Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

EL LíDER DE LA BANDA

Por: Aymer Waldir

Cada vez que escucho los avisos que dan por los altavoces del metro de Medellín, me inquieto un poco. No sé si es porque no me gusta que me vayan dando órdenes, o si es porque recuerdo la última vez que estuve con mi amigo Usnavy, cuando se consolidó como el líder de la banda más grande de la ciudad. Ese nombre no se lo pusieron porque fuera un hijo no deseado, por el contrario: lo bautizaron así debido a que su madre le gustaban los nombres sonoros y de fácil recordación; con lo que ella no contaba era con que ese nombre se refería a la marina de los Estados Unidos, que en inglés y con siglas lo escriben en los barcos así: "US Navy".
Otra cosa que no me gusta de los avisos grabados que se escuchan en el metro es que en un sólo recorrido los escuchas casi todos y, para los que viajamos continuamente en este transporte, se van convirtiendo en un ruido que ya no nos afecta. Es como si con esos avisos nos quisieran hacer olvidar que el costo de construcción del metro se triplicó debido a problemas con los políticos y contratistas, pues los unos se querían robar lo que siempre se roban los otros y eso generó un caos peor que el actual tránsito de la ciudad; que tampoco mejoró, como habían prometido con la implementación del sistema de transporte masivo.
Pero no vengo aquí a contarles los traspiés de mi ciudad ni a quejarme, porque esa deuda la van a pagar entre tres generaciones como si se tratara de una deuda familiar. Vine para contarles un cuento infantil, pero no un cuento donde un niño abandona su hogar como lo hizo Pinocho; ni uno donde unos niños matan a una bruja arrojándola a un caldero antes de que la caníbal los invite a su almuerzo, como en Hansel y Gretel; ni tampoco un cuento infantil donde hay un intento de asesinato con una manzana envenenada; ni uno con lobos que comen abuelitas y cazadores que destripan lobos. No, nada de eso. No es mi intención contar algo tan educativo e inocente como esos cuentos que los adultos consideran literatura infantil. En mi historia voy a contarles algo que sucedió en un barrio marginado de mi ciudad y que a mí me tocó vivir.
Antes de comenzar, y para que se vayan preparando para lo que viene, quiero decirles que en este cuento van a encontrar menos muertos que los que aparecen en tres minutos de una sesión de Nintendo, que mis personajes son reales y que no tienen tres vidas, como en los juegos de computador, ni siete, como dicen que son las vidas de los gatos. Aprovecho para contarles que esto último es completamente falso; los gatos tienen nueve vidas y las recargan cada vez que les es permitido. Para prepararlos mejor antes de comenzar y evitarles a algunos el tener que escucharme hasta el final, les anticipo que en mi narración hay lo que en toda ciudad de Colombia: gente que intenta escapar de la pobreza y la violencia, y que busca se le excluya de esa tontería de clasificación entre buenos y malos.
Hablando de buenos, yo soy un buen contador de cuentos, pues miren que sin empezar aún la historia ya los tengo en la segunda página y con ganas de ver terminada, de una vez por todas, esta cháchara.
Por último, y no se me vayan desesperando para que empiece, que esto es muy importante para que comprendan el asunto, no trae mi final ninguna moraleja, pues si alguna enseñanza provechosa se puede sacar de algo es, precisamente, que no es bueno que un cuento infantil se las tire de ejemplarizante, pues bien sabemos que nadie aprende por lo que otro experimenta, o como dicen las abuelas: "nadie escarmienta en cabeza ajena", ya que siempre dan consejo quienes no dan ejemplo.
Por mi parte, no pretendo dar ejemplo ni dar consejo, ni tampoco tratarlos a ustedes como al parecer gustan muchos adultos de tratar a los niños, como tontos, pues de ello no tenéis ni un pelito. Tampoco voy a cambiar mi forma de narrar, que es natural, para hablarles de manera afectada y como si para que entendieran lo que les digo tuviera que bajar al nivel de referirme con cosas simples y pocas palabras. Si algo me molestó cuando niño era tener que escuchar o leer a unos babosos tratándome como si fuera tan torpe que no comprendiera más que una frase por vez y tuvieran que irme dando todo con explicación. Algo que también me ha molestado desde entonces, y que no veo por qué tenga que explicar, es que se sorprendan de la manera en que me expreso. Muchos me han dicho: "pero si vienes de ese lugar porque no hablas así, o usas tales y cuales palabras"; como si los que vivimos en barrios populares no supiéramos expresarnos o usáramos sólo palabras como las que aparecen en las series de televisión y películas que, según dicen en los comerciales, reflejan la cruda realidad del país. Cuál cruda, si el país está frito desde hace mucho rato. Por supuesto que niños como ustedes no han visto esas series ni esas telenovelas, ni tampoco esos noticieros —hechos para adultos, pero que por esas cosas de la vida presentan en la franja familiar. Bueno, ahora sí me estoy volviendo muy sermonero y será mejor que empiece antes de que pierda más público del que ya a esta altura me ha abandonado.
Uno de los avisos que dan por los altavoces del metro de Medellín, de esos que me inquietan tanto, dice:
"Brindemos un trato especial a las mujeres en embarazo, a los ancianos, a los discapacitados y a las personas con niños en brazos".

