Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad





JORNADA DE UN HOMBRE NOCTURNO

Por: Hans Medrano

Ay de mí, ay del hombre que puede
quedarse solo con sus fantasmas..

NERUDA- El habitante y su esperanza

 

Llegó en silencio a su casa. Extrañamente sintió ese vacío, esa soledad que es como una sombra que opaca una mirada concisa a la vida. Abrió la puerta mientras la brisa lenta transcurría por esas calles calladas. Estuvo quieto con la puerta entreabierta envuelto en un pensamiento que lo asaltó de repente, de seguro contemplando en su mente el sentido profundo de ese sentimiento inapreciado.

Entró y al encender la lámpara se sobresaltó al sentir la energía de la luz, se sobresaltó al
experimentar la caricia tenue e intangible de una lámpara encendida. Allí, en ese momento, era la lámpara y él. La lámpara silenciosa allí inerte iluminando los vagos pensamientos de su alma. Se dejó caer violentamente en el diván y sin quererlo comenzó a oír como unas cuantas gotas transparentes asediaban su solitaria ventana. Se quedó mirándola con el ceño fruncido y con cierto cansancio en su mirada que denotaba su incapacidad de ser humano.

Trató de descansar, con la cabeza directamente viendo el techo. Allí sentado con las manos
entrelazadas podía darse cuenta de los diversos pensamientos que evitaban que el apacible sueño llegase en esos instantes. Era muy extraño verlo en la penumbra, en la radical oscuridad de la habitación.


Como si fuese el primer hombre olvidado del mundo. Como si quisiese desviar su destino a un abismo insondable y desconocido. Se agarró la cabeza como tratando de apaciguar los recuerdos que dentro de allí se agitaban, evidentemente, como tratando de descansar
de pensamientos que permanentemente chocaban en lo más profundo de su cerebro. ¿Qué hacía él allí, tan solitario? Pensaba en que gracias a él, esa existencia era un poco más que simple y que la rutina se aventuraba arrasando todo a lo que él le veía cierto sentido. Dejábase abusar del silencio y del desasosiego, de las tribulaciones cada instante
recordadas y de algo de tristeza que sentía agolparse en lo superficial de su ser. Estaba allí, en el diván sentado erguidamente, dejando fluir con calma todas esas mediaciones turbias que yacían acumuladas en su mente.


Después de un rato, dejando las llaves sobre una mesita –pues las tuvo durante todo ese tiempo en la mano-, se dirigió taciturnamente a la cocina y el bombillo pestañeó como avivado por un designio, como si ese artefacto fuera el aparato indicado de orientación. Con rumores mínimos, como el choque de la olla, el grifo abierto, la estufa encendida, se preparó un café. Notó como ese cálido vaho que despedía esa bebida obnubilaba su mirada. Sorbo a sorbo tomóse el contenido del pocillo y a intervalos se quedaba perplejo, como mirando a la nada, con la taza que pendía peligrosamente entre su pulgar y su índice.
Se acomodó de nuevo en el diván dejando el pocillo en la mesita de al lado, trató de leer para evitar sus crueles ensimismamientos, pero las tentativas resultaron vanas. Quería apartarse de su actitud pensativa, mas era imposible, no porque deseara caer en la tranquilidad, sino porque ese propio silencio lo aturdía. Le destruía: así lo sentía. Estaba como extraviado en un mundo confuso y laberíntico como buscando algo, o tal vez, como esperando algo. Creía
fuertemente en que alguna situación relevante llegaría a cambiar las cosas de su vida, creía en que había nacido para esperar ese acontecimiento, sin embargo, ignoraba el contenido y la proporción de dicho acontecimiento. Se veía como un viajero en una estación que espera el tren que tarda en llegar. Se veía ahí pasmado ante la realidad que el mundo había construido para él y que se desarrollaba lentamente ante sus narices. Era extraña su espera en esa soledad en la cual estaba sumergido, era extraña su espera en ese añejo diván frente a la oscuridad de la noche. No se sentía capaz de enfrentar esa vida que él, sin darse cuenta, había elegido para vivir. Se daba cuenta al salir de su casa todas las mañanas como una satisfacción irradiaba en los rostros de los transeúntes, de los viandantes de esa existencia. ¿Acaso esa satisfacción gracias a los demás, sería la felicidad? Pero ahí la pregunta era, ¿qué era la felicidad? ¿Sería tal vez ese conformismo sin fundamento que se había ido gestando desde el momento mismo de nacer? ¿O era, quizá, esa sensación de rechazo ante la soledad?

