Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



IVRESSE

Por: Edgar Hans Medrano Mora

El Sabía que estaba algo desesperado. Trataba deocultarlo de manera más o menos creíble, dejando aveces todo lo que me caracterizaba de lado, como sidejara de lado una pelusa o un trozo de hilo que meimportunaba en mi vestido. Abundaban los esconditespero aceptarlos hubiera sido acrecentar mi mediocridadpara vivir y para enfrentar lo que cada momento traíaa cuestas. Cada momento que veía pasar era unasucesión de micro-momentos que para mí no teníansentido alguno, pero que se iban inscribiendo,adhiriendo a un suceso pasado o futuro casiimportante, el cual solía ser definitivo o un intentomás para ignorar aquello. Ya estaba harto de buscar lavida que buscaba, yendo tras ella, yendo tras eseúltimo recurso que quizá no me convencía de que fuerael último ya que sospechaba encontrarme con másoportunidades y no sólo con esa.

Trataba de evadir eldestino, de no caer en su camino-peligroso-para-mí, loevadía como aquella vez en el parque (ya hacebastantes años, tal vez antes de mi recodoadolescente) en donde agradablemente, entre papelestirados por gente despreciable y llantos de nostalgiaque me provocaban náuseas, leía una pésima novela deun inglés del siglo XVIII (no es Sterne, ni Defoe, niFielding, ni ...), cuando un granizo estúpidamente pesadocomenzó a caer sin dar aviso con un cielo gris yaburrido, y sin brindar una esperanza sin olor alluvia de ínfima salvación. Y lo peor fue que esegranizo obedeciendo a las leyes firmes e inmutables dela gravedad descubiertas por sir Isaac Newton, megolpeaba con un traqueteo desesperado, aun peor queuna sinfonía mitológica de Wagner, o una noticia deuna prima embarazada (demasiado joven para ser madre,demasiado joven casi niña) que ya conoce todo el mundomenos yo y que me provocaba de uno u otro modo ascohacia este tiempo tan extraño y que hiede a sangre ypetróleo.

Pero volviendo a la lluvia, me salía decontrol al no hallar un lugar donde el agua no meperjudicara y no me mojara y no me causara futuramenteuna enfermedad que se cura en ocho días o dos días, endiez o de una tarde a una noche. Corría para ir a unárbol lo suficientemente perfecto pero que ni aún asídebido a las piruetas oblicuas de ese espectáculohúmedo e inoportuno. Me ponía debajo de una P, la cualhe visto en casi todos los parques, donde sé queprestan libros mas en ningún momento la he vistoprestando ese servicio, a pesar de estardesesperadamente ávido por leer o conocer el rostro dequien cuida ese lugar al estar abierto. Buscabarefugio debajo del tobogán en el lugar infantil delparque, debajo de una silla, debajo de un pórtico decancha de microfútbol ya bastante hastiado de verllover.

En fin, cuando escampó después de tantasplegarias mentales a Dios y de ver desparramadas enletras mi libro y de botarlo o regalarlo luego dehaberlo leído y haberlo mojado, me observé con unacuriosidad minuciosa y científica con el propósito dedescubrir que partes no había tocado esa catarata delágrimas etéreas, con el propósito de darme cuentaporque llovía a esa época del año. Al fin, terminabade realizar esa inspección, claro que menos precisaque la que realiza la seguridad de un aeropuertonacional o extranjero con un compatriota mío, me iba acasa o a un suburbio mirando a las personas que sehabían mojado y que sin embargo, a pesar de estarestáticas, se habían mojado menos que yo, yo, quetrataba de evadir la lluvia para buscar un refugio,algo muy complicado de entender pero cierto porrazones inexplicablemente evidentes. Sabía que evitarlo que se tenía preparado para mí podría traermemayores consecuencias que sentarme a esperarlo. Ahora,me hacían falta miles de cosas, especialmente ella,que sinceramente ya se había transformado endefinitiva como el leit-motiv de mi existencia, loprimordial. Hoy, andaba en otro parque, con libros, con sueñosvanos, con sueños. Irrefutablemente tenía mi vistaposada en dos perros que se paseaban a mi alrededor yrepetían ademanes, repetían posiciones que ya habíavisto por diez u ocho años.

