Córdoba)

Escritor cordobés, nacido en 1958, dedicado a la escritura desde hace diez años. Cuentista, participante del taller de Minicuentos de Ciudad Seva, publicando en revistas literarias digitales y de papel. Seleccionado por Editorial Dunken para su antología "Manos que cuentan", costeada por la misma editorial. Ganador del Premio Internacional especial Garzón Céspedes para Monólogo teatralizado hiperbreve. Actualmente coordina un Taller de escritura creativa.