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Entrevista

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Ruy Sánchez: el dueño de la única ciudad con caderas

Por: Andrés Laverde Ortiz

 

MOGADOR se ve desde el mar, por cualquier ventana, a través del humo, las lágrimas y, mejor aún, desde las calles, pues más que una región que suena imaginaria, es una mujer, cuyos aromas y humedades fueron la inspiración que llevó al celebre escritor y editor mexicano, Alberto Ruy Sánchez, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras del gobierno francés, a crear historias, un placer para él comparable solo con el amor de una mujer.

 

¿Cómo llegó a las letras?

 

ALBERTO RUY SáNCHEZ: Con un hecho familiar. Mi familia es del norte de mi país, llegaron a Ciudad de México provenientes de una región que se llama Sonora. Ellos siempre se reúnen cada semana y allí se cuentan historias. Los abuelos cuentan su infancia, los tíos alguna aventura o viaje, se recuentan historias que ya habíamos escuchado. Lo importante no es que ya sepamos como termina, sino el placer de escuchar y la intensidad con la que son contadas.

 

La critica alaba la poética de sus textos ¿Hay poesía en sus libros?

 

ARS: La verdad es que nunca pensé en géneros. Parto simplemente de la necesidad de contar algo, de vivir cosas intensas para compartir con la gente. Ya luego, el editor se las arregla para ver qué título le pone a lo que hago. Les han puesto “novelas”, pero para algunos son poemas extensos. Ya (Pier Paolo) Pasolini, decía cuando le preguntaron qué es la prosa: “Es la poesía que la poesía no es” es decir, la prosa bien escrita es otro tipo de poesía.

Además de narrar historias ¿Qué elementos se suman a la pasión por escribir?

 

ARS: Compartir una revelación que podríamos llamar poética y una investigación curiosa sobre el deseo femenino, el placer de contemplar una mujer hermosa, de comprender que sucede en el acto de mirarla y de convertirla al hacer el amor en una diosa. Luego te dices “¿cómo cuento eso?” y habiéndolo vivido, en lo último que piensas es en que género escribirlo, uno solo escribe y ya. La vida nos tira un rayo y hay que contar la experiencia de haber sido tocado por el rayo.

 

¿Qué le aportó París a sus textos?

 

ARS: Me fui a vivir a Francia a los veinte tantos años. Para mi fue sustancial llegar a una ciudad donde todo es bello, con una dimensión estética tan grande que nos hace darnos cuenta de cuantas veces en nuestras ciudades natales y en nuestra vida le damos la espalda a esa belleza. También empecé a vivir con una lengua en la que lo importante es la sutileza, las pequeñas diferencias entre las palabras, con gran número intensiones, utilizaciones y significados un poquito distintos, que nos obligan a pensar con atención en el lenguaje que se utiliza.
Allí, además, tuve maestros fabulosos, grandes hombres cuyas clases eran tanto o más divertidas que ir a teatro o al cine: como Michel Foucault, Roland Barthez y otros que entonces no eran famosos en esa época y que luego brillaron bastante, como (Milan) Kundera, que entonces era un pequeño maestro desconocido que daba clases sobre Kafka.

 

¿Qué otras experiencias vivió en esa ciudad que hoy marcan su estilo de escritura?


ARS: ¡Estar viviendo por primera vez con una mujer! Enfrentarme al misterio de la naturaleza femenina, entender que comprendía muy poco, antes no sabía en qué consistía el mundo femenino. Yo me fui a París detrás de una mujer. Años después el gobierno francés me dio la condecoración de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, en el discurso tuve que ser sincero y decir: “Agradezco esta medalla porque, ¿a qué otro le han dado una medalla por alcanzar a su novia?” (risas).
Además viví allí entre los 25 y los 32 años, una edad crítica pues fue mi edad de formación post universitaria, en la cual aprendí el oficio de editor que es de lo que vivo actualmente. Empecé trabajando en las editoriales como ayudante de bodega y poco a poco fui haciendo otros trabajos, hasta que por fin llegué al puesto de editor.

 

En sus cinco libros conocidos como los elementos del deseo, ¿Cómo nace y que representa la ciudad de Mogador?