No me ocupaba en esemomento en lo que me acaecería, sólo me remitía alpasado, dudando en decisiones que una vez tomé,arrepintiéndome por un trozo de ellas, sumiéndome enimágenes que poco a poco se borraban como una cinta defilme ya demasiado gastada y amarillenta. Si por míhubiera sido, me hubiera quedado dos días seguidosbajo la oscuridad y la luz que ya me fastidia, en esasillita de parque, leyendo más de mil veces una frasesin sentido soterrada en un párrafo que quieroolvidar. La vagancia en ese lugar me hubiera incitadoa caricaturizar a Schopenhauer en sus mismos libros,con su pesimismo mefistofélico y todos sus atuendosescépticos que me han afectado hasta el cansancio.Vivía en un mundo que había creado por ella y sabíaque abundaba la inutilidad de los pensamientos que loúnico que hacían era complicarme todo y ni siquierapensaba en cosas útiles como lograr andar con varioscentavos en el bolsillo para invertirlos en frusleríaso en estupideces tipo pop-art o libros de caballerías.No tenía ni para comprar unos zapatos. Los que llevabaestaban despedazados hasta el paroxismo por el hábitovacío de andar por calles bastantemente recorridas,por andenes pisoteados, por bolardos golpeados sinintención por piernas distraídas y moreteadas; eranzapatos muy feos, pero ya les guardaba un cariño ypara exagerar casi un respeto místico, ni siquiera unagradecimiento por aguantarme en todos los aspectoshumanos. Ropa, vestidos, todo eso me hacía falta y notenía reparo en ignorarlo.

Mi guardarropa algo atiborrado de nada abría sus fauces en busca decualquier objeto para llenarse. Ni siquiera eso meimportaba. Esa sensación de añoranza que experimentabaera tan persistente y tan fija que podía a vecesolvidarla pero sentía que estaba ahí como la billeteraen el bolsillo trasero de mi pantalón. Pero esasensación era más trascendental, más definida, másinasible. Me miraba con una lástima compacta, conmirada crítica y destructiva, con ganas y deseosférreos de intentar corregir lo incorregible.Mirándome la recordaba a ella y con ella mis tristes yextravagantes días de estudiante, allí en el colegio,donde veía frecuentar muchachos y muchachas de todaslas actitudes: depravados, ladrones, histéricos,enfermos (en el sentido del comportamiento),responsables (en extinción), aquellos que no hallabanla diferencia entre el número p y un perro, aquellosque se miraban con un odio estético y exagerado. Noobstante, habían también aspectos buenos en algunosque afortunadamente evitaban que yo me aburrierasumido en ese circo que más que de personas parecía deanimales que hablaban y que cometían peoresbarbaridades que ellos. Yo me olvidabaintencionalmente de todo esto para gastar mipensamiento en sólo ella, que era la que realmente meimportaba. La llamaba Elvira aunque ese no era suverdadero nombre, la bauticé con ese nombre más comouna impresión primeriza que tuve cuando la vi que comouna necesidad de participar en el mundo exterior.Cuando ella llegó se transfiguró en un cosquilleointerno la sensación de haberla visto y ahora en esteparque donde emergían los clichés de cada silencio, enmedio de los perros idiotas y cochecitos de bebé consus rumores molestos, tenía la certeza de que ocultarmi desesperación por encontrarla era prácticamenteimposible.

