Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

Idilio

Martha Yaneth Ruiz T.

 

Ella lo creó hace mucho tiempo, cuando aún era pequeña. Jugaba sola con sus juguetes. Supo que necesitaba un amigo. Lo inventó. Lo llamó  Sebastián.                  

Ahora, después de muchos años estaban juntos pero él seguía siendo un niño en busca del calor de su madre. Quisiera volver al nido esencial. A ese lugar tan cálido y confortable donde alguna vez satisfizo su necesidad de protección, su deseo de ser arrullado eternamente. Pero no, estaba allí, vivo, creciendo a la intemperie. A veces la melancolía lo embargaba. Se le notaba al andar, al hablar. Se le veía parsimonioso, cabizbajo… Mucho tiempo estuvo así, vagando sin sentir, sin reconocer su lugar en el mundo, con los pies elevados y la mente aún mucho más elevada en el espacio inmóvil de la ideología vargasvilezca.  Por ello su relación con la mujer era ambigua: anhelaba su protección pero la repudiaba como si realmente fuera demoníaca. Trataba de dominarla como si el instinto de ella lo desbordara y removiera bruscamente de su constante limbo. A su mamá la gritaba mientras ella le prodigaba ternura. A sus compañeras las usaba y luego, sin recibir daño alguno pretendía ignorarlas dejándolas con una sensación de intranquilidad.

No había recibido el ejemplo de un padre afectuoso con su madre.

Poco a poco Sebastián se fue distanciando de aquel universo cerrado a la vida, enfocado en los ires y venires intelectuales. Detestaba todo; su inestabilidad, su incapacidad de relacionarse fluídamente… tanta teoría intraducible en hechos.

Aunque ella no era una sirena, su canto flagelaba como bocanada de dragón. Había reprimido su instinto social. Después del largo encierro causado por una desilusión de amistad quería darle al pequeño universo que la rodeaba la esperanza de cambiar la realidad agobiante del dominio material. Estaba enferma. Quiso entonces abrirse a una nueva vida, conocer gente culta; personas que compartieran sus intereses… conseguir verdaderos amigos. Pero en su locura se estrelló con orgullos mayores al suyo… sabios predicadores que querían imponer verdades retrógradas, máquinas pensantes, autistas de la razón.

Así se conocieron; él no quería escuchar, ella no podía callarse. Chocaron, parecía no haber punto de encuentro pero algo bullía en el interior. Una fuerza los atraía. La misma hacía que al encontrarse explotaran en mutuos reproches. Ambos egos resultaron lastimados.

Pasaron muchos días sin que se vieran.

El tiempo y la necesidad de formar parte de un grupo los hizo bajar la guardia. El siguiente encuentro fue extraño para ella: “Estaba cansada de discutir. Cuando lo vi me alegré. Decidí esperar callada para ver en qué estado de ánimo se encontraba. Sentí que de alguna manera quería acercarse a mí. Me sorprendió cómo él, quien  antes replicaba cada cosa que dijera se mostraba ahora comprensivo… tierno.”

“Quizá hasta ese momento la vi bella, deseable. Con su falda y los brazos descubiertos lucía delicada. Esa mirada denotaba necesidad… anhelo de ser protegida… protegida quizá de sí misma. Hubiera querido abrazarla, pero decidí no hacerlo. Uno a uno los compañeros se fueron yendo. La pude abordar sin que nadie presenciara nuestra escena.”

“Se me acercó, nos dirigimos hacia un lugar incierto. Su melódica voz me condujo a un oasis. Me sanó… empezó a hacerlo.”

Desde aquella vez, poco a poco se han aceptado mutuamente. Aunque no faltan los reproches de un lado u otro, el cariño crece como rosal; difícil de plantar, pero una vez cimentado gracias a las espinas se fortalece.

          “La flor de tu sexo me ha dado vida y se que mi energía también te ha alimentado…”

“Estamos juntos pero separados. Juntos por momentos… Separados, las más de las veces.”

¿Cuánto durará este idilio interrumpido?

Nadie lo sabe


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