Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



El Cabito

Alfonzo, médico veterinario, trabajaba en las fincas que había por los lados de Caicara, pueblo de la extensa geografía del estado Bolívar.

Complexión muscular fuerte, sin ser gordo y de estatura mediana, cabello blanquizco, entrando en canas.  Pese a tener el medio cupón como dicen por esos lados  (cuando se refieren a la edad) no los aparentaba.

Gustaba vestir jeans pegados al cuerpo para que se le marcara el famoso bulto del cual presumía, que la mayoría de las veces solía hacer abundar y crecer con algunas medias o pedazos de telas. Camisas a rayas o cuadros vistosos y sombrero pelo de guama. Botas al estilo charro: puntas agudas y tacones que elevaran un poco la estatura. Un macho inventado, presumido.

“24 Faubourg, Hermés“, su fragancia con reminiscencia de naranjas, elegantemente  floral, casi de madera. Le han dicho en la patria de François Hollande, donde la adquirió en reciente viaje vacacional, alborota las feromonas y lo hace irresistibles ante las féminas.

Famoso por cepillarse a cuanta mujer se atravesara en el camino, jactándose de ello cuando de hablar de las zoqueteadas se trataba. Definitivamente, hay hombres habladores. Después dicen que es solo oficio de mujeres.

            Alfonzo, pasaba el día de finca en finca, desarrollando programas de saneamiento del animal, diagnóstico y controles, y aplicando tratamientos. Elaboraba proyectos de investigación en el cruce de razas y reproducción.
Profesional de alto rendimiento y competencias. No solo atendía las fincas de los connotados ganaderos que criaban razas como Frisona Gallego, o Brahma, Senepol y Holstein o Carora, sino que brindaba apoyo a todo el que tuviera un animal.

Rechazaba la castración de los animales por violenta e innecesaria y se negaba a participar en ese acto que dejaba exclusivamente a los peones. Los capaban como se dice en el argot popular para el engorde y así obtener cortes magros para la comercialización.

Al terminar el trabajo con los animales, comenzaba a fajarse a las empleadas de las fincas, pues su apetito sexual, era insaciable. Muchos hombres envidiosos comentaban con cierta picardía que la mujer que estaba con él una vez no volvía a estarlo dos veces. Seguro era “mal polvo”, comentaban. 

Ustedes  no tienen “Charm”, se burlaba.

En Venezuela hay siete mujeres para cada hombre, porqué repetir, les decía.

Era el primero en llegar a las fiestas y celebraciones y se iba al siguiente día con el sol de los venados.

Se movía como pluma al bailar, parecía que flotara en el aire según decir de las muchachas casaderas, que le hacían ojitos, por ser “doctor”, veterinario del pueblo e hijito  de “papá”, porque ya hijo de puta lo era. 

Ese día, mandó a sacar brillo a la Jeep Cherokee blanca, la quería reluciente porque era una forma de “enganchar” o levantarse alguna de las candidatas del reinado de la feria de la Coroba, que se celebraba en homenaje a la patrona de Nuestra Señora de la Luz.

La manga de coleo fue el sitio escogido para la celebración. Las candidatas desfilaron  mostrando sus atributos naturales o fabricados en algún quirófano de la capital. Cada una representaba a un río del estado. Al menos permitió a naturales y visitantes que conocieran la rica hidrografía del lugar, porque las pobres niñas a la primera pregunta perdían el habla. La ganadora fue Miss río Aro.

Alfonzo hizo lo indecible por obtener una sonrisa de la Srita. Aro, pero ésta ni se percató de su existencia.

Como premio de consolación, se conforma con la última finalista: Zolanda, la hija menor de Melecio, dueño de la manga de toros coleados.

Desde el primer momento le fascinó esa mirada de mujer. Esa que habla con los ojos como diciendo: penétrame de una vez.

Esos cabellos rizados y peinados con aceite de Coroba que le hacía brotar erotismo en cada hebra. Esas piernas derechitas y tonificadas, sobre todo esas dos redondas y poderosas razones que tenía en el pecho y que parecían a punto de dispararse de la blusa. Poco le importaba cómo pensara o se expresara, eso era lo de menos.

Pasaron la noche bailando joropo escobillao, que se baila como si se estuviera cepillando el piso con los pies. Sus manos resbalaban con lujuria más abajo de las caderas o las pasaba por las piernas al descuido. En ocasiones la pegaba a su cuerpo para sentir las razones de sus deseos. La morena desataba sus urgencias, erizaba su piel y sus deseos con cada paso por el  movimiento pendular de caderas de yegua prieta al caminar en busca de jinete, le decían sus pensamientos.

La oportunidad se presenta una noche al salir de la única discoteca de Caicara,  donde estuvieron conversando e ingiriendo algunas copas de Brandy; no muchas que le hicieran perder la cordura y motricidad. Ni tan pocas porque necesitaba calentar el deseo y exacerbarse un poco más.

Ella susurraba a cada instante: -vamos a otro sitio, ¡estoy deseosa papito!

Esa mujer le atraía en demasía y la pensó como novia. Le hubiera gustado que se dejara enamorar, y un poquito de dificultad la hubiera hecho más interesante. Pero, cuando la carne quiere sal, hay que echarle para que no se descomponga, se decía mientras se tocaba los genitales.

Zolanda resultó ser potra joven, de experiencia inusitada y pese a las tácticas amatorias aplicadas había razones conspirando en el encuentro. A partir de esa noche, se le conocería con el mote  del cabito, no por honor al extinto presidente venezolano, del siglo histórico pasado, ni porque fuera cabo en  algún cuerpo policial.

Lo del cabito más bien estaba asociado al falo, específicamente al tamaño. Contaban  en  el pueblo que lo tenía del tamaño de un tabaco como los que preparaban  los  abuelos cuando fuman. 

Alfonzo estaba abochornado con los comentarios y pintas que hacían en las paredes del pueblo, los jóvenes a quien les había quitado oportunidades o novias o mujeres. Nunca más se le vio, algunos cuentan que se fue a vivir en Guasdualito y otros que está por los lados de Colombia.

 

 

 


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