Cuando juntos estuvimos tantas veces,tantas, tantas veces, vivíamos con sentimientosrecíprocos, ajenos al mundo protervo que nos mirabacon disimulo soslayable, vivíamos sin exagerarnuestros tiempos libres en estar juntos, era más unacostumbre la de mantenernos unidos que una sensacióntrascendental. En nuestros momentos vacíos, podríajurar que cada uno pensaba en el otro, perohundiéndonos en un sueño que contaba con su propiamarca registrada y se dejaba ver a través de lasclaraboyas del misterio, era un sueño que dilapidamos,que gastamos hasta el cansancio, hasta que no se pudo–o no pudimos- sostener más. Ese ambiente loconstruimos en poco tiempo, un tiempo inolvidable, yse derrumbó inexplicablemente.

Aún tengo secuelas dela sensación que tuve con la partida de ella, salió demi vida como si hubiera salido un extraño confundidode una casa, salió con una actitud rara que me dejabaen posición reflexiva y analítica. Yo sólo buscabaencontrar la respuesta al reguero de preguntas quellegaron a mí en ese instante, quería despejar todaesa cantidad de dudas que sabía que me provocaríaninsomnio tarde o temprano si no las aclaraba. Era uninsomnio que no se curaría ni con drogas ni conantifaces, ni se acrecentaría con un insípido café.Era un insomnio uniforme, una especie de insomnioespiritual, difícil de hallar por la gran cantidad desombras y preocupaciones que lo seguían. Luego dehaberla visto marcharse intenté curar mi desesperacióntratando –teniendo como impulsores mi silencio y misoledad- de desterrar de mí todo lo que en mi memoriaestaba saturado de su recuerdo. Nunca pude hacer eso,a pesar de internarme en mundos quiméricos por mediode los libros, a pesar de pensar en mundos turbios,mundos despectivos, mundos que olían a olvido y apapelitos azules color Hegel und Freund. En mihabitación, en medio de diversos intentos de olvido,me llegaba su imagen, llegaba como si fuera la luz porla mañana que me saca de mi sueño y me despertaba delinstante de efluvios pensativos en que me hallabacuando a veces se juntaban con faenas que me gustaba ocorrespondía cumplir, me despertaba su imagen de mioscuridad impregnada de un doloroso perfume deangustia, esa oscuridad que me inventé para intentarreemplazarla o para lograr estudiar mejor sin queningún transeúnte con rostro de yo-no-fui medistrajera. No buscaba en esos instantes volver averla, solamente quería descansar de todo aquello queme agobiaba, quería descansar del lenguaje poético desiglo XIX que aún llevaba en mis venas a la hora deescribir mis reflexiones y lo poco que me ocurría enmis diarios.

No trataba de encontrarla, pero por algoque todavía no me explico comencé a andar y andar, talvez en busca del otro yo que dejé extraviar al creerque Elvira era mi otro yo. Caminaba con tranquilidadindispensable, con tranquilidad que viraba micomportamiento de manera impresionante. Recorrí muchaspartes, diversos parajes se fueron agolpando en mimente y aún los recuerdo, gracias a diversos detallesfísicos que daban vida a aquellos cuadros humanos, loscuales heredan algo de nostalgia a los instantes quesiguen. Gasté zapatos como quien gasta rollos de papelhigiénico, me hice conocedor de lugares peligrosos, deparques que olían a orines, de vendedores ambulantes conmanos sucias que ofrecían cafés o cigarrillos muyofrecidos, de ruidos suaves y ensordecedores mezcladoscon zumbidos y hedores de baño público. Me extraviabaentre avisos malamente releídos que se perdían en laciudad gracias a la indiferencia de las casas que meobcecaban hasta el cielo. Creía encontrarla detrás delos postes que iluminaban una bocacalle nada limpia odebajo de los balcones de mujeres malgeniadas que nodiferenciaban en lanzar sus plantas o baldes con aguapodrida, quizá con el propósito de refrescar o sacarlela piedra a algún infortunado, absorto en susmeditaciones.