En verdad, despreciaba a esos seres satisfechos de los otros, a esos seres felices, a esos que ponían la otra mejilla ante las cachetadas de la vida, sentía náuseas cuando se daba cuenta como se saludaban unos a otros con una absurda efusividad. En verdad, creía también que esos seres no eran felices, más aún, que ni siquiera sabían que era la verdadera felicidad. Él
sabía que la verdadera felicidad se conseguía en la soledad, en la plena satisfacción de sí mismo y nada más, y que el egoísmo no era un defecto sin un valor, el verdadero regalo de la naturaleza. Pero, ¿por qué él no estaba satisfecho de sí mismo? ¿Acaso era la espera de ese algo lo que iba a llevarlo a la plenitud? Lo ignoraba, por eso socavaba en sus pensamientos, como un callejero perro en la basura. Deseaba buscar respuesta a sus preguntas, deseaba no contradecirse frente a su escéptico conocimiento de la vida.


Deseoso de distraerse un poco y que no fuera infructuoso el intento, salió de la casa cerrando la puerta con un golpe seco, unísono al silencio nocturno. Caminó palpando nerviosamente las llaves en su mano derecha y su mano izquierda resguardada en el bolsillo lateral de su chaqueta. La ciudad yacía hundida en las luces y en las tinieblas. La brisa gélida se aventuraba por las calles atestadas de quietud y uno que otro coche rompía el encantamiento por completo, pero éste siempre recobraba su ignota fuerza. Los establecimientos todavía yacían abiertos y sentía que todos los acaecimientos coloquiales que dentro de estos se desarrollaban eran más ajenos a él, eran casi desconocidos. Reconoció difícilmente el débil resplandor que salía de la ventana de una casa conocida. Se daba cuenta con su mirada absorta hacia ella como lo espiaban sin disimulo detrás de las cortinas de aquella ventana. La idiotez de aquella actitud de su vecina para con él hizo que él acabase por odiarla. No obstante, era un odio que se posaba en su mente durante unos segundos y rápidamente solía desaparecer como si fuera una impensable quimera.

Escuchaba sus propias recriminaciones hacia los demás,
los vislumbraba con cierto desdén fingido, con un
desprecio inefable que brotaba de su mirada. Su
execrable aversión hacia algunas personas había hecho
de él una persona tosca, indigna de ser tratada mas no
le importaba que lo tacharan con esos incomprensibles
adjetivos que para él eran palabras vagas de la plebe
problemática e intolerante.


Sin darse cuenta, detuvo sus pasos frente a la puerta de su casa. Yacía ahí quieta, intacta como si se hubiera preparado para esperarlo a él, como si ella consiguiese su felicidad con el solo hecho de que él la cruzara. Mas él no quería entrar todavía. No se sentía preparado aún para esa sencilla empresa, discutía consigo mismo el porqué del rechazo hacia aquel designio: lo ignoraba de lleno. Tal vez eran visos para ayudarle a evitar el silencio y el recrudecimiento de sus ensimismamientos que de seguro le llegarían cuando él atravesara esa puerta. Lo retenía la inquietud de encerrarse aquella noche. Sentía que esa noche no era para dormir, que a descansar no alcanzaría y no quería arriesgarse en una batalla en la cual posiblemente saldría vencido. Es más, decidió girar un poco y encaminar sus pasos hacia
el lado contrario de donde se dirigió la primera vez. Ya no sostenía sus llaves en la mano, afortunadamente se había cansado de ese absurdo ademán y las dejó caer dentro del bolsillo del pantalón. También se sentía un poco más liberado, incluso se daba el lujo de sonreír.
La soledad y la libertad desembocan en lo que es el verdadero fin del ser humano. Sin embargo, no podía controlar sus pensamientos, ya sabía que el estar solitario y un poco menos que libre no era algo gratuito. Pero sentía de una u otra forma un agradecimiento hacia su memoria pues era su única y principal aliada en encontrar aquello que buscaba con
tanto ímpetu y que le tenía un poco preocupado, mas era una preocupación, la que experimentaba, fácil de ignorar y que –según él- no sería algo trascendental para su existencia. Esa preocupación era cierta ignominia hacia el tedio que era lo que en realidad
afectaba el sentido de la vida. Definía lo que a él le placía como sentido de la vida y muchas veces hasta se contradecía, pero, ¿qué era el vivir de contradicciones? Una distracción que mantenía a la mente ocupada que sólo trabajaba en desenredar confusiones y organizar ideas que en resumen, se contraponían.


