Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad




Jerónimo

 Por: Arabella Salaverry

 ¡Si por lo menos hubiésemos tratado de medir nuestros pasos, sincronizándolos, tal vez vos haciéndolos más cortos, y yo engullendo una distancia mayor, podríamos ahora caminar juntos!

            Como casi cada día, la calle es asfalto derretido por el sol. Vos caminás, caminás ajeno, enardecido por el deseo de transfigurarte en lo que te permita el delgado y amable purito de mariguana.
-“Adelantando, ni un paso atrás ni uno adelante. “Adelantando!”.
Cuando el arrebato era producto de muchos cigarrillos, permanecías en las calles “adelantando”, sin moverte de tu sitio.

Amanecer y de pronto, nube, viento sol agotado de su forma. La noche,
martillo ávido y los bostezos tragándose nuestras minúsculas tragedias.
El siglo que camina agigantado hacia su muerte y nosotros mirando espectadores apáticos mientras se encienden las lucecitas de una natividad inventada. Y vos, Jerónimo rondando en mi cabeza mi amigo Jerónimo desconocido.

                        Pero debo decir, sin lugar a dudas ¡Qué dicha haberte conocido! Todo en vos era vida y ésta aparecía en los agujeros de tu camiseta, en los racimos de banano que cargaste, con sólo el saco de gangoche para proteger tus espaldas, “come  mister taliman tali mi banana, ya me voy porque ya amaneció”.

                        Pero no te ibas, Jerónimo, amigo mío, sino hasta el mar, envuelto en el tufo de la carnada podrida. Cada amanecer del mes de octubre, cuando el mar es mercurio y el sol se asoma a mirar tu sonrisa total de dientes podridos, levantas las nasas construidas con soledad y robo pequeño, las colocas en el bote que el tiempo ha ido esculpiendo, más bien labrando, pintando con algas y líquenes, y te vas mar adentro, cada vez más mar adentro, en busca del nacimiento del sol y las langostas.

¡Ah, Jerónimo amigo mío, qué alegría haberte conocido y tu cuerpo sudoroso, del color de una astilla de canela, con algo de dorado parecido al árbol al que nombran Indio Dormido! Tu cuerpo relampagueante bajo el sol; uno más entre los tantos que llenan el puerto, tu cuerpo flor, corola, androceo, movimiento más allá del movimiento, tu cuerpo, Jerónimo, tu hermoso cuerpo negro misterio, alivianado por tus risotadas, voz tambor  para no olvidar tu origen.

            Ahí está también el aserradero. Y tu compañía en el aserradero. Tu trabajo y mis ahorros. El olor de la madera cuando la atraviesa la sierra gigante. Todo en  el aserradero. La enorme sierra. Y tu temor callado y al fin confesado. Tu pesadilla de las noches profundas de octubre: ¡Qué fácil para esa máquina viva partir un hombre a lo largo! Dejarlo como un cacao cuando se abre en dos, sus semillas babosas, blanquecinas, acostadas en esa masa rojiza, pardusca y sus tendones expuestos. En fin, qué fácil sería para la sierra partir un hombre en dos, y dejarlo como un cacao, y qué fácil y qué parecido al momento en que golpea el cuchillo y parte en dos el cacao. Aunque el asunto de la sierra era más lento, como para ir saboreando cada instante, Jerónimo asustado y tu cuerpo negro abriéndose en dos, un gran convite, los pocomías invitados, con sus cuencos para recoger la sangre y después bebérsela, gota a gota hasta la última gota, bailar dos o tres días, sin parar, siempre girando, recuperándose en tu sangre y la sierra enorme, taciturna, instrumento fundamental de este altar. Pero no, Jerónimo es sólo tu imaginación  que se dedica a jugarte esas bromas oscuras cuando el viento atraviesa el cementerio.