Me dolía reconocerme a mí mismo que mesentía prisionero por mis propias sensaciones, que mesentía hastiado del exterior por no poder mirarle aesa mujer su cabello corto y escuchar sus cantosflojos que me recordaban tardes de un sábado allá porla época de mi infancia. Lo único que supe fue que mivida comenzó cuando comencé a odiarla (a la vida).Desconocía ese sabor del camino que ya empezaba arecorrer ausente de taxis y semáforos que algunossabios llaman con la mano tocando convencidamente elmentón, la vida. He ahí la vida... Welcome the live...Hélas, ma vie. Sólo eso podía decir sin dejar de mirarcon los ojos del alma todo lo que hasta ese lugar yminuto me había ocurrido. Fue por esos días cuando ya no encontraba nihablaba, y bajo todos los aspectos, trataba de evitara los que habían sido mis amigos. Ya tenía más dineroen mis manos y lo dilapidaba como se me diera la ganasin tener que brindarle a ninguno; ya cuando comprabaempanada no era necesario cederle el 75% a esosamigos, pues ya no estaban. Me sentía feliz puessospechaba que iba a engordar muy pronto. Sin embargo,como rito sagrado o costumbre difícil de evitar,consumía el doble, ya que creía darle esa parte aElvira, como respetando un acuerdo eterno queprácticamente ya era complicado de violar. Pero prontodejé de hacer eso, aunque no fue fugaz el tiempo enque fui dejando de comprar o conseguir folletos que meinvitaban a conferencias que iniciaban con SegúnFreud, o Como todos sabemos.

Escarbaba en el tiempo,intentaba sacarle provecho a cualquier segundo queveía vagando y que gesticulaba como comiendo palomitasde maíz. Llenaba esos segundos de personajes insignes,sermones Mr. Yorick, espantos y miedos trillados,paseos imaginarios y un poco confusos a través deDublín, magdalenas y tés y hasta en castillos quenunca había visto con agrimensores a bordo. Pensabasin cesar en todas las posibilidades que tenía paraevitar desesperarme y conscientemente seguir viviendoesa vida que hasta ahora sentía que ya era mía por elhecho de decirlo, por el simple hecho de decir que porla libertad se consigue vida y sin ignorar que el amores ajeno a la libertad. No podía, en esos momentos,desenredarme de toda esa cantidad de pensamientosinútiles que trataba como asuntos importantes y que ala larga terminaba olvidándolos. Hice de todo, en todolo que aparecía fui metiéndome y en todo lo que memetía fui apareciendo, era una cadena tan copiosa ytan tenaz de descifrar que ya me causaba repulsiónsolamente el tener que imaginarla. Un día, pasé sindarme cuenta cerca de un teatro y las ganas por entrarfueron inimaginables, no obstante, había algo que melo impedía, ese algo me tuvo allí con la mirada fija ydirigida hacia el vestíbulo del lugar no permitiéndomeingresar. Como será de inexplicable lo que acontecióque hasta llovió y todo –otra vez hablando de lalluvia- y me mojé sin siquiera tener el impulso dehacerme en un lugar seco para evitar mojarme. Ese día,extrañamente, me quedé ahí ensopado y con mirada deindigente hasta que decidí partir –obviamente que sinentrar-, ya que en ese preciso instante sentía que elcansancio me vencía poco a poco, como secuestrando sindetenerse cada parte de mi cuerpo. Duré más de dossemanas sin poder levantarme de la cama gracias a laenfermedad y gracias a una absurda pregunta que no sedespegaba de mí y que decía: «¿Qué es lo que yo estabapensando durante todo ese tiempo?». No sé si fue poresos días cuando comencé a sentir un desesperotranquilo, que no me acosaba, mas estoy seguro que apartir de esas raras circunstancias, sin sobresaltoalguno, me convencía hora tras hora en que yo, esepobre muchacho que allí sufría de desilusión y gripa,ya no volvería a ser el mismo de antes.

Continuara


 

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