Mi amigo Usnavy, el de nombre de barco americano, tenía trece años y unos ojos amarillos que reflejaban ese carácter decidido del que siempre hizo gala; él, como pocos en el barrio, sabía de dónde venía y para dónde iba. No se dejaba de nadie y era respetado por todos los combos y bandas. Además, era admirado por los vecinos y familiares, que eran muchos, pues esa familia era de las más numerosas en el barrio y, por supuesto, de las que había puesto muchos muertos en el conflicto armado que vivíamos o, mejor dicho, que sufríamos, que sufrían. Digamos mejor que sufren, o que sufrimos. Bueno, conjuguen ustedes el verbo sufrir, que ese lo saben conjugar muchos en el país.
A Usnavy el sufrimiento se le veía en la cara, su mirada era esquiva, pero cuando miraba de frente era un reto que pocos intentaban responder . Nunca se mostraba asustado, y ese día en especial lo noté muy envalentonado por lo que iba a hacer. Usnavy tenía fama de andar siempre con sangre fría y de mantenerse calmado aunque la situación fuera para salir corriendo a esconderse. Por la estación corrían dos niños y la mamá los miraba complaciente, como si el peligro no estuviera acechando; había más pasajeros que de costumbre, a esa hora no era normal tanta gente. El ambiente y la temperatura estaban calientes y aunque yo empecé a sudar, Usnavy se mantuvo sereno. Mi amigo se parecía mucho a su madre, y eso me da pie para contarles una historia que su mamá nos contó una noche. ¿Su mamá? No, la mamá de Usnavy, no se me confundan. La historia, que les comentaré rápidamente antes de que nos deje el tren, trataba de cuando ella nacía, de ese trágico 29 de septiembre de 1974, mientras un alud de tierra acababa con la vida de cien vecinos tras la inundación de la quebrada negra . Cien muertos de una, imagínense: más o menos los que aparecen en una película de acción de las que transmiten los canales de televisión en vacaciones. Sepultados por un alud de tierra. Allá arriba los problemas parecían ser siempre debidos a la tierra: que se vino un pedazo de tierra encima de una casa o que había que desocupar la casa para que los violentos de turno expandieran sus tierras y sus dominios, o que no se podía pasar de esta cuadra, pues los de un combo controlaban su territorio. Así, igualito a como sucede en el sector rural con los campesinos que por arte de mafia se convierten en desplazados.
Volviendo a mi historia, de la que no me desviaré más, les contaba que los niños estaban corriendo por la plataforma y que el aviso en la estación del metro me recordó a la mamá de Usnavy La mamá de Usnavy era muy recia, o es; tampoco la volví a ver. Como tampoco nunca la vi sonreír. Tal vez su desconsuelo provenía del dolor de llegar a la vida perdiéndolo casi todo por un deslizamiento: padre, hermanos, casa y aquello que, años antes, ellos habían levantado.
"Manténgase detrás de la línea amarilla hasta que el tren se detenga y abra sus puertas".

La llegada del metro trajo más ruido que movimiento , pues los pasajeros que se aglomeraban silenciosamente, en principio, cerca de las puertas del vagón, querían salir entre estentóreos empujones apenas estas se abrían, haciéndose un espacio entre todos los que querían entrar. Lo digo en pasado, pero eso sigue sucediendo a pesar de los avisos y en contra de la llamada "cultura metro". Usnavy, desde adentro, dio una mirada de reconocimiento y me hizo gestos para que me le acercara. Como aún no había podido entrar por el forcejeo de los que querían salir, tuve que repartir algunos empujones. El calor se hizo insoportable y pensé que bajo la chaqueta negra que nunca se quitaba, lo único que debía estar frío era el metal que le acompañaba. Cuando notó qué era lo que yo miraba, Usnavy se lo acomodó rápidamente con su mano, manteniéndolo oculto.
Estaba acostumbrado a que la gente que no me conocía se intimidara con mi presencia, aunque mi reputación en el barrio era la de "cerebrito", el estudioso que había sabido estar con los unos y con los otros sin meterse en problemas. Aunque esa tarde yo andaba en aprietos. Si alguien sabía de miedos y de hambres era Usnavy, pero en ese instante con su instrumento, aunque prestado, se sentía seguro. Podía ir por el barrio sin temor, infundiendo respeto; podía caminar imperturbable por las calles donde muchos vivían atemorizados y excluidos de todo.
"Al escuchar la señal de cierre de puertas, absténgase de ingresar o salir del tren".