Mirando el sombrío césped de un jardín de una casa en la madrugada se convencía que en ese momento la noche era más que un confidente, más que su amiga. Alguien que graduaba su sentir, su pensar, su frenesí por quedarse callado. La noche tal vez era una sombra que lo inundaba sin más ni más de dudas, esperanzas de ignotas ilusiones y meditaciones.
Para fortuna suya encontró la silla del pequeño parque libre de indigente alguno y sin más miramentos se sentó en ella de la misma manera y con la misma actitud como lo hiciera hace ya unas horas antes en el diván de su sala. Se preguntaba por qué no había practicado esas incursiones nocturnas no sólo a su espíritu sino a la calle un tanto vacía. En verdad que
había desperdiciado tantas noches enclaustrado en su casa, descansando de cuerpo –mas no de alma- y no se habían percatado de los pensamientos que habían volado encima de él sin que se molestara en retenerlos. Aseguró para sí mismo que intentaría salir más frecuentemente; más aún, saldría todas las noches a divagar en esas lóbregas calles para ver que clase de tema a pensar le tenía preparado el azar y las circunstancias de un día completamente lleno de trabajo.


Un gran rato mantúvose en vilo a la expectativa de seguir molestando a su mente para que siguiera siendo efectiva en su búsqueda espiritual, mas no lo logró. Había captado cierta incomodidad en esa silla de parque que al principio no había dejado ver defecto
alguno pero con el paso de los minutos esa impaciencia de que no tuviese dicho defecto lo había incomodado verdaderamente. Se levantó y se alejó de aquel lugar un poco fuera de sí y con esa misma abstracción alcanzó a llegar –finalmente- a su casa. Ya no la veía como una jaula, sino como una cura al desmedido crecimiento de su cansancio. Estaba ahora ahí en su
mismo estado de quietud, mas se hallaba más imponente que antes, fuerte, admirable. Sin pensarlo de nuevo sacó de su bolsillo casi desesperado y abrió la puerta que seguramente estaba riéndose a carcajadas de felicidad y la cerró del mismo modo del que la había
abierto. Lanzó las llaves sobre el diván con su moribunda fuerza. Se daba cuenta como sus pensamientos morían o mejor dormían uno por uno, veía como se apartaban de él, rindiéndose y rogándole que los dejara tranquilos, que los dejara en su sosiego ineluctable.


Abrió la ventana de par en par y poco a poco su amiga la noche estaba despidiéndose de él, íbase durmiendo con la plena satisfacción de haberle colaborado en algo de lo cual él no estaba del todo seguro. Con los brazos cruzados sobre el alféizar de la ventana y gesticulando de sueño notó como los primeros resplandores del día lo lastimaban como si
fuera un vampiro. Estaba casi vencido por el sopor trasnochado cuando logró sus últimas fuerzas para llegar al diván y sentarse allí, sin darse del todo enterado, encima de las llaves.
Y cuando al fin todos sus pensamientos dejaron de trastornarlo se quedó silenciosamente dormido.

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