Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



El Libro
Por. Hans Medrano

E se tanto secreto ver proferse
mortale in terra, non voglio ch'ammiri:
ché chi 'l vide qua sù gliel discoperse

con altro assai del ver di questi giri.
Paradiso XXVIII, 136ss.

La tradición, y no sólo ella, dice que la Verdad está en el Libro. Todos encuentran cierta esta premisa a pesar de que nadie sabe, ni siquiera intuyen quién lo escribió. Sin embargo, hay algunas afirmaciones surgidas de la incertidumbre que ha rodeado su posible creador o creadores.

Dicen que el Libro surgió del deseo de un pueblo de querer recopilar las enseñanzas de sus mayores pensadores. No obstante, ésto no podía tener mucha validez ni claridad si no se introducían esas enseñanzas en la historia del pueblo; es decir, debían contextualizarse. Pero algunos estudiosos han tendido a reducir este método de contextualización a una explicación demasiado práctica como lo es la lectura del Libro. Sin embargo, los lectores más habituales no reflexionan en torno a él para construir especulaciones aproximadas y mucho menos, para crear seguridades alrededor del Libro.

No obstante, sabemos –por la historia, por nuestra propia experiencia- que el Libro es la única seguridad que tenemos. Es más, hasta sus ejemplares son inestables.

El Libro es eterno, pero sus copias pasajeras, sin embargo, cada copia sospecha del trozo de eternidad que le corresponde. Alrededor de todo esto sabemos que no sabemos nada acerca de la fecha aproximada de su escritura y mucho menos de la primera lectura del Libro.

El tiempo que está tan cerca de nosotros también ha estado cerca de seres que no hemos visto ni creemos que hubieran existido. Estamos seguros de la antigüedad del Libro, es tan antiguo que colindaría con la invención de la escritura. Más aún: el ejercicio de la escritura justificaría un propósito: el Libro.

En tiempos remotos, varios exégetas del Libro; esas personas que vieron en él el propósito de su existencia y que no se vieron cercados en otras posibilidades, fueron los primeros que se encargaron de difundirlo con ardor y así, trasplantar la Verdad a otras lenguas, esa Verdad que, aunque nunca encontraron, tenían la esperanza de ver reflejada en otro modo de concebir el mundo como lo es el idioma. -¡Se equivocaron!, Y no porque el Libro no haya sido convertido en objeto de devoción, casi sagrado, sino porque la Verdad: intraducible ella, se desplegó en otros mundos conviviendo con errores que fueron surgiendo gracias a sus interpretadores y a todos aquellos que intentaron lograr una traducción fiel. Lo peor, es que como ahora en esa época tampoco se tenía seguridad de la lengua que originó el Libro; los antiguos, tan ilusos que creyeron que el Libro surgió en el inicio del Laberinto de la Historia cuando no desconfiaron en la posibilidad de que haya sido engendrado a medio camino.

A lo largo de los siglos la Verdad comenzó a convivir con la mentira en todas y cada una de sus páginas y la mentira entonces se fue convirtiendo en la versión más conocida de la Verdad. Esto se acentuó de forma definitiva cuando se empezó a pensar en el Libro, ya no como en un supuesto mensaje de los dioses sino en un sustituto del mundo hecho por los hombres.

Los hombres, que veían en el Libro una totalidad, una colección compleja de palabras que los explicaron, querían imitar la creación de sus dioses. Al lado de esto surgió otra práctica mucho más trascendental y al tiempo un tanto egoísta: Varios seguidores del libro, hombres que se habían dedicado a su interpretación y difusión quisieron imitarlo pero no en estructura, ni siquiera en estilo, sino en el hecho de construir un instrumento de sabiduría como aquél. Pero instrumento de la persona que lo escribía, es decir: si el Libro representa el mundo, mi libro me representa a mí.

Y así, como el mundo antes se había llenado de espejos, algunos nítidos otros borrosos, en ese instante se empezó a llenar de sombras, de afirmaciones que llegaban incluso a contradecir al mismo Libro. Surgió un caos que desencadenó un olvido lento pero sin pausa del Libro, sus lectores antes entusiastas se fueron desilusionando, las reediciones tardaban décadas por el hecho de que aún era fácil conseguirlo. Sin embargo, el olvido tan cruel y rémora del tiempo se encargaba de hacer invisibles los tomos del Libro y hacerlos imperceptibles. Pero a pesar de todo esto, los hombres que escribían sus propias verdades recurrían a él para intentar descansar de tanta contradicción. Pero igual, no se encontraban y el Libro cada vez más alejado de ellos, incluso del mundo mismo se fue convirtiendo en un fantasma, un objeto que empezó a chocar con el Universo. Entonces se cansaban de buscar la Verdad, de rodear palabras que no les transmitían nada, se suicidaban para alejarse de una oscuridad inaudita que venía de ellos no del Libro, pues éste como han creído algunos representa el borrador del Universo y, por lo tanto, el proyecto de su verdad.

Ahora se sabe que no hay esperanza de llegar a esa claridad insoportable que representa el Libro debido a que es más mentira que Verdad desde el instante en que llegó a manos de los hombres, sin embargo, todo hace pensar que tal vez la Verdad está en una sola palabra, quizás esa palabra en la más antigua edición del Libro tenga una errata sobresaliente.

 

Abril – Junio 2008

 

 

 

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Biografía

  • Bogotá, Colombia.

    Hans Medrano

    (Bogotá, 26 de diciembre de 1986). Estudiante de últimos semestres de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia. Publicó en el año 2009 el poemario: Espejos y caminos/Al margen. También ha publicado sus textos en revistas de índole universitario como Phoenix de la Universidad Nacional y Gavia de la Universidad Distrital. Escribe poesía y narrativa desde los 15 años. Actualmente trabaja en la composición de un nuevo libro de poemas y de una novela intitulada Imposibilidad de escribir una novela