Estábamos convencidos de la importancia y gravedad de lo que él haría, pero también de que no vacilaría, y de que tampoco permitiría que alguien de su banda se acobardara. Incluso él creía que todos ellos estaban obligados a hacerlo y que ya era hora de ganar una vez en ese vaivén de sueños comunes hechos y deshechos. Desde que Usnavy entró a la banda se destacó por su tenacidad, y esa noche, que tendría la oportunidad de cambiar las cosas, no dejaría escapar la fantasía entre sus dedos ni se la dejaría arrebatar por un error. Muchas veces me tocó verlo practicar y manipular con maestría el instrumento, como pocos a esa edad. Su destreza hizo que lo miraran como un líder en la banda y entre las lomas del barrio.
"Por seguridad, los niños deben ir siempre de la mano de un adulto".

Usnavy había aprendido que no todos los adultos tienen buenas intenciones cuando dan la mano. Por una razón y otra, es decir por muchas razones, Usnavy se hizo miembro de la banda. No es que él se hubiera buscado todo eso, más bien le llegó y él, tan testarudo, después de probar, se había metido de cabezas con el tema. Su obsesión había comenzado un domingo, cuando salíamos de la iglesia de Santa María del Camino, situada en lo alto de la montaña. Mientras bajábamos por las callejuelas, nuestros oídos distinguieron, una vez más, el traqueteo de las balas que se cruzaban entre los patios de los dos colegios "Fe" y "Alegría". Aquellos ladrillos que en las tardes detenían goles, eran demolidos en las noches por el retumbar monótono de balones de fuego. Era el sonido de la muerte, silbando infamias, mientras marcaba golpes en los muros. Pero la vida nos acechaba a la vuelta de la esquina en la estación Santo Domingo. Ese día el contagio fue colectivo, Usnavy no era el único en padecer la enfermedad que se empezó a regar por el barrio. Pocos se salvaron de la epidemia, entre ellos, este cobarde que aquí les habla
"Próxima estación: 'Caribe'". "Dejar salir es entrar más fácil".

Eso de la banda se volvió como una enfermedad, empezó con dos o tres contagiados y, cuando menos lo pensamos, cada niño y cada joven del barrio fue transmitiendo la fiebre a su familia, a sus vecinos. Como iban las cosas y dependiendo de lo que pasara esa noche, la banda liderada por Usnavy se iba a quedar con el dominio completo del barrio.
"El botón rojo y la palanca azul sólo deben ser utilizados en casos de emergencia".

Dicen que la violencia en Colombia empezó con los colores rojo y azul y que después todo se volvió una mezcla que ahora ni se sabe de qué color es, quizás negra o roja toda, como mancha de bandera nueva que se destiñó en la lavadora. Arriba, en el barrio, nada era distinto, aunque los colores eran otros. Algunos abuelos contaban que llegaron huyendo del campo y sus nietos contaron que si eran de un color les disparaban los del otro, aunque se referían a la camiseta del equipo de fútbol. Allá era muy importante eso de los bandos.
Pero con Usnavy de líder, todos, hinchas de distintos equipos, vecinos de distintas cuadras y muchachos de distintos combos, empezaron a mirarse con ojos cómplices, como si los colores ya no agruparan nada, y esperando que esa noche se diera el golpe definitivo para derrotar los miedos.
"Próxima estación: 'Acevedo'. Estación con posibilidad de transferencia a la línea del metrocable".

La longitud del trayecto era, sigue siendo, de dos mil veinte metros y le dieron a Usnavy ocho minutos, cuarenta y cuatro segundos, para pensar en lo que iba a hacer delante de todos los vecinos, reunidos en la estación. No había manera de retractarse de lo que tenía planeado desde tiempo atrás. A ese amigo mío, cuando se le metía algo en la cabeza, no se lo sacaban tan fácil. Todavía me acuerdo de la vez que pensé que se había unido a los cabeza-rapadas porque la mamá lo dejó calvo para intentar quitarle los piojos. Abajo del metrocable, las ropas tendidas y los materiales diversos de las improvisadas construcciones desplegaban un arco iris. Era mi barrio, y su ambiente nos llegaba a la telecabina desde los altares de santos y vírgenes, caballos ensillados y mulas enjalmadas allá abajo; desde el dibujo pintado en la pared de la señora con su gallina.
Para medir el pulso de los que allí conviven sólo es necesario mirar la calle Puerto Rico, por eso es paseo obligado de todos los visitantes ilustres que llegan a Medellín. Desde allá les muestran que esto ha cambiado mucho.
"Próxima estación: 'Santo Domingo Savio'".

