Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



Este Helado de Fresa
Por: Camila Duarte

A Juan lo sorprendió esa mañana de cielo azul sin ella.
Ya no estaba, no estaría, ¿estuvo quizá?

De pequeña siempre había soñado en convertirse en una señorita sofisticada de sombrero de ala grande. ¿Para qué? Pues para vengarse de todo el mal que había visto sobre las mujeres de la familia. Estaban las sometidas a esposos alcohólicos, las que amaban a donjuanes con mil hijos regados por el mundo, o las que mendigaban a los prósperos profesionales que habían viajado por América y Europa y las habían dejado a ellas luchando con sus hijos asmáticos. Sí, quería crecer y seducir, y saborear ese sabinezco helado de fresa de la venganza, solo comparable con el placer que le daba el arrancarle las alas y las patitas una a una a los escarabajos del jardín para después de un rato de agonía prepararles un hermoso funeral con florecitas y una cruz hecha de fósforos. ¡Sí que eran bonitos esos funerales! Venían muchos amiguitos a consolarla.
Juan por su parte, se ufanaba de haber conocido el mundo y de ser muy bueno analizándonos a todos. Lo que el autoconocimiento le había enseñado sobre él se podía aplicar a todas las muestras de especie humana, todo con el fin zootecnista de la heterosis, el mejoramiento, el progreso. La certeza de haber conocido el quinto Cartier donde se proyectaban las mejores películas de Paris, el haber vivido seis meses en Berlín y el haber cruzado la barrera de los treinta, le daban las habilidades necesarias para descifrarlo y juzgarlo todo de forma sarcástica. Hasta que apareció ella, una tal Clemence -sin nada de clemencia.

Si algo extraña de los estados febriles es ese momento de verdad. Ve más claro, oye voces, es capaz de decir verdades cortantes - sin ironía y sin anestesia. Las últimas voces hablaban sobre su edad, ¿perfectamente parecería de 17 años, 18 quizás? ¡A darnos el dinero! -¿no crees? ¿por qué viste como anciana?  ¿ y ese sombrero? ¿Se dará cuenta de lo que hablamos? La sensación de enterarse de todo y no poder decir nada le parecía muy placentera. Dicen que cuando entraba en ese estado empezaba hablar en un idioma extraño, decía vulgaridades y decía lo que nadie se atrevía directamente. ¡Ah! extrañaba ese estado semiinconsciente; ahora siendo quien era no podría hacer más que aparentar seguir la cuerda - estar cuerda.
Le habló de áfrica, de Mali. Le habló de las comidas exquisitas y de bares con nombres de escritores franceses; le dijo que en este momento de su vida no tenía miedo; ya había aprendido sobre la existencia de segundas oportunidades -para todo. Ella fingió escuchar, era muy buena para escuchar - y también, para fingir.
Sabe que tiene el poder, esas noches de invierno en C en el hotel que ella paga, en el idioma que él habla, Clemence cumple su promesa. Lo hace sentir en el cielo, pobre imbécil, sufre al aguantarse la risa – como las niñas pequeñas que han hecho alguna picardía-. Sí, es cierto que atravesó el mar para verlo y que él también viajó diez horas en avión –clase económica- para encontrarse con ella. De cualquier modo, a ella le había salido mucho más barato y en primera clase, al igual no conocía la ciudad de C. Sabe que tiene el dinero y la posibilidad de llevárselo con ella cuando quiera, pero no lo hará. Eso le quitaría dolor a él y disminuiría su placer, el de ella. Ya sabes, a esta edad como decía un escritor, corazón es la palabra que queda entre coraza y corbata.
Ha dedicado su vida a ser perfecta, se dedica a las finanzas, dice que se divorció, pero en verdad es viuda- y tiene un lindo chatteau en el pueblo favorito de Juan, donde pasaron juntos el invierno anterior. Desde allí se ven las nubes, el mar y las ovejas. Ahora seis meses después, también en C es invierno. Ama ver su cara desolada, cuando le dice que no, que no se lo puede llevar. Jajá, es un amor imposible, como el cliché del pez que se enamora del ave. En realidad sí, se lo puede llevar cuando le plazca; pero lo conoce, apenas tenga la oportunidad besará otra piel y actuará el mismo discurso con otras más tontas que él. Qué te puedo decir, el perro vuelve a su vómito.
Se sienten bien, bailan, duermen juntos, él sonríe de placer, ella de venganza. Se despiden, ella no puede ocultar la alegría del objetivo cumplido, Juan no puede disimular su tristeza. Tendrá que volver a ese país de medio pelo, recordando el chatteau de Clemence, sabiendo que esa jamás podrá ser su casa y que ella jamás podrá ser su esposa. Fingirá querer su mediocre trabajo, enamorar a muchachitas incautas, tener las mejores notas en el estudio. Sentirá el vacío de la ausencia y la punzada profunda del rechazo. Sí, será mejor la meditación, y el cálido y mortífero beso del tabaco. En su habitación siempre desordenada, pequeña y helada como un cadáver, solo le hará compañía la araña que golpeó en la mañana por subírsele al cuello, la buscará desesperado, pero la condenada ya habrá emigrado a un hábitat más amable. Estúpido Juan.
Estúpida, cómo se le ocurrió cambiar el tan esperado verano por otro invierno. Estúpida, ¿todo había valido la pena? la fiebre la abraza otra vez, sonríe y las voces la arrullan: ¡Clemence, Clemence! Siempre cumples tus planes, siempre alcanzas tus sueños, te admiro Clemence. “Je t’aime”, “Ana bahebak”, ¨Myfawny”. Ha oído varias veces tantos sinsentidos. Su lengua saborea de los labios este sabor exquisito de helado de fresa.
Mira qué bonito se ve un cielo azul en invierno, ¿no extrañas las nubes de tu chatteau?
Se acomoda el sombrero oscuro de alas grandes con cinta blanca, lo compró en el barrio quinto de Paris hace un año con su último esposo. “Ah, Clemence, Je t’aime, Clemence” se dice así misma al recordar y queriendo alargar la sensación del helado de fresa. En seis meses... Le queda la imagen jugosa del pobre bicho retorciéndose de dolor e inválido para siempre.

 

 

 



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