            Nadie me dijo, cuando compré el aserradero, entre pagarés, facturas, sellos y recibos, que detrás estaba el cementerio. Detrás de las altas palmeras, en medio de suaves y verdes colinas, de afelpadas colinas, detrás de las cercas de amapolas de pétalos intensos y largos pistilos, salpicado de caminos que no conducen a ninguna parte más que a la penúltima tumba de la última hilera, estaba el cementerio. Pero yo me acostumbré y para vos el problema se presenta únicamente durante unas cuantas noches con el viento alzado de algunos octubres. Tu trabajo y mis ahorros en el aserradero, hermanos siempre y para siempre.

            Hermanos uno y siempre, como aquella mañana de la pesca de langosta. La boca del Matina crecida, las olas como casas viniéndosenos encima, tus gritos para callar el alarido del mar, tus gritos salvajes y el miedo licuándome la cordura, sólo mar, el olor podrido de la carnada, y vos solo, Jerónimo, remaste para sacarnos del rompeolas que coronaba de espuma la densidad del aire. Tus manos pegadas a los remos, rotas, despedazadas, dos ampollas enormes que seguían remando enloquecidas. Y las olas enormes como casas después y antes que nosotros, devorándonos el mar. Y vos con las manos pegadas a los remos, manos en sangre. Hasta que lograste sacarnos a un espacio donde el mar volvía a su mansedumbre de mercurio. La espuma, la sal en tus manos rotas, llagadas.

Y la soledad de las largas noches en el muelle. Sentados, inmóviles, sin dejar al aire ni un bostezo, toda la noche, verde botella el mar, entintecido, mientras veíamos bailotear a una pareja de delfines y las aletas de los tiburones nos rondan, incómodos por nuestra presencia de piedra antigua. Noches siempre largas, con Agustín Lara muy a lo lejos, y el guiño constante del faro en la isla del frente, luz roja del enorme burdel que es el puerto para los barcos bananeros. Y los paseos por el tajamar de piedra, de roca y caracolillos vivos y el placer de desprenderlos y tirarlos al mar. Y las palmeras, Jerónimo, el parque con esa arquitectura exacta de palmeras reales, esperando los regresos de aquellos incongruentes pasajeros que se han ido perdiendo en los trópicos. Los caminos de arena trazados en la geografía de palmeras levemente insolentes, impúdicas, de troncos  blanqueados por la cal. Cuando te subiste a aquella, la más alta, para demostrar a esta pobre diabla blanca tu destreza.

             Y tu miedo, Jerónimo, cuando el tipo del machete llegó dispuesto a matarte. -“Por favor, patrona, mí no va para peleas, now you must tell him, mí no va para peleas”-. Y tus canciones en las noches de lluvia, con la humedad haciéndonos perder la conciencia, sólo tu voz recordándonos que éramos seres humanos y no algas.

                        Y aquel buen día cuando te llegó el momento del amor, Jerónimo. Todo el amor se te salía del cuerpo a repique de carcajadas. Mavis era de carnes apretadas como no me podía imaginar que existieran. Su luminoso color café con leche con un toque de pimienta de cayena, el pelo rojo ensortijado, apretado, una textura de algodón de azúcar y su alegría de vivir. Los ojos se perdían entre los guiños y luces con los que terminaba sus frases. Era la vida misma parada al frente nuestro. Y era tanto el amor que un día decidiste que ya era tiempo de matrimonio y de ausencia. Me anunciaste al mismo tiempo boda y despedida. Me pediste cien pesos  prestados para iniciar tu nueva vida.

                        Me quedé sin saber nada de vos por largo rato, Jerónimo.

El tiempo pasó sin verte de pronto este encuentro inesperado en Portete, te pregunto por tu boda y por tu vida, y me explicaste con múltiples razones por más de media hora, todas válidas, que preferiste, porque era mucho más útil, comprar una bicicleta antes que casarte.
¡Cómo olvidarte alguna vez, hermano, amigo, Jerónimo por siempre!

 

Arabella Salaverry. Del libro inédito “Mujeres en Vigilia y Duermevela”

 


 

 

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