En la telecabina, además de nosotros dos, iba una pareja extraña que parecía no darse cuenta de lo que sucedía. Viajaba también con nosotros una muchacha vecina, muy bella, la viuda más joven que conocíamos. Usnavy se paró con determinación, como si quisiera acabar de una vez por todas con lo planeado, mientras a mí me temblaban las piernas y la voz. Con un salto rápido abandonó la telecabina y al resto de pasajeros en ella; yo titubeé mientras pensaba en seguir de largo para regresar intacto, pero un empujón que casi me tira de bruces me dio la fortaleza para seguir detrás de mi amigo, el temerario. Usnavy se dirigió a la salida y miró hacia atrás para confirmar que no lo había abandonado. Sabía de mi miedo escénico. Todo se me volvió una confusión y me sentí más temeroso que nunca. Me sudaban las manos. él no dio muestras de acobardarse. Llevó un brazo a su costado para confirmar la presencia del paquete y me hizo señas de que me le adelantara. Lo seguí más por su determinación que por la mía. Había mucha gente en ese gigantesco balcón, a siete kilómetros del centro de la ciudad. Me llevaba tres pasos de ventaja, pero parecía que no podría alcanzarlo. Entonces, Usnavy se detuvo.
Vi la ciudad extendida a sus pies. Ocultos tras un violín y un chelo estaban los demás miembros de la banda. Más atrás, radiante, estaba Susana, la niña que tocaba el saxofón y las fibras de Usnavy desde hacía tiempo. A ella la brisa le daba en la cara y jugaba con sus rebeldes cabellos, mientras llevaba sus labios, tan esquivos para mi amigo Usnavy, a la embocadura del saxo. La banda en pleno lo saludó y yo pasé a cubrirlo, por si buscaba una retirada. Usnavy, decidido, desenfundó sin amagar el dulce clarinete, en tanto que la batuta del director se alzaba firme en el aire. Todo era silencio. Nadie se atrevió a carraspear o toser. Dos minutos después, los jóvenes músicos atendieron la orden de fuego y apuntaron directo al oído de los presentes, haciendo impacto certero en sus corazones. Yo seguía asustado, el cielo nocturno estaba despejado, pero presentía que caería mucha agua. La quebrada negra siguió su cauce sin desbordarse ni llevarse casas como en años anteriores; fueron los ojos de sus madres y abuelas los que estaban a punto de romper sus diques. Miles de lágrimas rebosaron orgullosas y comenzó a llover sobre las mejillas de todos los implicados. Esa es la historia de Usnavy, el líder de la banda. En otra oportunidad les cuento por qué no lo volví a ver.



 

Biografía

Aymer Waldir


Aymer Waldir nació en Medellín (Colombia), sus cuentos y poesías han sido publicados en revistas y suplementos literarios de varios países. Viajó a España en el 2003, como ganador de la convocatoria "Toma la palabra" de la Casa Domecq. En 2005 obtuvo el Primer lugar del "Premio Nacional de Poesía" otorgado por la Universidad Metropolitana de Barranquilla. En 2008 ganó el "I Concurso mundial de poesía erótica", entre 385 escritores de 15 países, convocado por la Casa del Poeta Peruano. Ese mismo año resultó ganador simultáneo en dos categorías (cuento y crónica) del Concurso de Creación Literaria de la Secretaría de Cultura Ciudadana dentro del marco del XVI Juego Literario del Municipio de Medellín y fue elegido por la Revista DONJUAN en su edición número 27 como uno de los cien personajes colombianos protagonistas del 2008. Ganó en 2009 el concurso de cuento breve "Tomás Carrasquilla" del Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid, fue nominado al "Premio a las Artes y a las Letras" de la Gobernación de Antioquia, obtuvo el "Reconocimiento a la Excelencia 2009" del Politécnico Colombiano. Obtuvo el premio Extraordinario de Monólogo Teatral Hiperbreve en el Concurso Internacional de Microficción "Garzón Céspedes 2009" organizado por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica de Madrid (España) y el premio de concurso de cuento corto 2010 del Metro de Medellín.


 

 

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