Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



IVRESSE II

 

Por: Edgar Hans Medrano Mora

 

II

A veces me encontraba, luego de mucho tiempo, sumido en el aburrimiento y me la pasaba en silencio, meditando sobre la estupidez de algunos medios de comunicación, sobre lo ínfimo de los chismes de barrio y sobre lo interesante que sería descubrir algo inédito. Iba por días, y me quedaba hasta semanas, a donde mi abuelo paterno, el cual tenía una casa de esas solariegas que me apasionan porque de vez en cuando experimentaba la sensación de estar en un tiempo ya pisado y hasta tocado, experimentaba el contacto de nuevas ideas y hasta voces que llevaban cierta pausa de Te Deum.

En fin, me encerraba allí a ojear periódicos viejísimos, amarillentos de sucesos que causaron conmoción pero que con el transcurrir del tiempo se fueron saliendo de las memorias como el dinero se sale de los bolsos en un centro comercial. Me extasiaba contemplando pinturas de otras épocas, libros llenos de un polvo que más que polvo era una comprobación tangible de cómo el paso de los años va sepultando la naturaleza de las cosas. Pasaba noches enteras instruyéndome entre viejos escritos y ecos de palabras que asediaban mi oído hasta que un día no pude aguantar más una incitación eterna que me invadía por todo el cuerpo desde hacía tiempo y decidí, con todo el carácter que podía ostentar en ese momento, quemar mis escritos de adolescente. Decidí deshacerme de las crónicas de mis felicidades y sufrimientos, de las crónicas de lugares recorridos, libros leídos, sentimientos que ya me causaban fastidio gracias a lo bastante que los repetía, no sólo para mis adentros sino en el papel.

Cuando llegué apresuradamente, luego de estar en el autobús sentado, con calambres que odio y oyendo una emisora que me hace despreciar hasta mi propio yo, me encontré en mi habitación con la caja de zapatos donde guardaba dichos escritos totalmente vacía. No entendí aquella situación mas debo reconocer que algo de mí se alegró, ya que debo confesar que no me sentía totalmente capacitado para destruir con mis propias manos toda esa cantidad de hojas. Sin embargo, envidié en algo al que se hubiera atrevido a encartarse pues hubiera vendido ese papel a las personas más conscientes que todo humano debe conocer: los recicladores.

Me senté en el suelo –sabía que dentro de poco se me empezaría a adormecer todo y tendría que prepararme psicológicamente durante dos horas para atrever a pararme- a pensar en la cantidad de horas desperdiciadas de meditación y trabajo, en la cantidad de horas-para-dormir que había sacrificado y enseguida me acordé en un largo y triste y absurdo poema que compuse siendo estudiante, un poco influido por la elegía de un poeta que extraño por esos días. Aún recuerdo que dicha elegía comenzaba así: «Divitas alius fulvo sibi congerat auro / et teneat culti jugera multa soli, / quem labor absiduus vicino terreat hoste, / Martia cui somnos classica pulsa fugent». No puedo evitar decir que al momento de darlo a conocer en mi colegio una admiración por parte de mis maestros creció repentinamente y una envidia de mis condiscípulos me atacó como si fuera un peligroso animal salvaje. Por eso me empecé a sentir algo inseguro allí, me sentía más asustado que un hombre a media noche en una gran ciudad y que inevitablemente le llegan crisis del extraño (o terrible) delirio de persecución.

No obstante, las personas en las que en aquellos días confiaba hasta mi ropa interior me aseguraban que no había de que preocuparme, que todo eso eran bobadas mías, que si me estaba volviendo loco, en fin, miles de cosas e insultos indirectos los cuales veía llegar a mí más directamente que si me los hubieran escupido en la cara, y otras cuestiones del mismo tipo. En aquel cuarto casi abandonado por mí y por tratar de ser parte de ese “guwqi deautof” de Sócrates que aprendí antes de ser totalmente silencioso, me veía en días –que ha mucho tiempo pasaron- escribiendo versos en un cuaderno de aritmética de tercer grado de primaria o resolviendo crucigramas de periódicos que no dejaban de anunciarme noticias sangrientas y trágicas que ya no despertaban sentimentalismo sino mera repugnancia.

Al verme recordándome el niño, el adolescente enfebrecido de sentirse nuevos de aquellos días, eché de menos por cortos instantes mis composiciones, las veía ahora como un pedazo de mi vida –bueno, mal retratado- que resultó por un momento salvado de los fecundos y perjudiciales devaneos de la memoria. Eso sí, sólo por un instante, ya que luego de que lo hube pensado bien y sin tanta prisa decidí que aquello que había dejado perder no me haría ninguna falta. Haberlos perdido sería un símbolo por parte mía para así querer olvidar el tiempo de antaño, olvidar bien olvidado lo que todavía sin explicación alguna conservaba como si fuera el presente en mi mente. Soñaba con deshacerme de buena parte de esa carga de remembranzas que llevaba, pero sin cambiar nada de mi yo actual. Estaba conforme con lo que era ahora y en la vida había sentido tanta satisfacción. Sin embargo, se me mezclaban otra clase de pensamientos como las veces que sentí una obstinación tenaz por tratar de revivir el pasado, recordándolo me sonrío pues eran tonterías las que yo hacía, por ejemplo, colocarme un atuendo exactamente igual (sino el mismo) al que llevé un día donde experimenté sensaciones agradables y determinantes, también el organizar mi escritorio con las mismas cosas que tenía en días pasados, o hasta hacer cosas que ya había dejado de hacer como mirar el atardecer o pasar por calles que me anunciaban felicidades inéditas o promociones increíbles. Y me daba cuenta que yo era como toda esa gente que respira y que cobra intereses por prestar dinero, que yo era como los hombres que corrían prestos a suicidarse o que corrían con una bolsa en la mano detrás de un camión de basura; no podía negar que yo tenía costumbres diferentes que al fin y al cabo me daban algo de particularidad y hacían que la gente me mirara de forma distinta con que miraban a otro y a otro, porque sabía que a todas las personas no se les mira de la misma manera. Sabía que si estaba en mi barrio no se me miraría igual que si estuviera en la Carrera Décima, en el Parque Simón Bolívar o en el Pont des Arts.

Por épocas se salían palabras de mi memoria, sonidos que son fáciles de producir por medio de la garganta, algo más avanzado que toda aquella ventriloquia con que la vida se viste. Recordaba las imágenes de señoras gordas con cochecitos que se detienen en McDonals y me hacen sentir muy triste debido a que mi dinero no alcanza para comer toda esa comida chatarra que me afecta los pulmones, el intestino y el alma. Y creía deshacerme de varias dudas, preguntas y hasta de una fotografía de una muchacha alegre y lozana llamada Tracy. Confusión, confusión... mi mente convulsionaba con extraños zumbidos, con silentes murmullos que me provocaban ganas de orinar por lo definitivos que eran y porque quizás semejaban el recodo del agua (que todas las gentes no se molestan en contaminar con todas sus porquerías) en un arroyo. Y de repente evocaba tiempos en que yo era un tipo idiota y sentimental, no pasaban ni cinco segundos de ello cuando me llegaban como caídas del cielo unas hórridas y trascendentales ganas de vomitar. Sólo cuando ello ocurría me odiaba con toda el alma, quería olvidarme de ese humano que semejaba tener el corazón en el estómago (Hígado). Hace tiempo, cuando recordé en una cafetería débilmente iluminada, al frente de la cual pasaban empresarios y pelanduscas, escribí una carta con el objeto de entregársela a una mujer alegre y lozana de la que en definitiva quería olvidarme.

 


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