Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



Historia en PELOTA

Por: Roosevelt Castro B.
Director Historias a la Redonda

Voy ha contarles mi historia al desnudo, es una historia en pelota. Yo no sé por qué todos me tratan a las patadas, si soy la más importante del deporte de las multitudes: el fútbol. Es que sin mí no podían jugar. Así de sencillo. Debe ser un proceso milenario, pues desde China hasta nuestros días he sufrido ese maltrato machista.

La historia comienza en el oriente pero no colombiano, sino en las extensas praderas de Asia. Veinticinco siglos antes de nuestra era, en la antigua y milenaria China se practicaba un juego violento que servía para el eficaz entrenamiento de las tropas. Esto consistía en impulsar una antecesora mía hecha de cuero crudo, rellena de crines, hasta la meta rival para conseguir el éxito. Con el tiempo esto se convirtió en un espectáculo. ¡Puedo decir que allí empezó mi maltrato!

Luego, los egipcios adoptaron una forma similar para ponerme a rodar por el mundo: en telas de colores me envolvían con cáscaras de granos y paja. Los griegos y los romanos no se quedaron atrás: usaban una vejiga de buey inflada y cosida. Todos siempre tratándome mal, a las patadas. ¡Qué tristeza!

Fue en la Edad Media y el renacimiento europeo cuando un grupo de maltratadores, entre los que se cuenta el pintor Italiano Leonardo Da Vinci, me cogieron y me cambiaron de forma. Y hasta el relleno era diferente: las crines de los caballos me servían de alimento para “mantenerme en forma”.

No sé si di un gran salto, pero en México me hicieron de caucho y tuve alguna consideración con sus jugadores: ya no me maltrataban con los pies, sino que lo hacían con la cintura u otra parte del cuerpo. ¡Gracias a Dios! , O mejor dicho a los dioses aztecas!. Eso fue antes que vinieran esos trogloditas europeos y vinieran a conquistarme. Claro que me cuentan las malas lenguas que Hernán Cortez se llevó una muestra de una de nosotras para entregársela como regalo a Carlos V. ¡Es que nada que ver, tu sabes!

A mediados del siglo XIX tuve un “Goodyear”, es decir un “buen año”. Sí, fue exactamente Charles Goodyear el que, con su ingenio, se inventó la manera que no me rellenaran de crines o paja o cualquier otro elemento y me diseñó una cámara de goma, hinchada por un inflador y recubierta de cuero. A ese norteamericano de Connecticut, le debo que no subiera de kilos y me conservara en forma. ¡Me pareció súper!

A Medellín llegué en las maletas de Guillermo Moreno, un rico comerciante antioqueño, luego de un viaje al viejo continente y sirvió para cambiar la lúdica rural que existía en nuestra ciudad por una más citadina, según lo cuenta el historiador Rodrigo de Jesús García, en su “Breve historia del fútbol en Medellín”. ¡Huy, qué nerdito!

Ya para 1931, Luis Polo, Antonio Tosolini y Juan Valbonesi, en Belle Ville, Córdoba, Argentina, me idearon sin tiento: el secreto consistía en una cámara dotada de una válvula que impedía el escape de aire une vez inflada mediante un pico. ¡Cómo quien dice “ahí están haciendo el oso siempre”!

Un año antes, me cuenta una vieja pariente mía que, en el mundial de 1930, las selecciones finalistas, Argentina y Uruguay, decidieron jugar con una familiar nuestra. El primer tiempo jugaron con nuestra pariente Argentina. Me cambiaron para el segundo tiempo por la uruguaya. Fue una muestra de cariño hacia mí. Nunca me sentí más halagada y soporté con un estoicismo bárbaro, las patadas de los 22 gladiadores suramericanos.

¡Uy, qué oso!. Mi cuerpo ha cambiado de forma, peso y tamaño. Mi peso y mis medias actuales son de modelo anoréxica o bulímica. Con decirles que no sobrepasa la libra: son escasos 450 gramos. Y mis medidas 90-60-90 no son las ideales pues mi cintura ó mejor dicho mi circunferencia está entre 69 y 71 centímetros. ¡Son razones de peso y de medida como para estar acongojada!.
Y qué decir de mi forma: redondita, aunque alguna vez fui ovalada.

Pero no sólo me han cambiado la forma, el peso y medida; también han transformado mis colores y mi vestimenta. Sí, desde mediados del siglo pasado era marrón, después fui blanca, y ahora luzco cambiantes modelos en negro sobre fondo blanco y multicolores, como para que me puedan ver bien pintorreteada en las canchas del mundo.

Otra cosa que no tolero es que me cambien el nombre. Unos me llaman redonda, esférica, pelota, globa, la lunareja, la número cinco, pecosa, eso está bien cuando de equidad de género se trata. Pero que me llamen con nombre masculino, eso si no lo puedo tolerar. Nombres como balón, el proyectil. ¡No los soporto!... ¡No los soporto! y ¡No los soporto!. Mejor dicho: ¡qué intensos!

Por eso amo muchos a los brasileros, pues ellos me quieren como realmente soy: una bella mujer. Me llaman nena o gordita ó me bautizan con nombres como margarita, maricota, o Leonor. Con decirles que los más grandes del orbe futbolístico no me golpean, .me acarician y hasta me besan. Es si no ver algunos de esos genios lo que hacen conmigo.
Hasta aquí mi historia en pelota. Y recuerden siempre que soy una mujer muy ofendidita. No me gusta que me traten a las patadas, ni que me peguen por venganza. Exijo que me acaricien, me besen, me duerman en el pecho o en el pie. Soy orgullosa, quizás vanidosa. Los quiero mucho. Cuídense. ¡mua! mua!


 


 

 

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