Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



“él”

Por: Héctor Navia Garzón

él estaba seguro que su muerte se había producido al día siguiente de haber salido la noticia en los periódicos, que la segunda guerra mundial había terminado. Tenía una confusión de coincidencias que iban desde la firma del acta de rendición en Berlín el 8 de mayo, hasta la capitulación de los japoneses comenzando septiembre, además del enredo creado por el segundo mandato de Alfonso López por ausentarse dos veces de la presidencia, haber estado encuartelado un día en Pasto y luego renunciar del mandato. Todo esto aparecía como un sueño confuso de una realidad que imaginaba estar viviendo con precisión de relojero de un lapso histórico en su país, como el ascenso al poder de “El muelón Lleras” para reemplazar a un presidente al parecer hastiado del cago, donde un hombre  carismático  uniría a su pueblo y a sus dos partidos tradicionales. Pero, a la vez, veía los últimos adelantos: computadores pentium 21; viajes a la luna que se habían realizado hace cuarenta años; la televisión por cable; los más modernos y confortables vehículos; avances en la medicina, en la aeronáutica, en la genética y... hasta en la muerte.


él veía como habían logrado darle pensamiento a su cerebro de una manera tan simple que le parecía mágico. Observó que se encontraba en la morgue, y uno de los médicos que estaba experimentando con cadáveres, extraía de unos frascos tres aminoácidos específicos: tirosina, triptófano y acetilcolina, los cuales mezcló y centrifugó en una especie de licuadora en miniatura. Vio, que a través de una trepanación y valiéndose de una jeringa, inyectaba en su cerebro encogido y reducido a una maraña fibrosa como un estropajo vegetal, todo el contenido del adminículo justamente en  lo que creía el científico, era la sinapsis de las dendritas. Todo lo veía en un espacio brumoso entre el color violeta y el dorado. El dorado se iba encendiendo a medida que la jeringa se iba vaciando. Sólo entonces fue escudriñando más nítidamente todos los objetos que le rodeaban: los refrigeradores;  las bandejas para colocar los muertos; las parihuelas; las sábanas blancas reflejadas por el resplandor de oro;  las ventanas por donde veía venir una multitud de seres sin rostros; las blusas de galenos y científicos colgadas en sus perchas; la estructura ornamental del techo que cubría todo el inmenso salón semejante a un hangar sin  descripción definida, ya que él, en su muerte o en su sueño, no podía ver el asombro nítido de la realidad, sólo se insinuaban entre la bruma, las formas románticas de la arquitectura francesa.  Al fondo del salón veía  un cadáver descuartizado, cuya sangre era de un color verde cadmio que a la vez producía una especie de vapor como si estuviera hirviendo, y de donde se repetía el rostro del médico flameando en la levedad circundante, vigilándolo con una sonrisa de niño indefinida y ubicua. También miró el reloj señalando las tres y cuarenta y cinco, pero él no sabía si era de noche o de día. Suponía  que era de día por el resplandor  dorado que para ese entonces había invadido todo lo que le rodeaba.


Para cuando la dura madre ya estaba de nuevo en contacto con la bóveda del cráneo, había recuperado la conciencia. Fue entonces cuando notó que un hombre de camuflado con un tricolor en el brazo izquierdo, unas botas de caucho, y un fusil en la mano izquierda, le daba la mano para ayudarlo, pero era imposible porque su cuerpo estaba tieso como el acero y sus piernas las sentía como si fueran hechas de plomo. No acababa de suceder esto, cuando fue sorprendido por la multitud que arribó frente a la mesa donde estaba su cuerpo sobre la bandeja fría y larga de acero inoxidable.
Escuchó lo que decían algunos: “Este hombre tiene el cuerpo intacto pero la piel parece un rejo; es tersa y a la vez dura como la roca”. Otro dijo con voz grave y envolvente: “Parece que murió hace pocas horas”. Un tercero opinó: “Sus ojos están a media asta y giran como dos tiovivos.   


Las opiniones parecían coincidir, pero el último que se encontraba detrás de todos contra el gran ventanal, dijo con una voz extraña de alarido: “¡Ese no está muerto, solo está dormido; alcanzará a ver la luz del nuevo milenio!”.
El cadáver descuartizado de donde salía ese vaho y esa sangre verde, se fue configurando poco a poco con la intención de acercarse a él, pero lo hizo en forma sublime, flotando sobre las cabezas de la multitud hasta pararse frente a él. La cabeza todavía no se acababa de acomodar en su cuello, ya que parte del mismo estaba esparcido entre la estructura del techo. A medida que se configuraba  la cara del médico definitivamente, él pensaba con su cerebro nuevo: “No sé que me pasa, tengo la impresión de una muerte muy vieja, más vieja que mi nacimiento, yo diría que aún más vieja que el nacimiento de mi madre... mis piernas no responden. ¿Por qué habrá transcurrido tanto tiempo? Parece que estuviera dormido. Es imposible que yo haya estado muerto desde los tiempos del tranvía. O... ¿será que no estoy muerto sino dormido? ¡Tal vez estoy soñando!  ¿Qué pasa con mis piernas? ¡Maldita sea!”.


El médico tenía el rostro cada vez más natural porque él, cada vez tenía más conciencia. Sabía ahora más claramente que era capitán del ejército y pertenecía a una antigua familia de arrieros del valle de Aburrá; que estudió en la escuela de cadetes en la capital, y que había ganado una beca para graduarse como historiador. Pero lo que no lograba aclarar, era, que hacía en ese endiablado lugar.


Hizo todos los esfuerzos por ordenar su mente. Luchó denodadamente por tratar de moverse o pronunciar una vocal; pero no, no había un resquicio de reflejo.  Le faltaba atar unos cabos sueltos. Sin embargo, su mente desoxidada, realimentada, reabastecida con el número completo de sus dendritas, estaba saliendo del sopor de la muerte, que todavía no tenía muy claro si le había ocurrido.

Los cables y mangueras que salían de su cráneo desnudo, estaban haciendo tangencia con su mano derecha, y avanzaban hasta los sofisticados aparatos científicos que controlaban el drenaje de su cerebro. El tacto se fue apoderando de su mano, y él, pensaba que era algo de lo cual se podría aferrar. Pero cuando los médicos vieron que su vida seguía corriendo peligro si jalaba esas mangueras, entonces, rápidamente reubicaron los instrumentos, ajustaron sus brazos y, en ese instante, él escuchó unas voces: “Si no se muere del balazo se nos puede morir por descuido”.             

 

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Biografía

Escritor, escultor. Zipaquireño nacido en 1939, U INCCA de Colombia Cuentos: diesiseis cuentos cortos cortos. Una novela en proceso. Esculturas en hierro y aluminio diez; veintidos en proceso. Ganador de exposición en el museo de arte moderno de Bogotá por parte de Idartes. Pensionado y libre de todo mal, que me permite desarrollar mis sueños en el arte que llevo desde niño como una relación con la poesía, con la vida, la paz y el amor.

 

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