 

ARS: Mogador existe. Está en la costa atlántica de Marruecos (actualmente se llama Essaouira). Llegué allí en mis viajes desde Europa.
Cuando vivía en París, pude viajar mucho, más de lo que podía en México; lo hice más hacia el sur porque tenía poco dinero, así que fui a España y de allí llegué a Marruecos y luego a Mogador ¡y me asombré! Es tan bella y deseable que se fue convirtiendo en la metáfora de una mujer. Sentí una gran erotización, es decir, como si entrara en una mujer.
La vi desde el mar la primera vez y tuvimos que apagar el motor del barco para escuchar las corrientes de agua que había, para poder pasar sin estrellarnos contra los arrecifes; era como entrar en otro tiempo: el de la naturaleza. La ciudad se fue convirtiendo poco a poco en un relato erótico: el cuento de mi relación con esa ciudad que me llamaba, pero que me obligaba a ir más despacio. Después pensé “yo quiero que mi novela sea como entrar a esta ciudad”, si te sientes a gusto con ella sigues caminando y si no, pues te sales.
Lo importante en esa novela no es quien es el asesino o quien cometió el crimen, sino qué se siente, cómo puede mojarte la humedad del libro, iluminarte su luz o trastornarte sus perfumes o malos olores. Una novela ambiente; una novela sensación; una novela antisuspenso y que fuera multiorgásmica.

 

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¿Qué se viene después de su última novela La mano de fuego? ¿Habrá más de Mogador?

 

ARS: Mogador no desaparece. Terminé la construcción imaginaria de esta “casa”. Ya tiene cuatro paredes y un techo; o si se quiere más literal, una escalera de caracol con un eje. Un microcosmos que habla de cinco elementos que son aire (Los nombres del aire), agua (En los labios del agua), tierra (Los jardines secretos de Mogador) fuego (La mano de fuego) y el asombro (Nueve veces el asombro). Quiero hacer otro libro de ensayos como el que ya hice (Con la literatura en el cuerpo) y otra saga que se sale del mundo árabe y que tiene que ver con el católico, que comienza con Los demonios de la lengua, bastante ilustrado, que es una exploración sobre la duda y que habla del deseo en una sociedad donde hay culpa, a diferencia de la árabe.
Ahorita estoy escribiendo la historia de una mujer que fue seducida en París por un hombre, Ramón Mercader, en 1938 para poder acercarse y asesinar a Trotski en su casa de México. Está basada en una historia real pero no es novela histórica: es sobre el deseo y el mal.

Hablando de México ¿Qué hay de ese, su país, en los libros?

ARS: Mogador está en cualquier parte. En Cartagena me dijeron “oiga, ¿Mogador está inspirado en Cartagena verdad?”. En Mazatlán preguntan “¿Mogador está inspirado en Mazatlán?” y lo mismo en San Juan, Puerto Rico. Yo solo puedo decir “si y no”; si, porque está inspirado en la naturaleza profunda de las mujeres, en una mujer deseada que puede ser de cualquier lugar y no, porque Mogador existe, pero puede pasar como imaginario porque está muy lejos. En la segunda novela (En los labios del agua) aparece la región de Sonora, de la que hablamos antes. Cuando fui a ese lugar los periodistas me preguntaron “¿Por qué mezcla usted un lugar imaginario como Mogador, con uno real como Sonora?” pero en Mogador, Marruecos, cuando fui a presentar la edición en árabe del libro preguntaron “¿Por qué mezcla un lugar real como Mogador con uno imaginario como Sonora?” (risas).
Sin embargo, cuando tu hablas de tu familia o amigos del barrio, por más que los conozcas y que sea una realidad que tu tan solo tocas, los estás reinventando. Se vuelven imaginarios y toman forma en tus palabras y en tu punto de vista. Por ello México está reinventado en forma de Mogador, como lo están Cartagena, Mazatlán y San Juan. De alguna manera para mi es una exploración de todos esos lugares bellos e intensos, pero sobre todo de la naturaleza del género femenino, que no tiene pasaporte.

 

¿Cómo se siente llegar a Colombia y encontrar nuevos lectores?

 

ARS: Estoy muy contento de que por primera vez los siete libros, incluyendo los cinco de Mogador, Los demonios de la lengua y Con la literatura en el cuerpo, estén todos circulando en Colombia. Todo el tiempo encuentro jóvenes que me dicen “gracias a sus libros pude encontrar las palabras para decirle te amo a tal o cual persona” y eso me da una enorme alegría como pocas cosas en la vida.
Las reacciones de quien se acerca a los libros son extrañas: hay chicas que se han puesto como tatuajes algunas de las caligrafías árabes que aparecen en los libros. El otro día fui a un restaurante y me encontré con una ensalada que se llamaba “Jardín secreto de Mogador” ¡Una ensalada! (risas). Lo inesperado está siempre a la vuelta de la esquina gracias a los lectores y por ello siempre digo que el escritor acomoda la leña, pero el lector es quien la enciende.